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Trump y la rebelión antiglobalizadora

por 15 noviembre, 2016

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En los últimos días se han escrito muchas cosas para explicar el resultado de la elección presidencial en Estados Unidos. Pero en realidad se trata de un patrón global, que se manifiesta con fuerza hace ya varios años en diversas latitudes y, sobre todo, en el mundo desarrollado.

Los años de Berlusconi en Italia, el auge del Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen en Francia, de la extrema derecha en Austria, Holanda, y países de Europa del Este, o el Brexit en Inglaterra, muestran que el período “glamoroso” de la globalización llegó a su fin. Hace ya varios años, intelectuales lúcidos comenzaron a hablar de un “lado oscuro de la globalización”, para graficar el malestar que se estaba incubando en diversas sociedades como resultado de un proceso que ha generado dinamismo y riqueza para algunos, pero que también ha dejado a muchos “perdedores” en el camino.

Ya en el 2012 el entonces Director de la prestigiosa revista Foreign Policy, Moisés Naím, había señalado que “la desigualdad” se estaba convirtiendo en un tema central en la agenda internacional y, ese mismo año, El Foro Económico Mundial, en su informe sobre “Riesgos Globales”, coincidía con esta apreciación, al señalar a la creciente desigualdad social como un factor altamente desestabilizador, que amenazaba con “dar vuelta los avances conseguidos con la globalización, y provocar la emergencia de una nueva clase de estados críticamente frágiles”.

Y lo que hemos visto precisamente en este último tiempo es la reacción de esos “perdedores”, que en muchas partes parecen ser los mismos: clases medias empobrecidas y sectores obreros que antes votaban por partidos de izquierda y progresistas, y que hoy votan por una extrema derecha populista que busca “blancos fáciles” para explicar el retroceso en las condiciones de vida que han experimentado estos grupos.

El blanco preferido son los inmigrantes y trabajadores extranjeros, y la supuesta “competencia desleal” que vendría de países emergentes. Pero lo cierto es que por primera vez desde la post-II Guerra, hay generaciones nuevas cuyo horizonte se ve peor que el de sus padres, y esto pone a prueba, como nunca, la solidez de la democracia y sus instituciones en muchos países, incluyendo el nuestro. Porque no es ningún misterio que en este tema Chile tiene comparativamente uno de los peores registros, y es esto básicamente lo que subyace a las movilizaciones sociales que vimos en el 2011 (estudiantil) y 2016 (NO+AFP). El rechazo que en todas las encuestas reciben los grandes empresarios, los poderes del Estado, los partidos, la Iglesia, y ahora también los medios de comunicación y las FF.AA, es una manifestación antiélite que hace muchas décadas no se veía en nuestro país.

Imposible ya de ignorar, ahora todos hablan como si hubiesen sido “fuerzas de la naturaleza” las que han generado las “escandalosas desigualdades” de las que habla regularmente el Papa Francisco. Pero se trata esencialmente de un problema político, en Chile y en otras latitudes. Cualquier historiador sabe que, en otras épocas, procesos de globalización que fracasaron condujeron a grandes guerras mundiales. Fue la Gran Depresión de comienzos de los años 30 del siglo pasado lo que antecedió al auge del fascismo y el nazismo. Los partidarios de una “interdependencia global” pensaron que la creciente integración económica planetaria traería prosperidad y una suerte de “paz perpetua”, como alguna vez la pensó el filósofo Kant.

Bernie Sanders hace unos días decía, por ejemplo, que el Partido Demócrata va a tener que optar entre sus vínculos con “Wall Street” o la clase trabajadora estadounidense. Porque lo cierto es que hoy pocos ganan elecciones defendiendo acuerdos comerciales, y la ultraderecha populista percibió esto antes que otros.

Pero esta interdependencia requiere también de sociedades, social y económicamente cohesionadas, algo que ha sido descuidado por las élites y entes internacionales que han sido impulsores de este proceso. Así, por ejemplo, el director de la OIT señalaba que el FMI (y, para el caso, también el Banco Mundial) ahora habla asimismo de desigualdad a nivel global, pero que no presenta propuestas específicas al respecto. Por otra parte, muchos partidos progresistas se han asociado a estas élites, y han abdicado de defender al mundo del trabajo que ha sido marginado del progreso en este período de liberalización global de las economías.

Bernie Sanders hace unos días decía, por ejemplo, que el Partido Demócrata va a tener que optar entre sus vínculos con “Wall Street” o la clase trabajadora estadounidense. Porque lo cierto es que hoy pocos ganan elecciones defendiendo acuerdos comerciales, y la ultraderecha populista percibió esto antes que otros. Trump es, en este sentido, un síntoma de algo que ya estaba ahí.

La incertidumbre y el miedo ante un mundo que desaparece, y que un demagogo promete reconstituir (Make America Great Again) . Y, como ya hemos visto, las políticas neoliberales no resuelven y más bien profundizan la desigualdades, pero siempre será posible buscar un “chivo expiatorio” a quien responsabilizar, con las graves consecuencias para la convivencia democrática que ello tiene.



En estos momentos es un enigma saber cómo procederá Trump en las próximas semanas y meses, y aún los expertos más reconocidos dan opiniones encontradas al respecto. En el escenario más benigno, moderará las medidas que anunció durante la campaña, pero su base dura de apoyo espera acciones concretas que este no podrá eludir. Ya son malas señales haber reiterado que expulsará a la brevedad a 3 millones de indocumentados, y haber nombrado como asesor principal a un personaje conocido por ser misógino, antigay, antisemita, y varias cosas más. Y la promesa del “muro” será muy difícil de sortear, siendo su principal compromiso de campaña.

La lección de todo esto es que los graves problemas de exclusión y desigualdad en las sociedades contemporáneas no pueden “dejarse para mañana”, o solo en las manos del “mercado”, y que las corrientes progresistas deben volver a “reconectar” con un mundo que abandonaron, y que fue copado por fuerzas que, bien puede decirse, representan una versión siglo XXI de los fascismos del pasado.

Por último, la cooperación internacional será otra gran damnificada con la llegada de Trump. Lo más probable es que Estados Unidos vuelva a un neoaislacionismo, precisamente en momentos en que el mundo requiere lo contrario: liderazgo y concertación entre países que tienen el poder y capacidades para abordar los graves problemas globales que afectan a la humanidad.

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