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Panel de hombres: exclusión de las mujeres y academia en Chile

por 21 junio, 2016

"La hilarante página Panel de Hombres hace un buen trabajo en recordarles a los hombres sobre el exceso de testosterona de sus circuitos. Quizás el primer paso en este sentido lo ha dado Giorgio Jackson, primer hombre que ha declarado en público su negativa a asistir a paneles sin participación de mujeres".
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(*) El ingreso de las mujeres al mundo universitario es un proceso en aceleración desde mediados del siglo XX tanto en Chile como en el mundo. No obstante, la participación femenina continua siendo desigual. Así por ejemplo, desde el pregrado, las estadísticas de Conicyt durante 2015 evidencian que las carreras de educación tienen casi un 80% de participación femenina mientras que las carreras de ingeniería no alcanzan el 20% La ausencia de mujeres en carreras científicas y matemáticas y su sobrerrepresentación en las ciencias sociales y las humanidades probablemente obedezca, como sostiene Paula England, al proceso de socialización que recibimos las mujeres, entrenadas para ser socialmente eficaces, moderar nuestras expectativas y dedicarnos a labores de cuidado y protección.

Con todo, existen carreras humanistas y científicas que, aún cuando exhiben igualdad numérica en su composición estudiantil, como derecho y medicina, presentan cuerpos académicos dominados principalmente por hombres.

En su peor versión, el dominio masculino está acompañado de una cultura de la humillación que utiliza un comportamiento, lenguaje y un sentido del humor sexista. Mujeres –profesoras, estudiantes y trabajadoras– pueden ser víctimas de microagresiones, exclusión, acoso sexual y devaluación. En este mundo, las mujeres (y algunas minorías sexuales y raciales), recibimos constantes mensajes sobre lo que debemos usar y vestir. Nuestros cuerpos – pelo, cara y ropa– está sometido a un escrutinio público que los hombres raramente deben enfrentar. (Baste recordar el episodio Hello Kitty del estudio chileno Bofill-Escobar para imaginar el tácito código de vestuario femenino que rige las universidades chilenas).

Por supuesto, el código de vestir es solo la punta del iceberg de ojos masculinos obsesionados con cuerpos femeninos. Las numerosas denuncias de acoso sexual que han salido a la luz recientemente tanto en Chile como en el mundo dan cuenta de que la dominación masculina permanece vigente. ¿Por qué ha costado tanto batallar contra el sexismo en la academia? Según LaWanda Ward, esto se debe a que la ideología del mundo académico sostiene que las universidades son un espacio neutral y meritocrático, de modo que se asume que hombres y mujeres actúan con respeto, esfuerzo y devoción intelectual. En esta operación, profesoras o estudiantes que han sido discriminadas –humilladas, acosadas o devaluadas– en general niegan concebirse a sí mismas como víctimas.

Es más, aún cuando algunas perciben y reconocen ser víctimas de discriminación, son renuentes a desafiarla, generalmente por los altos costos sociales y laborales involucrados.[4] Ward también señala que las denuncias de discriminación o acoso en contextos universitarios son recibidas con hostilidad (incluso con sentido del humor), de modo que la denuncia puede constituirse en una instancia adicional de victimización. Y esto sin hablar de la protección reforzada que tienen las autoridades académicas en las universidades.

Por otro lado y en su mejor versión, existen espacios académicos y autoridades – hombres y mujeres­– con la sincera preocupación de lograr una participación femenina igualitaria. Aquí podemos descubrir incluso una loable tendencia de hombres y mujeres para identificarse como académicos feministas. No obstante, pese a haber superado el machismo de vieja escuela, los niños buenos feministas aún no logran alcanzar la tan ansiada participación igualitaria de mujeres en instancias académicas (publicaciones académicos, gobiernos universitario o paneles de discusión).

Aunque las mujeres hayamos logrado una matrícula igualitaria a nivel de pregrado, permanecer en la universidad y lograr posicionamiento académico es un trofeo que continúa en manos masculinas. Así, por ejemplo, mientras las mujeres tienen tasas de titulación superiores a sus pares masculinos durante el pregrado, la cifra se revierte durante el postgrado. A nivel de fondos académicos, aún son los hombres quienes presentan y se adjudican una mayor cantidad de proyectos de investigación. Por último, a nivel de gobierno universitario, baste mirar las 25 universidades del Consejo de Rectores para darse cuenta de que solo hay una mujer en la composición del consejo.

Para lograr una participación igualitaria no basta solo superar la cultura sexista de las universidades, sino emprender esfuerzos activos tanto por sumar a mujeres a los espacios académicos (formales e informales) como por transformar la estructura laboral de las universidades. En primer lugar, los hombres en posiciones de poder debiesen terminar con los clubes de tobby y empezar a dar pasos al costado. Claustros académicos, congresos y ponencias e incluso instancias no académicas –como almuerzos, cenas y reuniones informales– debiesen iniciar un llamado activo a la participación femenina.

La hilarante página Panel de Hombres hace un buen trabajo en recordarles a los hombres sobre el exceso de testosterona de sus circuitos. Quizás el primer paso en este sentido lo ha dado Giorgio Jackson, primer hombre que ha declarado en público su negativa a asistir a paneles sin participación de mujeres.

En segundo lugar, a los esfuerzos individuales y locales debiese seguir una reforma a la estructura laboral de las universidades. Según Mary Ann Mason y Marc Goulden, la dificultad de las mujeres para acceder a cargos titulares dentro de la universidad se debe a que la organización laboral de la universidad aún adhiere al estereotipo de “hombre proveedor”. Según describen estos autores, los lugares de trabajo en las universidades resultan tener estructuras rígidas –con extensas horas de trabajo y viajes frecuentes- frente a las cuales, en ciertas coyunturas, las mujeres se ven forzadas a elegir entre su vida profesional y su familia.

Para comprobar su hipótesis, el estudio de Mason y Goulden examina las distintas formaciones familiares en que participan mujeres que alcanzan finalmente un lugar en la carrera académica. En comparación con sus pares masculinos, las mujeres en camino hacia la consolidación académica (tenure en Estados Unidos) se casan menos, tienen menos hijos y, consecuentemente, presentan mayores índices de soltería y divorcio.

Como el lector puede constatar, en el peor de los mundos, las mujeres en la academia son víctimas de una cultura sexista y retrógrada amparada en la neutralidad del “trabajo intelectual”. En el mejor de los mundos (ese de los bienintencionados esfuerzos por lograr la igualdad de género), las mujeres aún transitamos por un camino difícil. El ascenso y posicionamiento en la carrera académica se encuentra obstaculizado por el diseño de esquemas laborales que desincentivan la participación de las mujeres.

La ausencia de condiciones laborales adecuadas en un mundo de hombres aferrados a sus cargos académicos, que saborean con gusto la participación pública y descansan en sus acostumbradas solidaridades masculinas, las mujeres todavía enfrentamos profundas barreras para participar del mundo académico.

*¨Publicado en Redseca.cl

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