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Temores constitutivos y miedos constituyentes

por 5 junio, 2016

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Vivir con miedo debe ser de lo más terrible. El temor no solo surge de una distorsión de la realidad, sino que refuerza esas distorsiones, porque no permite ver con claridad. Cuando se toman decisiones fundadas en el temor, en la huida, con frecuencia se cometen errores porque el foco se pone en lo que se quiere evitar y no se ve bien hacia dónde uno se conduce al escapar. Para quien huye, pareciera dar lo mismo a dónde se llegue, pero, la verdad, no da lo mismo.

Todos tenemos temores: a no ser querido, a que me juzguen, al dolor, o a la oscuridad. Los temores son constitutivos de la vida, están en nuestra naturaleza. Pero ese no es el problema. Lo grave es que los temores nos gobiernen.

En el momento actual del país hay mucho miedo dando vueltas. Más todavía en el debate sobre el proceso constituyente. Me atrevo a hacer un pequeño análisis de algunos principales que van por ahí.

El primer miedo es a que me quiten lo ganado. Hay un supuesto original aquí: que me he ganado algo. San Pablo le pregunta a los Corintios “¿Y qué tienes que Dios no te haya dado? Y si él te lo ha dado, ¿por qué presumes, como si lo hubieras conseguido por ti mismo?” (1 Cor 4,7). Parte de la madurez consiste en darse cuenta de que en nuestra vida, si bien hay esfuerzo personal, todo lo hemos construido sobre la base de cosas que nos entregaron otros: nuestros padres, amigos o profesores. Pero también hay que reconocer todo lo que la sociedad nos ha entregado en cultura, infraestructura, lenguaje, historia, relaciones, posibilidades. Incluso en lo que hemos construido siempre ha sido con ayuda de otros que han puesto de lo suyo: familia o trabajadores, solo por citar algunos. A la raíz de este temor está el supuesto de que no debemos nada a nadie, pero la verdad más honda es que somos absolutos deudores. Valorar con sinceridad a los que nos han aportado es fundamental para relativizar este miedo.

El segundo miedo es que resulte una cosa objetivamente mala. La verdad es que esto puede suceder de cualquier manera. Para algunos la solución es que participe en esto solo gente ilustrada, que sabría bien qué es lo mejor. Ante esto debo decir que, si bien no soy tan viejo, soy lo suficiente como para haber aprendido que la sabiduría y la estupidez están distribuidas uniformemente en la población sin importar raza, ni credo, ni capacidad económica, ni región donde se viva. He reconocido en muchos lugares gente sabia que no había terminado la educación básica, que tenía muy claro lo que es fundamental en la vida. ¿Por qué habríamos de excluir su participación? Todos merecen ser escuchados, más todavía cuando en Chile la gente está mucho más formada que antes. La misma UDI en su definición de Doctrina y Principios declara que “Al acercar el nivel de las decisiones a ámbitos más próximos para cada ciudadano se favorece una efectiva participación social” (n. 21). Ahí el valor de sumar a todos, sin distinción.

Chile se tiene que mover, pero no por temores que no sabemos dónde nos conducen, salvo a la parálisis. Chile tiene que plantearse hacia dónde quiere ir, qué quiere construir y de qué manera nos vamos a organizar para ello.

El tercero es el miedo a lo nuevo. Reza el dicho: más vale diablo conocido que por conocer. La raíz misma del emprendimiento, tan alabado por empresarios, economistas y políticos, está en la novedad, la experimentación y el cambio. Es evidente que en un cambio constitucional hay que ser prudentes, porque es un país lo que se juega en ello y no solo el capital. Rechazar el advenimiento de algo nuevo es equivalente a decir que estamos contentos con nuestros modos de relación actuales, que estamos satisfechos con los horizontes trazados.

Chile se tiene que mover, pero no por temores que no sabemos dónde nos conducen, salvo a la parálisis. Chile tiene que plantearse hacia dónde quiere ir, qué quiere construir y de qué manera nos vamos a organizar para ello.

La participación en encuentros autoconvocados y cabildos no va a redactar la Constitución. Tendrá que hacerlo gente capaz de ello. Pero ¿cómo van a saber lo que quiere Chile si no se les pregunta a sus habitantes? ¿Puede alguien, legítimamente, decir que representa a Chile?

Quiero que participe gente católica, por vocación y oficio lo quiero. Pero también quiero que estén representados anhelos de ateos y evangélicos, judíos y musulmanes, chamanes y animistas. ¿Cómo, si no, saber por dónde va el anhelo de estos habitantes?

Necesitamos que participe la izquierda y la derecha, para ponernos a conversar. Puede surgir el temor a que mis ideas y principios no triunfen. Eso es verdad, pero triunfa el valor de la democracia. Con referencia a la marginación del proceso constituyente que ha promovido la derecha, puedo decir que, aunque en muchas cosas pueda diferir de Jaime Guzmán, él escribió con acierto: “Cuando en la democracia se juega al maximalismo de aspirar a imponer siempre integralmente las propias ideas, negándose a toda transacción posible, el consenso mínimo para defender el sistema se ve erosionado en su raíz” (14/10/83). Restarse de un proceso como este es contradictorio consigo misma.

Jaime Guzmán, al comentar la resistencia de algunos partidos a que se les exigiera acatar el orden constitucional para constituirse como tales, comenta la posibilidad de modificar la Constitución: “Acatar un orden constitucional (…) no significa compartirlo sino solo reconocerlo y respetarlo como preceptiva jurídica imperante” (2/3/84).

No solo voy a participar del proceso, sino que espero poder sumar la mayor cantidad posible de personas que vivan en campamentos. Espero poder invitar a los migrantes que residen en el país. Finalmente, también espero poder sumar a todos mis amigos que militan en la derecha de la política. El miedo no nos debe gobernar.

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