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De los derechos humanos, la impunidad y el ethos nacional

por 8 septiembre, 2016

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Mientras asistimos a la mayor desposesión de derechos y recursos que hayamos vivido como chilenos –gracias al modelo de “libre” mercado autorregulado impuesto por una santa alianza  entre  fuego militar y elites   oligárquicas–, el semestre que termina ha visto la reposición en el escenario público de los derechos humanos.

Por causales y motivos diversos, como un hecho que no puede ni debemos dejar naufragar, vuelven al tapete los derechos humanos a los medios de opinión.  Sea por los  nuevos juicios en casos de violadores de los derechos humanos (caso Cheyre et al.), sea para referirse a su importancia en el ámbito de la educación ciudadana, la salud, las pensiones, en referencia a los derechos de pueblos originarios o la importancia que tienen para redefinir el modelo de desarrollo en el país.

Lo nuevo es su referencia multidimensional: los DD.HH. son importantes tanto para el pasado-presente, como para el presente-futuro. Han podido  sortear no sin dificultades su banalización, o el intento de radicarlos únicamente como algo perteneciente al pasado o como derechos de libertad individual. No ha resultado hasta ahora el típico barrer bajo la alfombra aquello que nos disgusta de nosotros mismos. Es probable que esto se deba a que el ataque a los derechos humanos –y no me refiero solamente a los hechos ligados a la eliminación de compatriotas, sino también a los derechos económicos, sociales y culturales–,  no fue algo casual y acotado, sino una acción sistemática de tal calado, que se ha instalado en nuestra historia como la herida ética más profunda para la convivencia como nación y, por tanto, como algo imposible de eludir en sus implicancias para nuestra cultura política pública.

A pesar de las 21 mil leyes aprobadas en el país, el ethos dominante sigue siendo el mercadista-neoliberal: compita, concurse, triunfe, gánele al otro, acumule cosas y bienes, brille, use tretas y trampas, mienta, todo se vale en función del poder, el ranking, el éxito, el destaque individual, lo útil, el dinero. Todo se vale para no quedar del lado oscuro de la luna.

La imposición autoritaria de un  modelo de modernización de signo neoliberal trajo consigo la negación y violación sistemática de esos derechos –con muchas complicidades de diverso origen–, fragmentó el lazo social republicanista, pretendió imponer el olvido, la banalización del mal, haciéndolos parte de nuestra paradójica identidad ciudadano-moral, no resuelta hasta el día de hoy.  En esta nueva identidad recreada esa desposesión de derechos y la impunidad se revelaron como ejes de socialización del país mayoritario. Y, con sus más y sus menos, más allá de leyes y decretos, se expandieron de manera transversal. Hasta dónde entonces el ethos nacional es uno atravesado por una lógica de la impunidad, es decir, por una forma de acción recurrente que no asume su responsabilidad por sus palabras y actos.

Hasta dónde funciona aquí el efecto mimético: si aquellos que han asesinado, torturado, robado al fisco o engañado a sus clientes, quedan impunes (es decir, ponen al derecho a su favor), bueno, ¿por qué debo yo actuar de distinta manera? Y esto puede replicarse a todo nivel de la sociedad.

Se trata de una desposesión y una impunidad empujada desde la ética del libre mercado y del cálculo costo beneficio: a pesar de las 21 mil leyes aprobadas en el país, el ethos dominante sigue siendo el mercadista-neoliberal: compita, concurse, triunfe, gánele al otro, acumule cosas y bienes, brille, use tretas y trampas, mienta, todo se vale en función del poder, el ranking, el éxito, el destaque individual, lo útil, el dinero. Todo se vale para no quedar del lado oscuro de la luna.

¿Acaso la memoria irresuelta del  pasado-presente, no nos sigue penando en la corrupción estructural que estamos viviendo como país? ¿Podemos pensar que el ethos de impunidad y de desposesión de derechos que hemos experimentado en todos estos años, no está también tras la crisis generalizada de legitimidad ético-política del accionar de la actual elite, de las instituciones, así como de nuestras propias fallas en las maneras de convivir?

Después de lo sucedido a partir de 1973, al parecer no podemos actuar y pensar sin tomar en cuenta “el deber de memoria” y de crítica de la impunidad y, por su intermedio, repensar la política, la moral, la educación o la verdad,  a la luz ahora de la barbarie y sus largas sombras...

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