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De niños y animales… el Sename, nuestro elefante

por 27 mayo, 2016

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¿Cómo describir aquello que ya sabemos es inaceptable y urgente de un modo que conmueva lo suficiente para volvernos actores, superando nuestro rol de cómplices espectadores de la injusticia? Llevo días pensándolo… Basta googlear solo seis letras para encontrar cientos de columnas, noticias y documentos acerca de la urgente necesidad de reestructurar el sistema de protección especial de la niñez hoy a cargo del Sename desde sus cimientos. Denuncias de todos los colores y calibres, toneladas de evidencia, cifras escandalosas, turbias redes de poder, negligencias, carencias, abusos, suicidios y muertes de niños, el impacto devastador en sus vidas… todo está ahí, siempre está ahí, lo vemos regularmente en la prensa y ante cada caso “emblemático”.

Me atrevería a afirmar que no hay un solo actor social, político o ciudadano que no sostenga la urgencia de esta reforma y, aún más, que si le preguntáramos a cualquier autoridad o experto en la materia, la respuesta sería básicamente la misma: debemos separar la institucionalidad del Sename en dos servicios independientes, uno dedicado a atender al grupo de niñas y niños en conflicto con la justicia, y otro a aquellos que han sido víctimas de graves vulneraciones.

Por cierto, no todo se resuelve con ello, pero sí hay un consenso de años en la comunidad entendida en el tema, respecto a que esta es condición base para superar deficiencias profundas, así como la necesidad de modificar por completo el sistema de entrega de subvenciones a los organismos colaboradores.

Quiero ser clara en mi apreciación de que este es un sistema perverso que supera la voluntad o el profesionalismo de los técnicos y profesionales que en él trabajan, muchos de los cuales hacen esfuerzos sobrehumanos por aminorar el daño estando a cargo de una de las tareas más complejas en materias de salud y desarrollo infantil, la de reparar historias de abuso.

Y, sin embargo, seguimos igual. Día tras día más de 15 mil niñas y niños gravemente vulnerados despiertan en un hogar de Sename expuestos al abuso y la negligencia institucional, profundizando sus daños en un sistema financiado con recursos fiscales y con soporte legal para ello, condenándolos a una vida de terror… Hay un dicho en inglés que dice “the elephant in the room” ("el elefante en la habitación") y que se usa para describir a aquel “elefante” que tenemos frente a nuestros ojos, evidente y enorme, que queremos ignorar, negándonos a mirarlo y hacerle frente. Pues este no es cualquier elefante, es aquel elefante expuesto en un circo por años, encerrado, maltratado y forzado a llevar una vida miserable, ante nuestra más completa indolencia.

 Por cierto, la responsabilidad de las autoridades es ineludible, no encuentro calificativo adecuado para la negligencia e indolencia de quienes dejan pasar el tiempo en la inacción. Autoridades que se han llenado la boca con la palabra niñez, pero que teniendo la posibilidad real en sus manos de contribuir a un cambio sustantivo retrasan una reforma consensuada y extremadamente urgente... puntos más, puntos menos, la propuesta que se presenta hoy es la misma de hace una década, y cada día de demora es un día más de la vida de los niños…

¿Sabía usted que antes de preocuparnos por la crueldad hacia los niños lo hicimos por la crueldad hacia los animales? Le cuento: en 1874 una religiosa en EE.UU. trataba desesperadamente de rescatar a una niña que estaba siendo gravemente maltratada. Ante la falta de recursos legales para protegerla (ya que la protección legal a la infancia surgió muchos años después) acudió a la Sociedad Norteamericana Contra la Crueldad Animal (creada ocho años antes), quienes al ver las condiciones de la niña intercedieron con un resquicio legal para protegerla. Gracias a ello, un año más tarde y al alero de la misma sociedad pro animal, se crea la Sociedad para la Prevención de la Crueldad Infantil de Nueva York.

Hoy somos una sociedad movilizada, demandando derechos sociales diversos, repensando el país que queremos, denunciando las injusticias, cansados del abuso en todos los ámbitos; somos una sociedad que pareciera ser más sensible a los derechos de las minorías, más consciente del respeto al medio ambiente y de los animales, y también más respetuosa de los derechos de los niños y niñas. Pero pese a ello, llevamos años naturalizando, permitiendo, negando e invisibilizando el horror en el que viven miles de niñas y niños a diario, vidas de sufrimiento indescriptible, abusados primero por sus familias y luego por todos nosotros, a través de un sistema que no protege y, por el contrario, sigue dañando… es muy cruel, y resulta paradójico tratar de comprender por qué con la niñez nos permitimos esta negligencia, por qué no nos despierta mayor urgencia si es uno de los elefantes más tristes y miserables de nuestra habitación.

Es clave recordar que la propuesta central de la reforma del Sename ha sido planteada al menos desde el año 2006, cuando el Consejo Asesor de Infancia nombrado por la Presidenta Bachelet en su primer mandato propuso una reforma bajo las características ya descritas. Esta no fue priorizada y se mantuvo en discusión. Sin embargo, en el año 2010, el Presidente Sebastián Piñera la hace suya y ese 21 de mayo anuncia que “reformularemos integralmente el Sename, creando el Servicio Nacional de Protección de la Infancia y Adolescencia, dependiente del Ministerio de Desarrollo Social, encargado de niños y jóvenes vulnerables y separado del servicio, dependiente del Ministerio de Justicia, que se ocupará de niños y jóvenes en conflicto con la ley”. Mismo anuncio que repitió prácticamente sin matices en los discursos del año 2011 y 2012. Palabras vacías que nunca llegaron a ser una propuesta y solo llenaron la cuota políticamente correcta de infancia en el mensaje…

Hoy el escenario se repite con dramático parecido y resulta urgente alertar aquello.

En marzo de 2014 la Presidenta Bachelet constituyó un nuevo Consejo de Infancia y mandató que este formulara una ley, una política y un plan de acción para crear un sistema de garantía de derechos de la niñez, incluyendo en ello la anhelada reforma al Sename. Un año y medio más tarde, en septiembre de 2015, dicho consejo presentó la política y la propuesta de ley, la cual se encuentra hoy en primer trámite de discusión en la Cámara de Diputados. Pese a ser un avance, esta ley no toca la reforma anunciada y a la fecha no se cuenta con un plan de acción. Según lo brevemente esbozado en la política presentada, la reforma del Sename requiere de un conjunto de reformas legales, pero a la fecha dichos proyectos no han sido presentados. No sabemos de plazos, costos ni estrategias.

¿Qué más necesitamos para movilizarnos y exigir a las autoridades actuar? Adentrarse tan solo un poco en esta problemática genera muchísima angustia y desesperanza, pareciera estar todo fuera de foco. Por ello cuesta dimensionar la profundidad de la angustia y la desesperanza de cada uno de esos niñas y niños, que ruegan a diario por algún adulto que interceda y los proteja, que han vivido experiencias devastadoras para llegar a la soledad más tremenda, sin explicaciones suficientes, sin alguien que dé consuelo y esperanza, durante meses, años… ¡muchos años! ¿Qué hacer para que sus gritos y lágrimas nos hagan sentido de una vez?

Por cierto, la responsabilidad de las autoridades es ineludible, no encuentro calificativo adecuado para la negligencia e indolencia de quienes dejan pasar el tiempo en la inacción. Autoridades que se han llenado la boca con la palabra niñez, pero que teniendo la posibilidad real en sus manos de contribuir a un cambio sustantivo retrasan una reforma consensuada y extremadamente urgente... puntos más, puntos menos, la propuesta que se presenta hoy es la misma de hace una década, y cada día de demora es un día más de la vida de los niños…

Diez años, y aquí viene una ironía de estos días. Hace diez años la madre de Franco Ferrada moría. Con un padre alcohólico y una red familiar limitada, Franco creció todos estos años en un hogar de Sename. Su historia de traumas y falta de apoyos adecuados lo llevaron a desarrollar un delirio psicótico que lo impulsó el fin de semana pasado a entrar a la jaula de los leones del Zoológico Metropolitano. Todos sabemos cómo concluye la historia.

En estos días donde con horror hemos visto en redes sociales la masiva falta de empatía ante la dramática situación de Franco, uno quizás debiera intentar apelar a creer que –tal como hace más de 100 años– si los humanos podemos ser más sensibles y preocuparnos por ver e impedir el sufrimiento de otro ser sintiente, sin duda también podemos (y con urgencia debemos) desarrollar esa noble preocupación por nuestros niños...

El 21 de mayo pasado la Presidenta anunció “un rediseño al Sistema de Protección de la Infancia, la creación de un servicio de reinserción social juvenil y transformaremos el Sename en el Servicio Nacional de Protección de Menores”. Quiero creer que es una señal de efectiva voluntad de avance, pero quedan solo dos años más de gobierno y, tal como ya se mencionó, la propuesta de reforma legal necesaria aún no ha sido presentada.

Es por ello fundamental que seamos una ciudadanía activa e informada, que haga seguimiento y demande hechos concretos. Es fundamental que los partidos y movimientos políticos se hagan parte, lo incorporen y prioricen en sus agendas, es clave que las ONG y la academia –llamados a abogar por estos niños y niñas–, salgan de la desesperanza y la inacción, rompiendo cualquier relación clientelar que avale por acto u omisión el que continuemos en el statu quo. Es urgente que veamos nuestro elefante en la habitación, lo abracemos y lo ayudemos a salir de este espantoso circo de maltrato y abandono.

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