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Anomia: una explicación al “desorden” político actual

por 6 junio, 2016

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El mal manejo de la gestión de gobierno de la presidenta y su equipo ministerial se refleja en las encuestas y mal podría acusarse de "mala leche" intrínseca a tales sondeos porque al menos dos ministros (Claudia Pascual y Heraldo Muñoz) se alejan del pelotón de la cola. Lo malo de estas situaciones es que cuando las cosas van mal se reciben dardos de todos los flancos, y en los apoyos, aplausos prudentes y solo de algunos.

Este gobierno inició un proceso inédito después de los 90. Esto es, hasta los ministros se permiten disentir con su presidenta y los partidos de la Nueva Mayoría en el Parlamento pueden permitirse arreglar de tal modo las propuestas gubernamentales que éstas se diluyen. A ojos de la gente –la que intenta y logra enterarse- en cada proyecto el gobierno cambia día a día entre el discurso inicial y lo que termina pidiendo votar a sus diputados y senadores. Así, el motivo fundamental de la mala evaluación del gobierno pareciera ser que hay, al menos, un día en que se puede estar en desacuerdo con un proyecto.

Ahora bien, siempre puede haber mejoras a las propuestas legislativas (es el rol del Congreso). El problema se presenta cuando las modificaciones cambian el sentido y dirección de las reformas. Se habló de improvisación en la reforma educacional y la hubo en cuanto a que faltaron muchas “horas de camarín” entre Eyzaguirre y los actores políticos y sociales. El ministro Eyzaguirre, como el Ministro Arenas en lo de la reforma tributaria, la ministra Rincón en la Reforma Laboral o la Ministra Blanco en las reformas constitucionales tuvieron -o tienen- ideas muy vagas acerca de lo que su propia coalición está dispuesta a apoyar en cada uno de estos trascendentales aspectos.

El presidencialismo a ultranza -que por lo demás estaba en los planes de Pinochet que nunca sospechó que no sería presidente en los 10 años posteriores al Plebiscito- funcionó disciplinadamente hasta el gobierno de Lagos; se distendió desde el primer gobierno de Bachelet; para transformarse en una mera sugerencia durante este segundo período.

Entonces, ¿cómo empezó este "desorden"? Parece necesario remitirse a las dislocaciones políticas que tuvo la génesis de la campaña de la actual Presidenta. Una candidata a miles de kilómetros que se conectaba -como se supo después- con un cerrado círculo de amigos. Valga llamarlos amigos porque, en su mayoría, tenían poquísimo respaldo partidario. Luego, al retornar al país, a solo ocho meses de la primera vuelta, sus discursos se basaron en consignas generales en favor de las reformas ya mencionadas. Los Partidos de la Nueva Mayoría que han dado prueba de pragmatismo y eficacia electoral optaron por alinearse tras una imagen electoralmente imbatible. De su parte, los empresarios que apoyaron el funcionamiento de los equipos de la campaña estaban "pagando por ver" ante la evidente incertidumbre entre los enunciados generales y lo que se propondría en las leyes.

El “desorden” está empezando. Cualquiera se siente con capacidad de opinar de lo que sea; cualquiera se va de su partido por las razones que sean; cualquiera se cree candidato presidencial; los pactos pueden rearmarse hasta el último minuto y cambiar el sentido de la próximas elecciones

¿A nadie se le ocurrió "ordenar" el rebaño? Hoy, también con el pasar del tiempo, pareciera que se enfrentaron dos estrategias para este efecto. La primera, que arremetió con la fuerza de los votos de la calle para impulsar una reforma tributaria que no tenía los votos de la cúpula. La otra estrategia, promovida por quienes se oponen a la reformas, pero sin atreverse a decirlo derechamente, se refugia en la cúpula parlamentaria y de allí administra sus intereses. Resultado del "gallito": Jorge Awad y el senador Zaldívar se vanagloriaron de ser "padres de la guagua" en la reforma tributaria. Lo único que nadie pensó es que la perdedora a todo evento en este juego era la propia presidenta Bachelet. La lucha entre sus huestes le debilitó a ella de manera espectacular sus propios atributos (cada vez mandaba menos, bajaba su carisma, se le creía menos, etc.) Así pasó con todas las reformas y ahora el gobierno goza de la aprobación de un escuálido 20% de la población. En suma, cuando no se es “ni fú ni fa” no se puede ganar. Hay la percepción que la Presidenta ve pasar las rencillas en sus huestes sin tener ninguna capacidad de dirigirlas, ni siquiera de morigerarlas.

Para ahondar en dificultades, el caso Caval -mal manejado desde el principio- ayuda a la crisis. A un presidente no le preguntan cómo se entera de los problemas sino qué piensa de ellos y qué medidas tomará, si corresponde. Eludir respuestas cuando es imposible no tenerlas -como personaje público- porque alude a su familia más cercana fue un gran error. Pero el error se transforma en una “gaffe” estrepitosa al querellarse contra un semanario en circunstancias que podría haber declarado el ánimo injurioso y ya tenía una amplia red de apoyo en este sentido. Ella no es ni será hasta el fin de su mandato simplemente Michelle Bachelet Jeria y no puede no saberlo: es la Presidenta de la República. Su decisión obliga a todo el aparato público gubernamental a “seguirla”.

Ya es grave que los argumentos de la querella insinúen restricciones a la libertad de expresión, pero lo es más, que obligue al aparato público a tomar partido contra la declaración de un pequeño delincuentillo en una escucha telefónica.

El “desorden” está empezando. Cualquiera se siente con capacidad de opinar de lo que sea; cualquiera se va de su partido por las razones que sean; cualquiera se cree candidato presidencial; los pactos pueden rearmarse hasta el último minuto y cambiar el sentido de la próximas elecciones. Como sea, Emile Durkheim, para algunos el padre de la sociología, introdujo el término anomia para caracterizar "Un estado sin normas que hace inestables las relaciones del grupo, impidiendo así su cordial integración" lo cual cabe perfectamente para interpretar las relaciones internas en la Nueva Mayoría como en la coalición de la derecha.

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