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Chile y América Latina: convergencia en la diversidad

por 7 julio, 2016

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Mucho antes de los diversos cambios de gobierno que hemos visto en los últimos meses en la región, la administración de la Presidenta Bachelet ya había formulado el nuevo principio rector de nuestros vínculos con la región: convergencia en la diversidad. La reciente cumbre presidencial de la Alianza del Pacífico, celebrada en nuestro país, fue un claro ejemplo de que la articulación de intereses y objetivos entre gobiernos de distinto signo político, es algo posible e indispensable en el actual y complejo escenario internacional que enfrentamos como región.

Después de 15 años de predominio de gobiernos de izquierda, centroizquierda y populistas de izquierda, era inevitable en algunos países un recambio político, pero ha sido parte de una larga tradición en nuestra política exterior buscar la convergencia de intereses de largo plazo en nuestro vecindario, con prescindencia de la postura política que los gobiernos puedan tener, pues ello sirve a los intereses de Chile y de América Latina en su conjunto, especialmente ahora, donde la envergadura de los desafíos internacionales y en nuestro continente exige respuestas concertadas, que no deben estar subordinadas a afinidades ideológicas coyunturales y cambiantes.

En los próximos años la realidad regional se viene compleja para todos los países: caída drástica de los “commodities”, menor crecimiento, más desempleo y precarización de los mismos, e incremento de la pobreza y criminalidad. En este escenario, la cooperación entre gobiernos para enfrentar tareas comunes se hace entonces indispensable. Y la “convergencia en la diversidad” supone trabajar en forma conjunta en aquellas áreas y temas donde hay intereses compartidos entre países que sin embargo, pueden tener orientaciones políticas muy distintas.

Y es que en los próximos años la realidad regional se viene compleja para todos los países: caída drástica de los “commodities”, menor crecimiento, más desempleo y precarización de los mismos, e incremento de la pobreza y criminalidad. En este escenario, la cooperación entre gobiernos para enfrentar tareas comunes se hace entonces indispensable. Y la “convergencia en la diversidad” supone trabajar en forma conjunta en aquellas áreas y temas donde hay intereses compartidos entre países que, sin embargo, pueden tener orientaciones políticas muy distintas.

Así, por ejemplo, los primeros seis meses de relación con el nuevo gobierno de Mauricio Macri de Argentina han sido óptimos, y esto se refleja en el diálogo y coordinación entre ambos cancilleres frente a diversas materias internacionales, las giras y visitas empresariales, o el reciente acuerdo para la venta de gas chileno a ese país.

En el caso de Colombia por otra parte, el Presidente Santos ha agradecido públicamente el rol que jugó Chile como “país acompañante” en el proceso que ahora ha culminado en un acuerdo histórico de paz entre el gobierno y las FARC.

Nuestro país ha sido también un firme impulsor de los diversos esfuerzos de diálogo que se hacen, para encontrar una salida no traumática a la grave crisis que vive Venezuela, y también fue el primero en proponer un acercamiento Alianza del Pacífico-Mercosur, a partir de un plan de acción específico que ya comienza a mostrar resultados en diversas áreas donde hay intereses comunes.

Se trata, entonces, a partir de una estrategia de “geometría flexible”, de buscar acuerdos entre países y construir, desde la diversidad, miradas comunes para aprovechar oportunidades y enfrentar los desafíos que presenta hoy el actual escenario internacional. En un pasado no muy distante, la noción de “fronteras ideológicas” fue nefasta para los intereses de nuestra región, vinculada a golpes de Estado, al fracaso de diversos proyectos de integración, y a la polarización de nuestras sociedades.

Por cierto, las diferencias entre gobiernos van a persistir, algunos más liberales, otros socialdemócratas, también populismos de izquierda y derecha que cada cierto tiempo reemergen en la región, pero en definitiva parece que la gran lección que se ha aprendido, al menos por algunos, es que los países no pueden escapar de la localización geográfica que tienen, que hay desafíos compartidos que obligan a la elaboración de políticas conjuntas, y que es una ilusión pensar que se puede prescindir del vecindario en mundo globalizado, donde el relacionamiento planetario será crecientemente más entre regiones que entre países.

Por último, es necesario tener en cuenta, en este contexto, los límites que existen para resolver “desde afuera” situaciones domésticas complejas en otros países de la región, y que el principio de la no injerencia en los asuntos internos sigue vigente, pues es el pilar central en que se fundan las relaciones entre los estados, donde solo situaciones muy excepcionales pueden llevar, siempre a través de instrumentos multilaterales, a relativizar temporalmente su vigencia.

En otras palabras, la convergencia en la diversidad, tan indispensable en el cuadro regional de hoy, se hace posible en un marco de respeto al principio ya señalado, y sería bueno que otros actores que inciden en la política exterior también lo recuerden, cuando emitan opiniones o pidan acciones que pueden dañar el diseño de una política que hoy sirve bien para proteger y promover nuestros intereses nacionales.

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