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#EntraElOptimista o el problema de la disputa por la hegemonía cultural

por 3 abril, 2017

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Hace algunos días el Encargado Político del Frente de Cultura del Movimiento Autonomista, Arnaldo Delgado consignó en otro medio digital que para el despliegue de una estrategia cultural del Frente Amplio había que “crear una sensibilidad común a partir de las múltiples identidades sumidas en el malestar neoliberal”, esta reflexión aporta a la interna de una nueva fuerza que, evidentemente ha remecido el escenario político, pero más allá del aporte, este planteamiento ofrece a la cultura un carácter estratégico dentro de las transformaciones sociales que el país necesita, sitial que el duopolio no solo había negado sino que hace un tiempo ya relegó a la cultura y a sus trabajadores a un destierro, del cual sobrevive intentando hacerse rentable mediante el emprendimiento, los fondos concursables (Como FONDART) o las economías creativas.

Y es que el rol de la cultura no pasa únicamente por algo cosmético o superfluo, hoy la cultura es algo así como un dispositivo que puede dar aire a la sociedad en medio de una crisis de representación, que no pasa solo por lo electoral sino que por el orden de sentido de las comunidades que componen el territorio, la elite gobernante lo denomina una “crisis política de credibilidad”, pero más allá de no creer en la clase política nos estamos cuestionando el sentido y valor de esta. Existe un malestar –en eso acierta Delgado- en tanto síntoma, un sin sentido que inconscientemente nos hace reaccionar con virulencia en los comentarios de algún medio digital o funar a alguien que hizo algo indebido exponiéndolo al escarnio público, este malestar, aparte de tener repercusiones en un individuo, tiene repercusiones en el cómo nos relacionamos con los otros y forma parte fundamental de lo que denominamos cultura.

En estos días, circula por televisión un spot publicitario de una compañía de telefonía, este aborda la popular temática futbolera (por las eliminatorias de Rusia 2018) y en él podemos apreciar a un grupo de amigos viendo un partido de la roja, uno de ellos, que constantemente crítica al equipo nacional, es sustituido por otra persona, al igual que en un partido de futbol, su expulsión sucede por ser pesimista y en su remplazo entra un entusiasta joven optimista Esta acción sencilla y algo cómica es básicamente una manera de anular a ese incomodo crítico en las gradas, es en definitiva la invisibilización de la diferencia, una anulación del otro que sencillamente piensa diferente. El filósofo best seller Byun-Chul Han en su libro “La sociedad de la transparencia” aborda el procedimiento mediante el cual la sociedad se ha convertido a la efectividad absoluta, de manera tan pragmática que no permite la reflexión o la crítica, toda proyección en sociedad debe ser funcional y en ningún caso negativa, la crítica y la duda opacan un modelo cultural que no resiste la diletancia o la indecisión puesto que resta velocidad a las interacciones sumidas en un flujo instantáneo.

Más allá de la reciente definición del Frente Amplio como un movimiento ciudadano más que de izquierdas, es necesario revisar por qué a los que sí nos consideramos de izquierdas se nos cristalizó la memoria con Marx, Lenin y Gramsci, como si voltear la mirada un segundo de sus obras nos aniquilara el espíritu y nos desheredara del camino socialista o inclusive de la justicia social.
 

Esta negación de la disidencia se reafirma en la transmisión del partido de Chile versus Argentina donde la misma compañía de telefonía encuesta a la audiencia respecto a si cree que Chile ganará la Copa Confederaciones, la respuesta es evidente, es una respuesta de sentido común y en ella el disidente es expuesto hacia la mayoría positiva como un anormal (fuera de norma).

Volviendo a las declaraciones de Delgado es necesario revisar algunos conceptos, no solo cuestionar al modelo neoliberal y su proyecto globalizado sino que ir más allá, revisar los pilares que sostienen las tradiciones de izquierda. Más allá de la reciente definición del Frente Amplio como un movimiento ciudadano más que de izquierdas, es necesario revisar por qué a los que sí nos consideramos de izquierdas se nos cristalizó la memoria con Marx, Lenin y Gramsci, como si voltear la mirada un segundo de sus obras nos aniquilara el espíritu y nos desheredara del camino socialista o inclusive de la justicia social. En este sentido la derivación Gramsciana del Movimiento Autonomista y sus sentidos comunes, pone una carga positiva en la necesidad de destilar la sociedad y sus complejidades en un proyecto unitario, en resolver lo diverso en lo común, con una lógica de embudo. No es el centro de la transformación social el generar o encontrar sentidos comunes, sino que considerar el sentido disidente de los sujetos, encontrar en el centro de la sociedad las múltiples marginalidades y contradicciones, sin homogenizarlas ni volverlas hegemónicas, es algo errático reducir la complejidad de la cultura en un proyecto donde los que hoy permanecen en los márgenes pasen al control de los imaginarios, muy por el contrario el desarticular cualquier forma de hegemonía o dominio es el paso para aceptar la marginalidad, no solo como una condición socioeconómica como se instaló en el Chile de Eduardo Frei Montalva sino que como una performance de las sensibilidades, las otredades, el género y en definitiva de los seres humanos en su naturaleza. El dispositivo político de la cultura entonces nos propone como alternativa política no avanzar desde la unidad sino que desde la diferenciación como construcción de identidad, si bien las voluntades de construir un horizonte colectivo nos convocan es necesario comprender la amplitud como una complejidad mayor que la utopía.

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