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Violencia y fascismo: del femicidio en Chile a la masacre LGBTI en Orlando

por 14 junio, 2016

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La semana pasada el semanario The Clinic publicó un artículo sobre el Frente de padres contra la ‘ideología de género’, denominada “ONG Padres Objetores”, quienes –ya sea en el Parlamento o en la vía pública, megáfono en mano– gritan consignas tales como que el feminismo es una ideología marxista, que los femicidios son una invención de un lenguaje “gramsciano” y que de real no tienen nada, y que los niños no debiesen ser expuestos por ningún motivo a la homosexualidad.

El movimiento, integrado según sus propias estadísticas por cerca de 100 personas, se opone activamente a todo avance en lo que se ha denominado “agenda valórica” en nuestro país, y realizan lobby contra los proyectos de ley de identidad de género, de matrimonio igualitario y de interrupción del embarazo en tres causales.

Luego de leer el reportaje, inunda una sensación de completo absurdo. ¿Qué podrían tener de ficticios los femicidios, que ya son alrededor de 20 en lo que va del año? ¿Será acaso el hecho de que un energúmeno le saque los globos oculares del cráneo a Nabila Rifo y la deje inconsciente y más cerca de la muerte que de la vida, arrojada en el pavimento, un “invento gramsciano”?

No podemos obviar que elementos que en principio parecen inofensivos y absurdos instalan paulatinamente consignas que incitan el odio, y así se van (mal) formando ideologías y fundamentalismos.

La misma semana vemos con profundo dolor las noticias acerca del tiroteo y masacre en la Discoteca Pulse en Orlando, Estados Unidos.

Las historias que se escuchan son partes de un discurso de trauma, de dolor, de incredulidad. Son personas que perdieron a otras personas, amigos, amigas, parejas, hijos, hijas, familiares. Son personas que fueron asesinadas o heridas a manos del odio instaurado por creencias ideológicas, de discriminación, que se atribuyen una falsa superioridad ético-moral y sobre ese fundamento sostienen la idea de que hay personas mejores que otras.

Si bien la masacre de Orlando es tremendamente impactante en términos de cifras (ha sido el atentado con mayor número de muertos desde el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York), y de que se trata de un ataque a una población bastante específica, que es la comunidad LGBTI mayormente latina en aquella ciudad, no debemos obviar el hecho de que se trata del tiroteo número 173 en los 165 días que lleva el año en los Estados Unidos, con cifras totales que se empinan por sobre las 300 víctimas fatales atribuidas al mismo hecho de violencia. Tampoco podemos olvidar los atentados de París, de Bruselas, lo que pasa en Oriente Medio cada día, y de todo lo cual recibimos información bastante parcial y escueta.

En distinta escala, todo grupo de personas que se considere superior moralmente, que sostenga brechas ideológicas, que intente obviar la lucha del feminismo, del movimiento LGBTI, o de cualquier persona por el derecho a la libre expresión sin incitación al odio, representa un peligro para la sociedad.

Si existe un factor común en todos estos atentados es el odio. El odio infundado y promovido por grupos de personas que en principio se presentan como inofensivos y que, sin embargo, instalan consignas fascistas mediante propaganda tendenciosa, orientada a movilizar procesos irracionales, inconscientes y regresivos, como es patrimonio de la propaganda fascista, diría Theodor Adorno.

En distinta escala, todo grupo de personas que se considere superior moralmente, que sostenga brechas ideológicas, que intente obviar la lucha del feminismo, del movimiento LGBTI, o de cualquier persona por el derecho a la libre expresión sin incitación al odio, representa un peligro para la sociedad.

Si la ley de control de armas en Chile fuera similar a la de Estados Unidos, sin duda lloraríamos más tragedias anuales. Sin embargo, sabemos que ciertamente la restricción de las armas no es la solución a la violencia. El respeto irrestricto por el otro y el emparejamiento de las brechas (de género, de orientación sexual, de identidad sexual, de religión, etnia, entre otros), son métodos más eficaces.

Y sobre todo no debemos restarle importancia a la instalación de consignas que promuevan la falsa superioridad moral y/o las manifestaciones de violencia, sino frenarlas a tiempo. Y esto aplica tanto en la pareja, en la familia, en la sociedad y a nivel internacional. No podemos tolerar más crímenes de odio. Ni una menos, ni uno menos.

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