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Bolivia y su estrategia de escalar las tensiones con Chile

por 20 julio, 2016

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La visita privada y sin invitación del Canciller boliviano y otras autoridades a las instalaciones portuarias de Arica, ha sido la última de un conjunto de acciones que emprenden autoridades de ese país, cuyo único resultado ha sido llevar las relaciones entre ambos países a su peor nivel en las últimas décadas.

En este caso, ignorando todos los protocolos que rigen a este tipo de visitas, muy a última hora las autoridades de Bolivia comunicaron tal decisión, y posteriormente reclamaron por procedimientos que regulan estas visitas, y que son obligatorios para todas las autoridades, incluyendo las chilenas, que visitan estas instalaciones.

Cabe recordar, al respecto, que Bolivia goza de facilidades en el puerto de Arica, pero no tiene privilegios de extraterritorialidad y, por tanto, haber avisado con anticipación era una obligación que las autoridades de ese país conocían de antemano.

En este sentido, una de las reglas básicas de la diplomacia es respetar el ordenamiento jurídico que rige el funcionamiento de otros estados, y con mayor razón aún cuando se trata de un país vecino. Pero lo sucedido no es algo casual o producto del desconocimiento de estas normas y rutinas. Lo que parece haber, es una decisión deliberada de mantener un alto estado de tensiones con nuestro país, explorando todas las posibilidades donde se pueda armar un caso para un nuevo litigio.

Ahora último fue la demanda por el río Silala, y una visita forzada al puerto de Arica para buscar instalar la imagen de un supuesto incumplimiento a lo contemplado en el Tratado de 1904.

En esta misma dirección, el actual gobierno boliviano ha rechazado todos los ofrecimientos explícitos de nuestra Cancillería para retomar el diálogo y avanzar en los otros 12 puntos de la agenda bilateral. Si el objetivo de las autoridades bolivianas fuese realmente avanzar en lo que denominan “causa marítima”, hoy se encuentran más lejos que nunca de alcanzar algo cercano a esta aspiración que reivindican como histórica.

 Lo sucedido no es algo casual o producto del desconocimiento de estas normas y rutinas. Lo que parece haber, es una decisión deliberada de mantener un alto estado de tensiones con nuestro país, explorando todas las posibilidades donde se pueda armar un caso para un nuevo litigio.

Se equivoca al respecto el Presidente Morales cuando señala que el pueblo chileno no comparte la postura seguida por nuestras autoridades en esta difícil etapa con Bolivia.

Por el contrario, es en la sociedad civil donde hoy existe mayor malestar con las acciones que Bolivia ha emprendido estos últimos años, y esto es en buena medida responsabilidad del propio gobierno de ese país, que decidió seguir una estrategia de confrontación que inevitablemente generaría un rechazo creciente en la opinión pública de Chile, algo que hasta hace unos años no era así, como lo muestran varias encuestas que se hicieron hasta el 2010, donde cerca de un 40% miraba con simpatía un estrechamiento de relaciones que incluían mayor acceso (con o sin soberanía) al mar para Bolivia.

Bueno, este escenario hoy no existe, y no existirá por mucho tiempo.

Incluso con la llegada del nuevo gobierno en Chile el 2014, se abrió una oportunidad (más allá de la demanda en La Haya) de retomar un diálogo que permitiese una cierta normalización entre ambos países, incluyendo el ofrecimiento de restablecer relaciones diplomáticas, algo que Bolivia rechazó.

¿Cómo explicar entonces el rumbo de una política que a todas luces ha sido inconducente para las aspiraciones de nuestro vecino? Bueno, hace ya siglos que en la política internacional se aplica muchas veces una de las máximas de N. Maquiavelo en su libro El Príncipe: el incremento de las tensiones, y la instigación de conflictos por parte de una autoridad en problemas, generando así cohesión doméstica y desviando hacía un “enemigo externo” el malestar popular.

Esta lección sigue plenamente vigente hoy en el mundo, y en el caso que analizamos. Pero, con ello, el actual gobierno boliviano puso muy lejos en el horizonte un resultado satisfactorio para su aspiración marítima, dañó como hace mucho no se veía el entendimiento entre ambos países, y también una ampliación y profundización de la integración subregional.

Aunque muy lamentable, confirma en definitiva cómo, muchas veces, los intereses nacionales quedan subordinados a dinámicas coyunturales de la política doméstica, y después tendrán que ser otros los que reparen el daño causado. Es la historia de nuestro continente, pero no exclusivamente, basta ver lo sucedido recientemente con el Brexit en el Reino Unido.

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