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Deslegitimación de la autoridad

por 8 noviembre, 2016

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Vivimos tiempos de severas crisis: institucionales, políticas, económicas y culturales. Graves problemas acucian al país, no resueltos o ignorados. El pueblo soberano, en las tristes elecciones municipales, dijo no; basta, se acabó, no va más; retiramos nuestra confianza. Diez millones de chilenas y chilenos se abstuvieron. Fueron abstenciones conscientes. Repudio, cansancio, rechazo enérgico. No fue solo desidia, flojera o irresponsabilidad. Millones de ciudadanos y ciudadanas, diciendo no votamos, es privar de quórum democrático a las elecciones.

El cuerpo político ha sido deslegitimado. Conservan un débil poder. Perdieron la autoridad. El saber y la posibilidad de gobernar, socialmente reconocida, que eso es la autoridad, la abstención la lanzó al espacio sideral. La autoridad legítima, resultado final de un proceso electoral, se esfumó. Dicen y repiten los dirigentes políticos: ganamos, obtuvimos tal por porcentaje de los votos válidamente emitidos; se ganó tal o cual municipalidad, con un 30%, 40%, 50% o 60%. Agregan, que algún partido, representa a un 12%, etc., etc.,etc.

Sin embargo, presentan la situación distorsionada. Ninguno de los porcentajes que dan, corresponde a la verdad electoral. Deben considerar la abstención. Así los porcentajes finales bajan significativamente. Quienes dicen que son el 12%, 11%, 7% o 4%, verdaderamente, según las matemáticas, no sobrepasan el 6%,5,% o 1% del cuerpo electoral de catorce millones de personas.

La institucionalidad política de desplomó. Las precandidaturas presidenciables, que con singular inocencia, se mantienen, carecen de base cierta de sustentación. Desesperadamente, buscan aparente solución: algunos cambios de Gabinete, un mejor diálogo entre ellos mismos; escuchar, supuestamente más a la gente, hacer más calles. Simple verborrea. No asumen responsabilidad política alguna. No reconocen que todas las combinaciones políticas: Nueva Mayoría, Chile Vamos, fuerzas extraparlamentarias, partidos políticos de todos los colores, regiones y signos, dirigentes políticos de toda naturaleza, fueron estruendosamente derrotados por la abstención del pueblo soberano.

Que no vengan con el cuento de que el fenómeno es común o planetario. En Latinoamérica y la OCDE votan más de los dos tercios de los electores. Esa es la verdad, no mientan más.

¿Qué hay que hacer? Difícil respuesta. Para encontrarla, hay que escudriñar hasta el fondo. No quedarse en la superficie. Pensar que esto fue un temblor de alguna intensidad y no un terremoto de gran profundidad, es continuar perdido. Es no saber escuchar y menos interpretar las cifras y los signos de los tiempos.

¿Qué quiere el país? Nuevas autoridades. Gobernantes diferentes. Políticas y políticos distintos. Cambios, sí. Una nueva política. Se reclama claridad, no quieren que sigan los mismos o mismas dirigentes. Sin confianza legítima, la democracia no funciona. No hay títulos para presentar proyectos de leyes o políticas públicas. Perdieron la confianza legítima del pueblo. El cambio deberá ser sustancial. Serio, relevante, expresión de un realismo crítico y de una gran responsabilidad política. El país no quiere escuchar nuevos ofertones de propuestas para la ocasión.

Las leyes valen y se cumplen cuando emanan del pueblo efectivamente soberano y de autoridades legítimas. Este demanda participación efectiva. Los representantes defraudaron a los representados. Algunos por acción y, muchos otros, por notables omisiones. La pura democracia representativa, ha terminado por conducir al monopolio de los representantes.

El repudio no solo fue político. También lo fue a la economía, y todos los proyectos distributivos, que aparentan más equidad e igualdad, serán nuevas promesas e ilusiones, si la economía no crece a tasas sustentables y altas por un tiempo prolongado. Tenemos un débil y pobre crecimiento y una muy baja productividad, principalmente por la alta concentración de los mercados, en muy pocas manos, que acarrea concentración de la riqueza, injusta distribución de las misma, frustración y rabia en las grandes mayorías. Los ricos son cada vez más poderosos y nos hemos formado, los chilenos, la opinión de que dirigen la economía y la política.

¿Cuál es la fórmula? No hay una verdad única. Aspiramos a un gobierno nacional y popular que haga el difícil tránsito a una verdadera democracia económica, social y política; completamente renovada. Sin destruir todo lo bueno que se ha hecho en los últimos cuarenta años. Sin partir de hojas en blanco. Pero haciendo cambios reales. Realismo político. Nuevas generaciones de gobernantes.

Lo nuevo no dice relación con la edad, sino que con costumbres, hábitos y prácticas diferentes. Que se aborden y no orillen los graves problemas que nos aquejan. Que hagan crecer al país y al mismo tiempo distribuyan la riqueza con sincera equidad, se recuperen las riquezas básicas. Se desconcentre el poder económico y político. Se reconstruya la autoridad sobre la base de legitimidad democrática. Que gobierne el pueblo soberano y no mandatarios perdidos en la farándula, en la irresponsabilidad, en la fragilidad política y moral más completa. Que se reconozca a los pueblos originarios y expresemos en una nueva institucionalidad que Chile es un solo país, en el cual convive una pluralidad de pueblos, culturas y naciones. Chile quiere seguridad, pero no represión.

Que se gobierne bien, que no se improvise ni se malgasten los recursos públicos. Grandes perspectivas para el tiempo presente, para las actuales generaciones. No para cuarenta o cincuenta años más. Soluciones posibles para el Chile de hoy. Las hay y muchas. El país tiene que colocarse nuevamente en marcha con optimismo. Chile lo puede hacer.

Ganó la abstención. Con autenticidad y sin hipocresía, esta debe ser escuchada. Es menester establecer los cauces para que ella se exprese. Si se oculta esta colosal realidad, otros, los de siempre, los que se encuentran a la espera de los acontecimientos, seguramente transitarán hacia salidas autoritarias. Estas llegan, silenciosamente, cuando menos se esperan. Ya aprendimos la lección. No queremos más de lo mismo ni menos quiere Chile, los millones que se abstuvieron, a los mismos y a las mismas.

Es tiempo de responsabilidad política efectiva y no de artificios, falsedades y juegos políticos. Todo aquello terminó. El país anhela que vuelva el Chile moral y ético, hoy ausente, en un medio en que se han trastrocado los valores en grados extremos.

Que algunos miles de chilenos se tomen unos días de vacaciones, no es sino la demostración de una realidad compleja en las sociedades modernas. Que cualquiera gobierna, mientras cada uno cree estar en lo suyo, es el barro en que se cocinan los dramas.

Que no vengan con el cuento de que el fenómeno es común o planetario. En Latinoamérica y la OCDE votan más de los dos tercios de los electores. Esa es la verdad, no mientan más.

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