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Por un verano sin pareo

por 27 enero, 2017

Por un verano sin pareo
El vestir y la aceptación social en general, así como la connotación del cuerpo en Chile, constituyen un tema serio. Por ejemplo, conceptos como “juicio final” o “bullying playero” vienen inmediatamente a mi cabeza cuando pienso en el verano. Para mí está claro: en nuestro país, el que no se ajusta a los cánones impuestos por los medios, las tradiciones y la propia sociedad, suele ser marginado.
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¿Es usted de los que no va a la playa, lago, piscina, ni a ningún lugar donde sea “adecuado” descubrir su cuerpo para lucir un traje de baño en cualquiera de sus versiones? ¿O es de los que sí va, pero con pantalones e incluso polerón o suéter, aunque la gente esté asfixiándose de calor? ¿O es de esas personas que se pone traje de baño, pero usa un pareo tipo sábana alrededor de su cuerpo, incluso para meterse al agua? ¿O más bien es de los que se pone traje de baño pero no se saca la ropa por vergüenza e inventa ante sus amigos cualquier excusa del tipo “ando en mis días”, “ no me depilé”, “está muy fuerte el sol” o “me duele la guata”? ¿O, en cambio, es usted de los que cuando va a la playa-lago-piscina o similares se pone su mejor bañador para meterse al agua y disfrutar feliz de la vida sus vacaciones?

Las razones para entender el pudor de las chilenas y chilenos son variadas, pero la más importante parece ser la inseguridad de mostrar el cuerpo en público.

A través de una encuesta realizada a más de dos mil mujeres del país, el último estudio de la consultora CómoMeVisto, arrojó que, si bien al 90% de las chilenas les encantan los bikinis, a seis de cada diez les provoca terror usarlos. El estudio también informó que casi la mitad de las mujeres que va a la playa lo hace con traje de baño de una pieza, mientras que un poco más de la mitad usa un pareo u otros accesorios para cubrir lo que no se quiere mostrar.

Es una lástima que no se haya hecho un estudio similar entre los hombres, porque creo que los resultados no habrían sido muy distintos. Aunque muchos puedan pensar que esto es un tema femenino, la verdad es que los hombres –aunque claramente no usando pareo– también se enfrentan a situaciones similares, como es el miedo a mostrar la guata, el exceso de pelos, esos rollitos extra que confunden sus pectorales con pechos femeninos o, por ejemplo, la presencia de estrías en el cuerpo.

Y es que el vestir y la aceptación social en general, así como la connotación del cuerpo en Chile, es un tema serio. Por ejemplo, conceptos como “juicio final” o “bullying playero” vienen inmediatamente a mi cabeza cuando pienso en el verano. Para mi está claro: en nuestro país, el que no se ajusta a los cánones impuestos por los medios, las tradiciones y la propia sociedad, suele ser marginado.

Hace varias semanas me llegaron de regalo como 30 helados Magnum a mi casa. Esos ricos, con chocolate belga y que engordan una barbaridad si te los comes todos de una vez como hice yo. Por esos días estaba literalmente encerrada en casa, escribiendo artículos académicos y corrigiendo los exámenes finales de mis alumnos universitarios, mientras intentaba mantener entretenidos a mis hijos, los cuales suelen llevarme por el mal camino del azúcar, los carbohidratos y las hamburguesas. Cuando uno está trabajando contra el tiempo y nervioso, como que le dan ganas de comer. Ansiedad, le dicen algunos. También te arrugas, la piel se pone fea, te aflora el mal humor, no te hidratas, etc. O sea, quedas algo hecho bolsa.

Cuando pasó toda la vorágine laboral y comencé a tomar consciencia de que ya era verano, que tendría que cambiar mi atuendo a un “look veraniego” y, aún más, prepararme para mis vacaciones, comencé a preocuparme y me miré al espejo. Y ahí estaba yo, algo más “redondita” de lo habitual, con espinillas en la cara, patas de gallo, celulitis, suelta, blanca como pantruca… del terror, había que hacer algo. No estaba dispuesta a ponerme un pareo, un gorro que me cubriera toda la cara, gafas para disimular las arrugas y el cansancio, andar con “burka”, inventarle mentiras a la gente que me rodea y no poder lucir la moda veraniega como yo quería.

Así que tomé el toro por las astas y me decidí estar a tono como fuera para enfrentar mi verano 2017 sin pareo, y con el bikini más sexy de la vida. Quizás ustedes pensarán que ahora es fácil decirlo, porque todo resultó según lo planeado y, mientras les escribo estas líneas, disfruto en bikini de la mejor vista del Caribe, con todas las partes de mi cuerpo estiraditas y en su lugar.

Pero la misión #PorUnVeranoSinPareo no fue fácil. Primero, tuve que dejar de tomar helados por un rato e inscribirme (a regañadientes) en un gimnasio, donde corrí como Forrest Gump hasta que me vine de vacaciones. Obviamente un mes de gimnasio no me iba a solucionar todos los problemas, sobre todo si seguía trasnochando, tomándome una que otra copa de espumante, y si mi piel no veía la luz ni tampoco estaba siendo cuidada. Por lo mismo, tuve que preparar algo que bauticé como mi “kit de combate”: un set de productos que me ayudarían a llegar digna a las vacaciones.

No sé si es porque mi inconsciente sabía lo que se venía, pero desde mediados del año pasado me dediqué a probar un montón de productos que atacan las “falencias” que muchas y muchos tenemos en distintas zonas de nuestro cuerpo. Me costó, pero logré encontrar tesoros que usaré de por vida: mi autobronceante Avene  –no te deja la piel manchada ni tampoco como si estuvieras sucia– para los primeros días, donde realmente estaba más blanca que papel. Mi aceite anticelulitis Weleda, bombástico. El reductor de arrugas Powerful-Strength de Kiehl’s, que me aplico antes del hidratante y después de mi protector solar Eucerin –que además tiene color y matiza ese incómodo brillo que te dejan las cremas en la piel–.  Y algo realmente mágico: el Firm Corrector de Biotherm. Es un tensor del cuerpo que, cuando te lo aplicas en las piernas y corres a lo Pamela Anderson por el borde de la playa, no se te mueve nada... pero nada. Atómico.

Cuando pasó toda la vorágine laboral y comencé a tomar consciencia de que ya era verano, que tendría que cambiar mi atuendo a un “look veraniego” y, aún más, prepararme para mis vacaciones, comencé a preocuparme y me miré al espejo. Y ahí estaba yo, algo más “redondita” de lo habitual, con espinillas en la cara, patas de gallo, celulitis, suelta, blanca como pantruca… del terror, había que hacer algo. No estaba dispuesta a ponerme un pareo, un gorro que me cubriera toda la cara, gafas para disimular las arrugas y el cansancio, andar con “burka”, inventarle mentiras a la gente que me rodea y no poder lucir la moda veraniega como yo quería.

Creo que habría sido egoísta si no pudiera compartir con ustedes mi botiquín de emergencia en situaciones como esta, pero, en fin, volvamos a lo que hay atrás de toda esta parafernalia por vernos bien y enfrentarnos al juicio social, en cualquier contexto donde debamos vestirnos de alguna forma determinada.

Si bien en Chile se ha logrado alcanzar cierta individualidad en torno a, por ejemplo, exigir derechos civiles, tengo la sensación de que esta no se expresa a través del vestir –dentro o fuera de la playa– ni en la forma en que llevamos el cuerpo.

A veces, cuando viajo al extranjero, quedo embobada al ver a mujeres y hombres que se bastan a sí mismos, y que de verdad son conscientes de su individualidad. Cuando vuelvo a Chile me doy cuenta de que nosotros no somos así, me incluyo. Nos importa demasiado lo que dicen los demás, somos acomplejados, provincianos, uniformados y queremos profundamente ganarnos la aceptación de la manada, siendo exactamente como ellos o, al menos, similares. Por eso quizás el chileno no quiere ser foco de atención, porque es peligroso. Quizás no quiere pasar inadvertido, pero tampoco quiere ser “diferente”.

Tengo también la impresión de que en la relación que hacemos entre identidad y moda, nos solemos adherir a un estado de autoafirmación, sobre la base de una lucha interna entre distinción e imitación. Todos sabemos que el vestir involucra decisiones importantes en la forma en que nos relacionamos con el entorno. En nuestro caso, más que en otras culturas, es un poco obvio que usamos el vestir como una forma de alineación con el o los grupos de los cuales somos parte

¿Por qué tenemos esa profunda necesidad de parecernos al otro y de estar casi uniformados dentro de nuestros grupos de referencia?

Por una parte, es un tema generacional traspasado a su vez a las nuevas generaciones. Muchos de los que tenemos sobre 30 años vivimos durante la dictadura y, por lo tanto, crecimos en una sociedad uniformada, donde daba miedo ser distinto, y donde la idea era “pasar piola” y no hacer ruido. Varios estudios muestran que para que una sociedad evolucione después de traumas como ese se necesitan varias décadas. Nosotros, al parecer, aún estamos esperando.

Por otra, está el tema geográfico, el cual nos ha mantenido un tanto aislados del mundo a lo largo de la historia, exacerbando nuestro provincianismo y timidez. Asimismo, y a diferencia de otros países latinoamericanos, el Estado chileno ha tenido una vinculación muy importante con la Iglesia, la cual, a su vez, ha tenido un gran poder en las normas sociales que rigen hasta hoy. Solo piense que el matrimonio homosexual aún no está legalizado y el divorcio recién se legalizó en la primera década de este siglo. Si consideramos que de alguna forma la Iglesia como institución (de cualquier credo) también creó el pudor y que, por lo mismo, como cultura occidental tenemos la obligación de vestirnos y cubrir nuestras partes “íntimas y sagradas”,  podemos llegar a la conclusión de que en un país tan influenciado por esta, la forma de vestirnos y desvestirnos ha tenido un fuerte componente cultural arraigado por siglos.

El acto de vestirse puede ser considerado un encuentro entre lo público y lo privado, donde se negocian las normas aceptadas sobre la base del contexto en el que vivimos. Desde esta perspectiva, la moda se transforma en un actuar colectivo donde los grupos de referencia, así como la masa, logran un poder simbólico a través del cual legitiman lo que es bonito, feo, bueno o malo. Lo reconozcamos o no, estoy segura de que constantemente buscamos ciertos patrones que nos permiten evaluar nuestro vestir en función de los demás, lo cual no es otra cosa que el reflejo de una conformidad colectiva que inhibe la verdadera individualidad.

Muchos podríamos pensar que hoy esto no es así, porque vemos gente que sí se atreve, que se viste distinto, que tiene estilo. Y es cierto. Pero miremos con detención. Esas personas tienden a ser distintas a la masa, pero iguales o similares a su grupo de referencia, donde la necesidad de aceptación es necesaria. ¿Se acuerda cuando surgieron tribus urbanas como los pokemones o las pelolais, los emos, los otakus y, más recientemente, los hipsters? Pues bien, si bien para muchos esos grupos representaban gente rara o diferente, la verdad es que ellos crearon dichos grupos e incluso les pusieron un nombre, justamente para sentirse aceptados dentro de un contexto definido y no ser distintos a su grupo de referencia.

De que hemos evolucionado, sí, y un montón, pero creo que el sentido de individualidad en torno al vestir y al cuerpo en general, está aún en un estado “work in progress” en nuestro país.

Solo espero que cuando vuelva de este viaje –aún en medio del verano– pueda darme cuenta que todo lo que he escrito aquí es una soberana estupidez, y que las mujeres y hombres que veré en la playa o en el lago anden felices por la vida disfrutando el calor con sus mejores tenidas: sin pareo, sin burka, sin mantas ni polerones y, en definitiva, siendo felices con lo que son y lo que no. Obvio que es bueno echarse una manito de gato… o de tigre (ya leyó mis pequeños tips de emergencia), pero al final del día, nuestro vestir es la piel que elegimos mostrar. Ojalá que alguna vez podamos elegir solo por nosotros.

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