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Haití: la inmigración de la historia

por 28 diciembre, 2016

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Aprender de la historia: ¿No es acaso un imperativo de humildad? La historia cuenta que, en 1794, bajo el mandato del ex esclavo Toussaint Louverture, el ejército negro de la colonia de Santo Domingo, obligó al gobierno de la naciente república francesa a reconocer el fin de la esclavitud y la igualdad de derechos en todas las colonias. De esta manera se bosquejaba una figura que vendría a coronar el siglo de las luces: la de aquel hombre –en este caso negro y esclavo– que conquistaba con su fuerza y razón aquella mayoría de edad que dicho siglo había trasformado en bandera pero que negaba sordamente a muchos.

Sin embargo, este episodio no se remite a un solo hombre ni un solo momento. Ya el jesuita Raynal, en 1770, había elaborado una crítica severa a los abusos de un colonialismo que fomentaba el comercio de esclavos en contradicción evidente con los ideales ilustrados. En sus escritos señalaba que “solo falta a los negros un líder lo bastante valiente como para conducirlos al coraje y a la venganza. ¿Dónde está, este gran hombre, a quien la naturaleza debe, tal vez por honor, a la especie humana?”. Louverture –el Espartaco negro– hizo eco de este llamado y destinó energía a destituir el Código Negro que normaba la tenencia y la administración de esclavos.

Así, también, se dice que Cécile Fatiman, junto al sacerdote vudú y esclavo Dutty Boukman, lideraron en 1791 la ceremonia del Bosque Caiman que inspiraría el espíritu rebelde de los esclavos con palabras que llamaban a escuchar la voz de la libertad. Y aunque Louverture fuese apresado y erradicado de la isla en 1802, este ánimo rebelde ya se había esparcido en Santo Domingo, y dos años después, Jean-Jacques Dessalines derrotó a las tropas de Napoleón y logró, junto con la abolición definitiva de la esclavitud, independizarse de los franceses. El gesto de dignidad insumisa se hizo letra y ley: la Constitución de 1805 declaraba en su artículo 14 el cese de toda asimetría entre los habitantes del nuevo emplazamiento. Todos, absolutamente todos –independientemente de su origen, procedencia y familia–, “serán conocidos bajo la denominación genérica de negros”. Este nuevo orden y este nuevo reino sería bautizado, no obstante, con una palabra vieja tomada de la lengua nativa: se llamaría Haití.

Haití es entonces el nombre que da inicio a una nueva era: la nuestra. Aquella en que se proclaman y vociferan los principios de igualdad y derechos inalienables a todos sin excepción. La independencia de Haití signa el destino de un Occidente que se pretende humanitariamente mundial. En esa azotada isla caribeña la historia trenzó los clamores de África, América y Europa, y obligó a tomar noticia de que no bastaba con la revolución o la república si esta se sostenía por la exclusión y el sometimiento de otros. Haití es, así, el nombre para una lucha que aún no termina y que es la de todos y para todos.

Es curioso entonces que hoy Haití se nos aparezca disfrazado con los ropajes del “problema migratorio”. A nosotros, chilenos, emblemas de un modelo de desarrollo que se pretende exitoso e indiscutible, la historia nos recuerda que tenemos una tradición escueta y sin grandes epopeyas. Haití nos susurra que nuestro éxito es frágil y que entonces aquellos forasteros que han llegado son también nuestro problema si pretendemos estar a la altura de los desafíos de hoy. Y si el destino ha cruzado los caminos para que gente de Haití llegue a esta tierra, tal vez se trate de conocer mejor a quienes estamos recibiendo y aprender de lo que su historia es capaz de decirnos.

Lamentablemente, la arrogancia que en ocasiones marca el carácter de nuestra nación, solo permite captar el asunto en términos de déficit social: los haitianos y todos los otros inmigrantes vienen a buscar un mejor vivir. Es cierto, pero no se olvide que el buen vivir se dice de muchas maneras y que, por tanto, no es necesariamente algo que concuerde con el ideario de acumulación de banalidades que se vocifera como sinónimo de bienestar.

Hoy esa historia golpea a nuestras puertas. Tenemos ante nuestros ojos el rostro de quienes han pagado muy caro a aquellos cuyo arquetipo de desarrollo nosotros abrazamos con demasiada comodidad. El camino que tomemos ante este desafío pasará sin duda por escuchar voces que también soñaron con una libertad que bien podría ser la nuestra.

También es preciso recordar que no ha habido nación que no haya alguna vez traspasado los márgenes de su territorio. Todos los pueblos que podamos pensar –y, por cierto, buena parte de los seres vivos–, migran y prueban suerte en otros paisajes. En tiempos de Trump, es sensato recordar que la gente siempre se ha desplazado ya sea por la necesidad de explorar nuevos horizontes, como por amor e incluso curiosidad. Irrisorio es, entonces, cuando los defensores de la “libertad” cuestionan la opción que algunos hacen de dejar su tierra desde el simplismo orgulloso que piensa el asunto como si se tratara de la conveniencia de un producto. Bajo esa mirada provinciana –propia del aldeano vanidoso del que hablase Martí–, las personas se mueven porque un país sería “mejor que otro”. De este modo, se razona con la migración como si únicamente fuese una cuestión económica, olvidando que este sedentarismo nacional es una dinámica también forjada a la fuerza y que el oleaje cultural nunca detiene sus idas y recogidas.

¿Por qué no pensar entonces que con la llegada de los haitianos nuestra arrinconada cultura tiene la oportunidad de crecer y consolidar sus más débiles tejidos? Haití es hoy, para Chile, la posibilidad de mirar otra historia, y con ella, la nuestra con otros ojos. La memoria de Haití da testimonio de un pueblo que, siendo la primera nación del mundo en eliminar la esclavitud y pretender derechos verdaderamente universales, hoy es la más pobre de Latinoamérica.

Aprendamos entonces como país a escoger nuestras “amistades”. Si los haitianos están hoy entre nosotros es porque sus anhelos fueron castigados con la explotación española, con el embargo canalla y el bloqueo de los franceses, con la ocupación y el saqueo de los Estados Unidos, y con una incesante intervención sobre la base de golpes de Estado y dictaduras asesinas que han trabado la autodeterminación de un país que, solo en 1990, pudo elegir por vez primera a un mandatario para ser, a los pocos meses, nuevamente interrumpido y ultrajado en función de un mercado internacional y una tutela económica que no ha hecho sino acrecentar el endeudamiento, militarizar la cotidianeidad y profundizar la miseria, al punto de erosionar incluso la geografía.

Hoy esa historia golpea a nuestras puertas. Tenemos ante nuestros ojos el rostro de quienes han pagado muy caro a aquellos cuyo arquetipo de desarrollo nosotros abrazamos con demasiada comodidad. El camino que tomemos ante este desafío pasará sin duda por escuchar voces que también soñaron con una libertad que bien podría ser la nuestra.

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