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El PDC chileno: la decadencia histórica de un partido

por 28 agosto, 2016

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El partido demócrata cristiano chileno, fundado en 1957 a partir de la Falange Nacional, tiene pocos partidos similares en América Latina. Sus hermanos en Argentina o Uruguay han jugado un rol marginal en las definiciones políticas en aquellos países y en el resto de la región, con las excepciones de México, con el PAN; Costa Rica, con el Partido Unión Social Cristiana; y Venezuela, con el COPEI, la presencia de democristianos es escasa o nula o está alojada en partidos conservadores más amplios, como es el caso de Colombia.

De este modo, la Democracia Cristiana chilena se ha vinculado históricamente con más énfasis con sus partidos hermanos en Europa, especialmente el partido demócrata cristiano alemán (CDU-CSU), aunque también el partido demócrata cristiano italiano (DC), este último hoy desaparecido.

Fuera de Europa la DC chilena es también el partido democristiano más exitoso. Desde su fundación hace casi 60 años, ha gobernado en tres periodos: 1964-1970; 1990-1994 y 1994-2000, y ha participado en las coaliciones de gobierno de centro izquierda en los últimos 26 años, con el interregno 2010-2014.

Desde sus primeros años, el PDC chileno tuvo claras aspiraciones hegemónicas. Si bien la literatura dice que reemplazaron en el centro político a los radicales, una mirada más detallada de la década de los 60 y 70 permite matizar esta afirmación. El Partido Radical en sus mejores años se vinculaba no solo política, sino que programáticamente con la izquierda y la derecha. El presidente Aguirre Cerda estrenó en Chile de manera exitosa la experiencia europea de los Frentes Populares, que ya había llegado al poder en España y Francia en 1936, pero en los últimos años del Presidente González Videla gobernó amistosamente con los partidos de derecha proscribiendo a los comunistas. En esa misma línea, durante el gobierno del presidente Alessandri Rodríguez (1958-1964) el PR chileno se debatió entre una postura de oposición a la derecha en el poder o bien una de cooperación, que fue la que finalmente se impuso, y terminó participando en puestos ministeriales entre 1961 y 1963. Hacia finales del periodo de Alessandri el PR terminó coalicionado con Conservadores y Liberales apoyando la candidatura presidencial de Julio Durán. Fue solo hacia finales de los 60 que el radicalismo chileno, no sin tensiones internas, derivó en un camino hacia la izquierda, apoyando al gobierno de la Unidad Popular y siendo férreo opositor a la DC, precisamente por el carácter confesional de éste último y las posiciones laicas –e incluso anticlericales– de los radicales.

Hoy la DC no solo sufre tensiones internas producto del rol del partido al interior del gobierno, sino también hay militantes de peso que señalan que la Nueva Mayoría termina a fines del actual periodo presidencial, lo cual significa que para el próximo gobierno se rearticularía la posición de los partidos y las coaliciones.

La Democracia Cristiana, en cambio, ha sido el único partido entre 1932 y 1973 que no requirió de una coalición para gobernar. Eduardo Frei Montalva era el presidente electo con el mayor porcentaje de votos (56%) hasta que su hijo, en 1994, y Michelle Bachelet en 2014, rompieran esas marcas. De ese modo, más que disputar el centro político al radicalismo, que ya venía decayendo, se transformó en un segundo actor de ese espacio, con su propio electorado. Más ad hoc resulta, por lo tanto, la apreciación que hace Tomás Moulian respecto al “centro bicéfalo” de la política chilena en los años 60, con el PR en decadencia y la DC creciendo de manera acelerada, pero ambos disputando electorados distintos.

Pero tan rápido como la DC chilena tocó su punto más alto y parecía transformarse en ese partido que gobernaría por 30 años, implementando una vía no capitalista de desarrollo con un fuerte componente socialcristiano, empezó a decaer. Las tensiones internas entre las facciones más de izquierda y aquellas más cercanas de la posición moderada de Frei fueron dividiendo al partido. De haber gobernado solos cayeron al tercer lugar en las elecciones de 1970, aunque jugando un rol clave para la elección final de Salvador Allende luego de negociar el acuerdo de garantías constitucionales.

Después del retorno a la democracia, la DC chilena ha vivido un camino más accidentado. Si bien mantuvo los primeros años una posición electoral de privilegio, su decadencia no ha parado. De poco más de un cuarto de los votantes en 1993 (su mejor desempeño después de 1990) ha caído de forma sostenida llegando a poco más de un 15% en las pasadas elecciones de 2013.

En ese sentido, es interesante analizar la experiencia de la DC chilena a la luz de lo que ocurrió con los democratacristianos italianos. En las elecciones de 1948 la DC italiana obtuvo una mayoría absoluta, lo cual le permitió convertirse en el partido dominante hasta 1962. En esos 14 años, Italia fue gobernada por la Democrazia Cristiana en colaboración con partidos menores de centro, como los republicanos, los social demócratas y los liberales, manteniendo fuera del poder a los otros dos grandes partidos del país: Socialistas y Comunistas. Desde 1962-1963 hasta 1982 la DC siguió siendo el partido principal, pero el fin de la coalición entre socialistas y comunistas hizo que aquellos se acercaran a la DC y desde 1963 participaran en gobiernos liderados por los democristianos. Fue durante estos años, especialmente desde la segunda mitad de los años 70, cuando el PCI (Partido Comunista Italiano) fue consolidando su posición en el marco del eurocomunismo occidental y sumó su apoyo a los gobiernos de centro izquierda, aunque nunca participó en los gabinetes (en 1978 las Brigadas Rojas, contrarias a la posición eurocomunista del PCI, secuestraron y asesinaron a Aldo Moro, ex primer ministro DC del país). Al mismo tiempo, la DC empezó a decaer como partido dominante de la política italiana.

La decadencia de la DC significó que debieron hacer una serie de concesiones a sus aliados políticos con tal de mantener la coalición de centro izquierda. Una de estas concesiones fue la renuncia a retener la jefatura del gobierno de Italia para un democristiano. En 1981 Italia tuvo el primer jefe de gobierno no DC en 35 años: Giovani Spadolini, del partido republicano, y en 1983 asumió, hasta 1987, Bettino Craxi, un socialista. Entre 1982 y 1993, último periodo de la política italiana antes del colapso del sistema de partidos, ocurrió el reemplazo de la coalición de centro izquierda encabezada por la DC, por una gran coalición de cuatro o cinco partidos desde la izquierda moderada hasta la derecha moderada. La DC volvió a gobernar con Amintore Fanfani desde 1987, sucedido por Giovanni Goria, Ciriaco de Mitta y Gulio Andreotti, quien gobernó hasta 1992, en medio de una serie de escándalos de corrupción que dañaron profundamente la política italiana e hicieron colapsar el sistema de partidos de posguerra del país. La DC italiana se disolvió en 1994 y se crearon varios partidos herederos: el partido popular italiano, el centro cristiano democrático, los cristiano-demócratas unidos. En 2002 surgió otro partido demócrata cristiano: la Unión de Demócratas Cristianos y de Centro, aunque sus porcentajes de votos están lejos de aquellos obtenidos por la Democrazia Cristiana en los 60 y 70.

Aparentemente el derrotero de la DC chilena es similar al de sus pares italianos y está lejos del exitoso desempeño de la CDU-CSU en Alemania. En un primer momento aspiraron a hegemonizar el sistema político y durante algún tiempo lo lograron, pues en los años 60 y 70 su rol es central para entender el desarrollo político del país. Incluso durante la dictadura, la DC jugó un papel opositor, especialmente desde fines de los años 70 y principios de los 80, cuando era el único partido que podía mantener cierta estructura orgánica al interior del país. Pero ya desde los últimos años del gobierno de Eduardo Frei Montalva, las tensiones aumentaron al interior de la DC.

Ya con la democracia restaurada, la DC se incorporó como principal partido a la Concertación, gobernando con sus antiguos rivales de izquierda, pero a medida que fueron avanzando los años de la transición, el partido debió renunciar a ciertos privilegios que ostentaba como partido mayoritario. La posición privilegiada para competir por la presidencia de la República se terminó el 99 cuando Ricardo Lagos se alzó exitosamente por sobre Andrés Zaldívar; Soledad Alvear debió renunciar a sus aspiraciones en favor de Michelle Bachelet el 2005 y en 2009 Eduardo Frei fue derrotado por Sebastián Piñera.

Pero no solo la presidencia ha quedado fuera del alcance de la DC. Progresivamente, a medida que el país se seculariza, las posturas más conservadoras e incluso aquellas más cercanas a la antigua doctrina social de la iglesia, han debido retroceder, sufriendo la DC derrotas programáticas que en muchos casos le han obligado a repensar su posición respecto de ciertas políticas, especialmente aquellas relacionadas con la llamada “agenda valórica”.

Hoy la DC no solo sufre tensiones internas producto del rol del partido al interior del gobierno, sino también hay militantes de peso que señalan que la Nueva Mayoría termina a fines del actual periodo presidencial, lo cual significa que para el próximo gobierno se rearticularía la posición de los partidos y las coaliciones.
Adicionalmente, Chile vive hoy un escenario, sino igual, al menos equivalente al que vivió Italia a principios de los 90, cuando se descubrió una serie de escándalos de corrupción dentro de la clase política del país, que terminó afectando la estabilidad de todo el sistema y llevándolo al colapso. Esa situación de decadencia que vivía la Democracia Cristiana Italiana, después de un protagonismo indiscutido por casi 40 años, se agravó producto de la corrupción llevándola a la disolución. En Chile el sistema está tendiendo a profundos cambios, la crisis de representación se ha profundizado como resultado de la corrupción. En esta situación no es descabellado pensar que tanto el sistema de partidos, en general, como la Democracia Cristiana, en particular, puedan llegar a colapsar bajo el peso de su incapacidad para resolver el actual nudo político. Si eso no ocurre, al menos los grandes partidos históricos –la DC, el PS– seguirán transitando a una situación de marginalidad política y programática que redundará en una completa irrelevancia en el futuro político del país.

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