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El juego de la política

por 4 junio, 2016

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Lo político es una lucha por la construcción de oposiciones, qué duda cabe. Una lucha en la que gran parte de la batalla se libra en el terreno de la determinación de dichas oposiciones, en el establecimiento de las fronteras antagónicas que separan al adversario respecto al “nosotros”. Un proceso interminable, a la vez que inestable, de producción de clivajes que permiten el agenciamiento, la toma de posición, la construcción de identidades. Así es como, por ejemplo, la división entre izquierdas y derechas, entre conservadurismo y liberalismo, entre pueblo y oligarquía o entre dominados y opresores configuraron, de diversas formas y con variados significados, gran parte del campo oposicional de la política de los últimos tiempos.

Al interior del micro-mundo de la izquierda, por su parte, estas divisiones operan igualmente, en una escala distinta, pero muchas veces con la misma potencia. La dicotomía entre revolución y reforma -para no redundar- constituyó una célebre oposición no solo en el campo de las ideas, sino que también, y sobre todo, en el espacio de las luchas concretas de este espacio. Una oposición que, si nos situamos como observadores de la deriva histórica del siglo pasado, nada pudo hacer frente al colapso que, hacia finales del siglo XX, afectó a esta porción del campo político.

Que la izquierda construya sus propias oposiciones naturalmente no es una novedad, como por supuesto tampoco lo es la reciente fractura generada en lo que fue conocido como el proceso de “convergencia autonomista” llevado a cabo por un conjunto de colectivos territoriales, estudiantiles y de diversas adscripciones que se había propuesto generar -infructuosamente hasta ahora- un proceso de articulación política. ¿Cuáles son los términos en que se construye esta oposición que derivó en la fractura del proceso de convergencia de este conjunto de colectivos identificados bajo el apelativo de “autonomistas”?

En un reciente artículo publicado en El Mostrador, Francisco Figueroa y Daniela López nos dan luces sobre esta fractura al exponer lo que, de acuerdo a su posición -y a la de los colectivos y organizaciones de las cuales son parte, es posible aventurar-, constituye la principal fuente de ruptura que actualmente afecta al mundo del autonomismo. Iniciando con un diagnóstico de la existencia de un tiempo crítico de definiciones relativas “al esfuerzo de emerger como alternativa política frente al decrépito orden de la transición”, los autores proponen un nutrido conjunto de oposiciones relativas a las distintas respuestas desplegadas en el mundo de la izquierda y, específicamente, al interior del espacio autonomista. Observemos estas oposiciones.

En primer lugar, se propone la existencia de una tensión entre la opción por “una emergencia como expresión política de las luchas recientes más resueltas y dinámicas por los derechos sociales, o como ingrediente juvenil de un recambio de élites ceñido a los márgenes y ritmos dictados desde los mismos estertores de la transición”. En otras palabras, o desde “las luchas sociales”, o desde una élite juvenil de recambio. No es difícil suponer que el lugar desde el cual se sitúan Figueroa y López corresponde al primer polo de esta oposición.

En segundo lugar, se propone una oposición entre dos lógicas alternativas de construcción política mutuamente excluyentes, distinguibles por su desigual relación con las “propias contradicciones del Chile neoliberal”. En el primer polo se encontrarían aquellas alternativas -“frente de izquierdas”, “bloque de ciudadanos”, “un multicolor abanico de heterogeneidades sin bordes ni estructuras”- caracterizadas por la distancia frente a la configuración del Chile actual y sus luchas sociales. En el otro, por su parte, “expresiones de resistencia y creación, nada tímidos brotes de futuro que van creando capacidades de transformación”.
“Viejas fórmulas” del siglo pasado frente a expresiones contemporáneas de resistencia y creación que emergen de las “contradicciones del Chile neoliberal”; “ambiguas articulaciones” vis a vis creaciones desde las “luchas sociales”; “abanico de heterogeneidades” frente a una, suponemos, homogénea, estructural y claramente definida resistencia creativa al neoliberalismo ubicada en el movimiento por la educación. Una segunda oposición, en definitiva, que contrasta lo nuevo con lo viejo, lo difuso con lo concreto, lo informe frente a lo estructurado.

Desplegadas estas oposiciones, el argumento de los autores entra al “área chica” de la distinción entre lo que, deducimos, serían las dos posturas que afectaron al autonomismo: la ubicación desde el lugar de las luchas por la educación versus la opción por “dar el salto a la política” abandonando, nuevamente deducimos, el lugar “auténtico” de la lucha estudiantil: “Este espejismo cunde en algunos sectores de la nueva izquierda. De pronto los embarga el desinterés por tener iniciativa en el conflicto por la educación, sostienen que este ya habría dado todo lo que pudo dar -como algo que una vez usado se desecha- y que sería hora de “saltar a la política”. Es tal la ansiedad por tener espacio en los rituales formales del poder a como dé lugar, que se naturalizan los códigos y reglas de las formas tradicionales de la política, incluso en su momento de mayor desprestigio. Se olvida así que si de algo ha dependido el avance en legitimidad de las aspiraciones de cambio, es precisamente de haber removido los moldes que restringen lo políticamente posible y deseable. De haber desplazado los mantras de burocracias ensimismadas de la mano de la oposición de una aspiración social amplia y organizada a este neoliberalismo desbocado”. En definitiva, frente al “espejismo” del “salto a la política”, la concretitud de la lucha por la educación, asumida por los autores como el espacio objetivo de expresión de las “paradojas” del sistema social imperante, y por ello mismo fuente privilegiada de la construcción de una “nueva política”.

Más allá de esta poblada adición de distinciones entre recambio de “élites” y partícipes del movimiento, entre “espejismos” y luchas concretas, entre “ansiosos” y parsimoniosos, entre urgencias por ingresar a los “rituales formales del poder” y esperanzas en retomar “las gestas del 2011”, o entre quienes quieren “jugar los juegos de otros” y quienes desean “jugar nuestro propio juego”, lo cierto es que la oposición axial que se muestra en el argumento de Figueroa y López es entre una lucha política que se asume como expresión directa de las “luchas sociales concretas” y una forma de comprensión de la política que entendería a ésta en una relación de distancia con las referidas “luchas sociales concretas”.

Más allá de esta poblada adición de distinciones entre recambio de “élites” y partícipes del movimiento, entre “espejismos” y luchas concretas, entre “ansiosos” y parsimoniosos, entre urgencias por ingresar a los “rituales formales del poder” y esperanzas en retomar “las gestas del 2011”, o entre quienes quieren “jugar los juegos de otros” y quienes desean “jugar nuestro propio juego”, lo cierto es que la oposición axial que se muestra en el argumento de Figueroa y López es entre una lucha política que se asume como expresión directa de las “luchas sociales concretas” y una forma de comprensión de la política que entendería a ésta en una relación de distancia con las referidas “luchas sociales concretas”. Vieja oposición, obsérvese, regularmente presente en la accidentada y rica historia de la izquierda occidental, y que en definitiva refiere a cuestiones de estrategia política, a la vez que a definiciones ontológicas, relativas a la naturaleza misma de lo político.

Ubicados en este plano es que las afirmaciones desplegadas por Figueroa y López ingresan en un terreno mucho más poroso e indecidible que aquel en que los autores parecen ubicarlo. Y es que, a fin de cuentas, ¿cuál es el argumento sobre el cual se sostiene la distinción binaria entre “las luchas sociales concretas” y “la política” que pareciera exponerse en sus planteos?; ¿qué evidencia es la que permitiría asumir el espacio de las luchas estudiantiles como un locus blindado de la acción hegemónica de los actores políticos provenientes del status quo? De otra forma, ¿existe un espacio social inmune a la intervención política del sistema institucional?

Naturalmente, no es justo suponer que el artículo en cuestión deba responder a estas preguntas. Probablemente, de hecho, pueden ser preguntas alejadas plenamente del interés de mis interlocutores imaginarios. Y sin embargo, considero que éstas constituyen interrogantes centrales a la hora de pensar, desde y para la izquierda, las posibilidades de intervención política efectiva. Suponer la centralidad de lo estudiantil tiene sus ventajas en cuanto permite producir la imagen de un lugar accesible, intervenible y dotado de tradiciones y repertorios conocidos. Pero otra cosa, muy distinta, es suponer que corresponde a un espacio privilegiado, prístino y estructuralmente convocado a ser la mano que desnuda la opresión neoliberal.

La insistencia en las demandas del movimiento estudiantil es una necesidad evidente. Una necesidad tan evidente como la urgencia de la articulación de los malestares sociales y su conversión en una identidad política capaz de disputar el sentido del Chile actual. Una necesidad tan evidente como la urgencia de unificar la heterogeneidad de malestares sociales tras un proyecto transformador que, necesariamente, ha de mostrar su potencia en el terreno democrático de la interacción antagónica con los viejos, pero poderosos, defensores del Chile neoliberal.

“Jugar nuestro propio juego” pudiera ser lo más eficiente para la conservación de nuestras certezas. Pero el juego de lo político, guste o no, opera sobre un terreno en perpetua mutación que, por esencia, no le pertenece a nadie.

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