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La desprotección de la familia como problema político

por 3 marzo, 2017

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Comienza marzo y con ello se inicia formalmente la carrera presidencial. Las diferentes encuestas perfilan a los distintos candidatos, algunos con muy buenos resultados, otros muy malos. En cualquier caso, los diversos aspirantes a La Moneda ya han empezado a esbozar los temas más relevantes, y que sin lugar a dudas serán sus puntos centrales en los distintos borradores de programas de gobierno.

Sin embargo, hay algo que –espero equivocarme- no será tema central de ningún candidato, partido o movimiento, es la protección de la familia. Y es que de un modo caricaturesco, la preocupación por la familia ha sido reducida muchas veces –y de manera injusta- a un ámbito exclusivamente religioso, o tratado sólo a propósito de temas ideologizados.

La familia tiene un sentido mucho más profundo. Por algo se reconoce que “la familia es el núcleo fundamental de la sociedad”. Y es que gran parte de los graves problemas que tenemos hoy como comunidad, encuentran su raíz en  el debilitamiento de la familia. Y con familia me refiero –como afirma Francisco- “a un interpelante collage formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños”.

La cultura moderna del individualismo ha desplazado por completo a la institución familiar. La familia –por su naturaleza solidaria- es algo distinto de los individuos que la componen, es una forma especial y única de sociabilidad. Es, como dice Mansuy, el “gran dique de contención” contra el egoísmo imperante. Es en la familia donde se adquieren los valores más relevantes de la sociedad como el amor, el respeto por sí mismo y por el prójimo, la honestidad, la generosidad, la comunidad, entre otros.

En la familia se aprende a aceptar al otro tal como es, a darse sin recibir nada a cambio, a esperar y a veces incluso a soportar. Se aprende a perdonar, a acompañar en las tristezas y a celebrar en las alegrías. En la familia se da el sentido de humanidad misma de la persona, no encerrada en sí misma, sino en una constante apertura hacia los demás (ese sentido social que debiese irradiar toda nuestra sociedad). Es en ella donde se encuentran diferentes generaciones y en donde se ayudan mutuamente a crecer y a desarrollarse sus distintos miembros, para luego proyectarse en el todo social. Ni el colegio, ni la universidad, ni menos el Estado pueden suplir esta realidad fundamental.

Por eso que, cuando hay una familia destruida, esto no es sólo un problema individual, sino también un problema social. Es decir, la destrucción de la familia  repercute no solo en sus miembros, sino también en todo el tejido social de una manera completamente imperceptible, cuyos efectos son igualmente incalculables. Como recuerda Chesterton “no debería permitirse que se fuera cayendo a pedazos porque nadie tiene el debido sentido histórico de eso que se está desmoronando”.

La actual crisis del SENAME, es en realidad una crisis de las familias desde dos puntos de vista: el primero, la imposibilidad de las propias familias de proteger adecuadamente a los niños; la segunda, más importante aún, la absoluta incapacidad del Estado de levantar a esas familias y fortalecerlas, o que, en caso de que ello no sea factible, poderles encontrar a esos niños un hogar familiar definitivo.

Si una real preocupación existiera por ellas, muchos de nuestros más relevantes problemas disminuirían: la delincuencia, la cosificación y degradación de la mujer, la violencia intrafamiliar, la corrupción, el aborto, la eutanasia, la prostitución y maltrato infantil, el abandono y la desprotección de los ancianos, etc.

Hoy, paradójicamente, se protegen las personas individualmente consideradas, pero no a esa institución que las resguarda en su conjunto. Actualmente tenemos un Ministerio de la Mujer, un Servicio Nacional de Menores, un Servicio Nacional del Adulto Mayor, un Servicio Nacional de la Discapacidad, pero nada referente a las familias. Como si vivieran solas las personas sin relación alguna con su entorno familiar, muchas veces, extremadamente dañado, lo que hace completamente ineficaz cualquier intervención en los sujetos individualmente considerados.

Más aún, se pretende romper ese rol natural de las familias en la educación de los hijos, interviniendo el Estado y reemplazando a los padres en su derecho y deber básico. Basta ver la nueva institucionalidad de “protección” de los niños ideada por el actual Gobierno basada en una cultura de la sospecha en la relación padre-hijo que convierte al Estado en el gran salvador y reemplazante.

Pero una verdadera preocupación por las familias, debe ser de todas, sin discriminaciones injustas. Pensemos en aquellas realidades familiares que vienen por distintas razones emigrando de otros países y que buscan en nuestro país una oportunidad real de bienestar material y espiritual: ¿Cuál es la respuesta hacia ellas?

Sin ir más lejos, la actual crisis del SENAME, es en realidad una crisis de las familias desde dos puntos de vista: el primero, la imposibilidad de las propias familias de proteger adecuadamente a los niños; la segunda, más importante aún, la absoluta incapacidad del Estado de levantar a esas familias y fortalecerlas, o que, en caso de que ello no sea factible, poderles encontrar a esos niños un hogar familiar definitivo.

Otro tema relevante es la tasa de natalidad. Chile se acerca cada vez más a Europa en cuanto a los niveles de natalidad que están por debajo de la tasa de reposición. Con 1,83 hijos por mujer, nuestro país no alcanza a tener el mínimo de hijos necesarios (2.1) para mantener en el tiempo su población activa, lo que afectará la calidad de vida de las generaciones futuras y por cierto, de las familias.

Así entonces, la importancia de la familia es radical cumpliendo un rol insustituible en la sociedad, de manera tal que su fortalecimiento y protección debiera constituir un eje fundamental para cualquier candidato que piense verdaderamente en la comunidad que aspira a gobernar.

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