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Servel

por 26 octubre, 2016

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Parece una de las últimas instituciones decimonónicas de Servicio Público. Si se entiende servicio como la acción de servir, esta institución no se esmera mucho; tiene  tantas falencias que uno llega a sospechar profundamente de la eficiencia de su labor. Es cierto que las votaciones se hacen y los resultados se conocen con relativa rapidez, lo cual da cuenta de una cierta eficacia, pero no en cuanto a los recursos que se movilizan para llevar a cabo los actos eleccionarios.

En primer lugar, suena sospechosa la cifra de abstención electoral. ¿Será tanta la desafección de los chilenos con sus obligaciones cívicas o habrá algún problema de datos?  ¿El universo de votantes se puede conciliar al peso (o al ser humano en este caso) con el registro de los chilenos vivos en edad de votar? Hace algún tiempo apareció como noticia que el hace ya varios años difunto Presidente Allende figuraba como votante potencial, ¿cuántos otros Presidentes Allende habrá?

Si hubiera errores crecientes en el tiempo en esta cifra (pura especulación, no tengo datos concretos para asegurarlo), muchos analistas que han usado esas cifras para elaborar sesudas hipótesis podrían quedar frustrados e incluso enojados por una eventual falta de acuciosidad en el manejo de la base de datos de votantes.

¿Habrá algún organismo independiente que audite las cifras del Servel? Y si este argumentase que la responsabilidad de generar esa información es del Registro Civil, bueno, que se auditen las cifras de este último también.

El sistema electoral chileno es como obligar a la gente a comprar en un almacén de barrio, en la era de los supermercados y de compras por Internet con despacho a domicilio. Anacrónico, ¿ no? Al cambiar el anticuado paradigma de votación chileno, la tasa de participación subiría como la espuma y los comentarios de desafección política y de descoordinación de la ciudadanía con la clase política palidecerían.

Pero esto no es todo, en la era de Internet, ¿es necesario armar una parafernalia de votación que lleva a paralizar el país un día entero, movilizando Ejército, fuerza pública y miles de chilenos que deben sacrificar unas doce horas el día de votación para permitir a los demás registrar la preferencia por un representante popular? Varias empresas especializadas felices harían un presupuesto para ofrecer una solución que permita la expresión de votos de al menos un 80% de los chilenos a través de este medio, lo que aumentaría significativamente la votación. Sería posible votar en pijama desde la casa a primera hora, sería posible cerrar las mesas virtuales al mediodía e irse a dormir con los resultados finales, los análisis de todos los expertos y las conversaciones de las consecuencias incluidos como materia prima para soñar en la noche, en vez de trasnochar viendo notas interminables acerca de trivialidades del acto cívico.

En ausencia de una opción de este tipo, más radical, pero que implica mayor riesgo –apetito que desapareció después del llamado “padronazo”–, ¿cómo no es posible facilitar el acto de votación a los electores, permitiéndoles votar donde estos prefieran? Sería notablemente más fácil y, por tanto, aumentaría el número de personas que votarían. Podría ser un panorama familiar, ir todos a un mismo lugar a la hora que más acomode a cada uno.

En mi casa, votamos cinco personas, en cuatro comunas distintas. Aun cuando vivimos en Vitacura, voté por quien me parecía el mejor alcalde y concejal para Lo Barnechea; mi señora hizo lo mismo que yo, pero para la comuna de Las Condes; la Norita, que trabaja y vive con nosotros hace veinticinco años, lo tenía que hacer en San Bernardo, y solo mis hijos de 18 y 19 años votaron en la respectiva comuna. Cuatro viajes diferentes a votar, tacos en los lugares de votación y mesas vacías. Los chilenos (Servel incluido) lo podemos hacer mejor que esto.

El sistema electoral chileno es como obligar a la gente a comprar en un almacén de barrio, en la era de los supermercados y de compras por Internet con despacho a domicilio. Anacrónico, ¿ no? Al cambiar el anticuado paradigma de votación chileno, la tasa de participación subiría como la espuma y los comentarios de desafección política y de descoordinación de la ciudadanía con la clase política palidecerían.

Es el sistema, conciudadanos, al cambiarlo vamos a volver a ver y leer notas periodísticas sobre la ejemplar jornada electoral y el gran compromiso de los chilenos con la democracia.

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