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Respuesta a De Gregorio: los economistas neoliberales ya no son lo que eran

por 11 mayo, 2016

Respuesta a De Gregorio: los economistas neoliberales ya no son lo que eran
José de Gregorio fue presidente del Banco Central en la crisis de 2008-2009. Subió la tasa de interés meses antes de que se desencadenara la crisis global en septiembre de 2008, en una medida inexplicable. Y se sumó a una rebaja de la tasa de interés y un plan de impulso fiscal solo hacia febrero de 2009, cuando toda la evidencia indicaba que había que haber actuado por lo menos un semestre antes, incluyendo un fuerte impulso fiscal al que también se resistió durante meses Andrés Velasco, entonces ministro de Hacienda.
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José de Gregorio ha tenido la amabilidad de, en un tono correcto –que contrasta con la usual descalificación con la que suelen intervenir muchos economistas ortodoxos en el debate público y que además agradecí personalmente–, comentar mi reciente columna.

Si bien parte contradiciéndome con datos, la verdad es que el problema de fondo no son ellos –por lo demás, como se ha dicho ya un montón de veces, “sirven para demostrar todo”– sino la función de poder que una sociedad como la nuestra le ha otorgado a una “ciencia” cuyo campo epistemológico por lo menos es difuso. Seguramente en el futuro, cuando otros hombres y mujeres, estudien nuestras sociedades les sorprenderá cómo, pese a sus yerros y vacíos, les pudimos creer tanto a estos “chamanes” o “meicos” modernos. Esa es mi objeción fundamental, avalada por su papel en la crisis que ahora paso a discutir con lo que ellos mejor manejan: cifras.

Reitero la idea de que la economía es un tema demasiado serio para dejarlo en manos de supuestos especialistas apolíticos y técnicos. Es un asunto público que debe ser discutido por todos, en un mundo en el que la infalibilidad de los economistas ortodoxos está a lo menos en discusión, especialmente desde la crisis mundial de 2008. De entre muchas opiniones que se leen sobre la materia en la actualidad, me quedo con lo dicho por el Premio Nobel Ronald Coase, un economista liberal profesor de la Universidad de Chicago, fallecido en 2013: “Es suicida para la profesión caer en una ciencia dura de las opciones, ignorando las influencias de la sociedad, la historia, la cultura y la política en el funcionamiento de la economía. Es tiempo de volver a implicar al severamente empobrecido campo de la teoría económica con la economía”.

Según entiendo, en economía existen diversas escuelas que debaten duramente entre sí, especialmente en macroeconomía, discusión que en Chile se ignora para no incomodar el consenso dominante que protege a las políticas económicas pro capital concentrado, constituido actualmente en una poderosa oligarquía económica con vasta influencia política.

Ese consenso chantajea al poder político con las penas del infierno si no se siguen sus prescripciones, y logra que se realicen los ajustes económicos frente a las fluctuaciones y crisis contra los intereses de las mayorías, sin protegerlas ni defender sus legítimos intereses, tal como –según describí en la columna anterior– también se hizo en el pasado con la inconvertibilidad o la famosa Ley de Bancos.

Pruebas a la vista: reviso la base de datos del FMI, para que no se me acuse de falta de objetividad, y descubro que desde que se inició el ciclo de altos precios de materias primas, alrededor de 2004 y hasta 2015, Chile ha tenido un crecimiento del PIB inferior al promedio de los 10 países de América del Sur (4,3% contra 4,5% entre 2014 y 2015, y 5,5% contra 6,2% entre 2004 y 2008). ¿Es ese un buen desempeño, sabiendo la magnitud de la arrogancia de los economistas ortodoxos criollos y de la autopercepción de ser los autores de un supuesto “milagro chileno”? Esa autopercepción que también transmite José de Gregorio.

La proyección en los medios de esta autocomplacencia de la oligarquía dominante hace que casi nadie en Chile se entere de que, en términos estrictos de crecimiento del PIB (aunque sabemos que es un indicador incompleto e imperfecto del bienestar de la población, entre otras cosas porque no refleja la distribución del ingreso ni el deterioro de la naturaleza), Chile ha tenido un peor desempeño desde 2004 que nuestros tres vecinos: 4,3% contra 5,7% en Perú, 5,0% en Argentina y 4,9% en Bolivia. Alan García-Ollanta Humala; Néstor y Cristina Kirchner y Evo Morales lo han hecho mejor que nuestros gobiernos en materia de crecimiento. ¿Qué opina de este hecho José de Gregorio?

Tal vez conteste que Venezuela lo ha hecho peor (3,7% de crecimiento en 2004-2015 y una profunda crisis en los últimos tres años), y estaremos de acuerdo, pues allí se ha gestionado la economía utilizando clientelarmente la renta petrolera, sin construir una estrategia de desarrollo, lo que termina pagándose con un derrumbe al bajar el precio del petróleo. O que Perú está creciendo más porque viene de más lejos, lo que es también en parte cierto. Pero no se puede argumentar lo mismo con Uruguay que viene de mucho más cerca y que la política del Frente Amplio con reforma tributaria, un gasto público mucho mayor que el de Chile, negociación colectiva por rama con absoluta titularidad sindical y empresas públicas en diversos sectores estratégicos, ha crecido al 5,1% entre 2004 y 2015. Mucho más que Chile. Y, claro, mucho más equitativamente, con significativos más bajos índices de desigualdad.

José de Gregorio fue presidente del Banco Central en la crisis de 2008-2009. Subió la tasa de interés meses antes de que se desencadenara la crisis global en septiembre de 2008, en una medida inexplicable. Y se sumó a una rebaja de la tasa de interés y un plan de impulso fiscal solo hacia febrero de 2009, cuando toda la evidencia indicaba que había que haber actuado por lo menos un semestre antes, incluyendo un fuerte impulso fiscal al que también se resistió durante meses Andrés Velasco, entonces ministro de Hacienda.

La fuerza de los hechos obligó a ambas autoridades a actuar: pero tardíamente. Al menos un semestre más tarde que la FED y la Secretaría del Tesoro en Estados Unidos, con un Ben Bernanke que no dudó en actuar rápido y contundentemente, evitando un desastre mundial. Pero aquí somos lentos para aprender, incluso de las buenas cosas que a veces hacen en EE.UU. Resultado para Chile: una recesión con una caída de 1,1% del PIB, siempre según el FMI, en 2009.

Tal vez dirá José de Gregorio que la recesión golpeó en todas partes. Vuelvo a mirar las cifras del FMI y me encuentro con que Bolivia creció en 2009 en 3,4%, Perú en 1,0% y Argentina en 0,1%. De nuevo, nuestros vecinos lo hicieron mucho mejor, esta vez en la reacción a la gran crisis que nos vino desde Estados Unidos. Y, por si acaso, el Uruguay del Frente Amplio, el de políticas económicas y sociales que pondrían en Chile el grito en el cielo de la ortodoxia transversal, creció ese año en 4,2%.

La política económica debe, en el corto plazo, buscar aproximarse al máximo al pleno empleo sin producir inflación –que castiga a los más pobres– y, en el mediano y largo plazo, expandir las capacidades productivas mediante innovación y diversificación.

Lo primero, los economistas ortodoxos no lo hacen –mediante políticas monetarias y fiscales activas– en nombre de vagos peligros inflacionarios que nunca se concretan y de supuestos incrementos del riesgo-país que tampoco se producen en caso de impulso fiscal. 

Les pregunto a amigos economistas y me dicen que, precisamente porque Chile construyó una sólida posición fiscal, es que puede permitirse operar una política fiscal contracíclica fuerte. La misma que Rodrigo Valdés se niega a realizar. Ha preferido –me comentan– actuar sobre las expectativas, dando “garantías” al empresariado, paralizando, o buscando sistemáticamente paralizar, las reformas progresistas del actual Gobierno, como hemos observado todos.

El otro camino era el de construir buenas expectativas de crecimiento futuro con un vasto programa de infraestructura económica y social, fortaleciendo los ministerios de Obras Públicas, Vivienda, Salud y Educación en vez de debilitarlos, donde, como en Venezuela, solo hay dinero para contratar operadores políticos y cada vez más de baja monta.

Les pregunto a amigos economistas y me dicen que, precisamente porque Chile construyó una sólida posición fiscal, es que puede permitirse operar una política fiscal contracíclica fuerte. La misma que Rodrigo Valdés se niega a realizar. Ha preferido –me comentan– actuar sobre las expectativas, dando “garantías” al empresariado, paralizando, o buscando sistemáticamente paralizar, las reformas progresistas del actual Gobierno, como hemos observado todos.

Me señalan, los que conocen el Presupuesto, que en 2016, sobre todo después del ajuste de marzo, la inversión pública va a caer, contra todo sentido común económico en momentos de debilidad de la demanda interna y externa, y un crecimiento efectivo que se instala por debajo del crecimiento potencial. No hay desempeño –crecer menos que el potencial– más indefendible para un economista, a pesar de que Valdés y sus equipos han bajado de cerca de 5% a cerca de 3% la estimación oficial de crecimiento potencial a cinco años.

Respecto al largo plazo, no solo se debilita la inversión pública sino que también se restringen los gastos en ciencia y tecnología, según denuncia la comunidad científica. Y respecto al problema energético, no se entiende cómo se mantiene un sistema de tarificación de la electricidad (“a costo marginal”) que tiene un incentivo muy claro: que las últimas unidades que entren en producción sean de diésel (de muy alto costo y las más contaminantes) para rentabilizar el resto de inversiones, que operan con costos muy inferiores.

Los consumidores pagamos cuentas de electricidad que están entre las más altas del mundo, pero no para asegurar una transición energética sustentable para el futuro sino para asegurar pingües ganancias a los monopolios eléctricos, en manos de los grandes grupos de la oligarquía económica chilena o de capitales extranjeros, como ocurre ahora con Fenosa y su principal guaripola, el ministro de energía (con minúscula). ¡Fantástica política energética la que apenas promueve unas energías renovables no convencionales de las que Chile cuenta potencialmente en abundancia a costos cada día más competitivos!

Y podría seguir contrastando cifras y aportando datos como en una partida de póker, pues está claro que, más allá de la propaganda oficial y de su autopercepción, las cifras no cuadran. Pero vuelvo a lo mío: mi cuestionamiento (con abundante evidencia empírica) a una disciplina cuyas estimaciones y aportes a la sociedad son cada día puestas en entredicho hasta por algunas de sus propias eminencias, lo que da cuenta de una honestidad intelectual que se echa de menos en otras áreas.

Otra impugnación necesaria a la transición es precisamente cuestionar el rol de los resultados de la cruzada y de la fe neoliberal en Chile. Ya José Miguel Ahumada, Manuel Riesco, la Fundación Sol, Cenda y otros han aportado datos para hacerse un banquete con nuestros cientistas ortodoxos. También entiendo su molestia: hasta hoy vivían en una apacible pradera que unos bárbaros hemos venido a incendiar. Pero, de verdad, su ciencia y su práctica, no nos convencen.

Por último, la Presidenta Bachelet podría hacerle alguna vez caso a su intuición, y consultar y contrastar un poco más sobre los desaguisados que están haciendo su ministro de Hacienda y sus ministros económicos. En una de esas, hasta le va mejor, porque peor ya no puede irle.

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