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El derecho a no ser engañado

por 5 julio, 2016

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Vivimos en un país donde todos somos iguales. Sin embargo, la gran mayoría de nosotros sentimos que algunos “son más iguales que otros”. Por años se nos ha educado en la consigna de que la gran mayoría de nosotros debe acatar y que no podemos acceder al espacio de toma de decisiones. Que solo debemos participar cada 4 años cuando nos toca votar. Mientras que los otros tres años restantes solo queda obedecer lo que un grupito decide.

Las decisiones, las grandes visiones de país se dan desde los grandes grupos económicos y de lo que a ellos les interesa. Ellos definen las políticas económicas, sociales y en algunos casos hasta dicen lo que entenderemos por cultura y arte. Ellos se coluden y después nos hacen acatar su voluntad, pues, para ello, tienen a las autoridades a su servicio.

Hemos descubierto con estupor en el último tiempo cómo los partidos políticos tradicionales han sido permanentemente financiados por estos grandes grupos. El escándalo de boletas y facturas truchas, por medio de las cuales resguardaban sus aportes, nos demostró que “quien tiene las lucas pone la música con que se bailará”.

¿Por qué una gran empresa con staff de abogados propios y ejércitos de periodistas, requeriría de los servicios de abogados y comunicadores de la Nueva Mayoría o la Alianza? La explicación es simple, porque es una inversión a corto plazo. Luego esas personas legislarán o ejecutarán las políticas que le importan.

Todo calza. Por eso cuando la ciudadanía reclama por terminar con las AFP o por exigir mayores controles ambientales o por cuidar la salud de las personas, esas mismas autoridades vienen y nos explican impávidos que no es posible hacerlo y que hay todo un sistema que atrasa las soluciones. El mismo sistema que es muy eficiente al momento de responder a una solicitud del gran empresariado.

Hay que rebelarse. Dejar de seguirles el juego. El descontento ya se vio en el fracaso de sus primarias. Hay que elegir no seguir siendo engañado y, de esta forma, con ideas, con discurso, con propuestas, crear una real política que se ponga al servicio de la ciudadanía. La real democracia le da el derecho a cada uno a ser igual y a poder decir ante los demás lo que opina. La real democracia la viviremos cuando el descontento se manifieste en proyectos para mejorar, porque está claro que con la actual clase política nada cambiará.

Pero lo más alarmante no viene de esos pequeños grupos de privilegiados que se reparten el poder entre ellos. Lo más grave se da entre los mismos ciudadanos que viven siendo engañados y que mantienen un discurso que los aleja más y más de los ámbitos de toma de decisiones.

El eterno discurso contra la política lo único que hace es profundizar las diferencias. En la actualidad están surgiendo nuevas agrupaciones de ciudadanos, que desean renovar la política, a quienes se les han impuesto muchas barreas para impedírselo, pero la peor barrera es de quien vive engañado y no desea despertar. De quien cree que entrar en política es solo para replicar las malas prácticas.

Hay que rebelarse. Dejar de seguirles el juego. El descontento ya se vio en el fracaso de sus primarias. Hay que elegir no seguir siendo engañado y, de esta forma, con ideas, con discurso, con propuestas, crear una real política que se ponga al servicio de la ciudadanía. La real democracia le da el derecho a cada uno a ser igual y a poder decir ante los demás lo que opina. La real democracia la viviremos cuando el descontento se manifieste en proyectos para mejorar, porque está claro que con la actual clase política nada cambiará.

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