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Felipe Kast y la justicia (social)

por 3 abril, 2017

Felipe Kast y la justicia (social)
En el discurso de Kast y su equipo subyace la inexistencia de algo común, solo hay fuerzas creativas derivadas de la individualidad y por eso hay tantos proyectos de vida como personas existan. El fin de la política queda reducido a la conservación de la paz por la fuerza de una falsa tolerancia irreflexiva.
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Hoy podemos considerar que, acuerdos más, acuerdos menos, el camino a la primaria dentro de Chile Vamos ya está en curso y, salvo que ocurra algo inesperado, será una realidad el hecho de que los candidatos medirán fuerzas en las urnas, el próximo 2 de julio, cuando la ciudadanía elija quién los representará en la elección presidencial.

Es en ese contexto que, el fin de semana recién pasado, los partidos políticos más grandes de Chile Vamos realizaron sus respectivos consejos generales. Ya estamos acostumbrados a que estas instancias no sean más que grandes reuniones para ratificar lo que se acordó en negociaciones llevadas a cabo entre gallos y medianoche. Lo podemos ver en la forma en que se designó al candidato único que fue proclamado y en cómo se han ido confeccionando las listas parlamentarias.

Mientras esta trama aún se desarrolla, nosotros, los de derecha independiente, podemos detenernos para analizar las propuestas de los candidatos presidenciales, sus debilidades programáticas y los aspectos innovadores que pudieran presentar e incorporar. Para efectos de esta primera columna, comenzaré con las propuestas de Felipe Kast.

Dentro de los muchos, variados y a veces contradictorios principios que guían sus 130 propuestas, lo que más llama la atención es que el candidato de la diversidad desarrolla su proyecto político desde una idea de justicia que considera a la desigualdad como un problema, pero únicamente en la infancia. Esto se justificaría “porque los talentos se distribuyen naturalmente iguales pero las oportunidades no, un eje central de nuestro programa social está en buscar nivelar la cancha ahí donde el origen de la desigualdad injusta se produce: en los primeros años de formación”.

No llama la atención que los principales ejes del proyecto político de Kast sean el emprendimiento, el esfuerzo personal y el mérito. Mientras la ciudadanía reclama por mayores grados de compromiso comunitario, por una definición de lo común y participación de sus bienes, el candidato de la diversidad propone todo lo contrario, es decir, competencia como valor fundamental.

Esta propuesta en principio parece razonable, sobre todo para quienes tienen como ideario fundamental la libertad entendida como el derecho que tiene toda persona para desarrollarse del modo en que ella misma determine. Pero deja de ser razonable cuando se acepta que, como plantea Kast, la desigualdad –de oportunidades– está circunscrita a una etapa de la vida, obligando a   desentendernos de la desigualdad de resultados.

También resulta bastante claro que, de la individualidad, se puede derivar que la desigualdad de oportunidades se produce cuando el Estado no provee herramientas para el desarrollo de las “capacidades habilitantes y fundantes del mérito”. Pero es evidente que la determinación de lo justo no es independiente de la determinación de lo común, pues simplemente no podemos establecer lo desigual sin antes habernos cuestionado si existe algo común. Recién ahí podríamos preguntar qué tipo de desigualdad es arbitraria y qué tipo no lo es.

Es en la distribución injusta donde se generan las desigualdades y la distribución de lo común no se produce únicamente en una etapa, la infancia, sino que se da en todas las etapas de la vida humana. Por eso es un sinsentido proponer como un valor individual las “capacidades habilitantes y fundantes del mérito” descontextualizadas de la comunidad en que se inscriben las personas.

Lo anterior implica asumir que las desigualdades serán generadas por el desempeño de cada persona o su esfuerzo individual, lo que nos lleva necesariamente a concluir, como criterio de justicia, el “dar a cada uno lo suyo”, pero no en el sentido de lo “suyo” como la participación del bien común de cada uno, sino que lo “suyo” como lo que se “merece”, lo que el individuo ha conquistado por sus propios medios, lo que es capaz de alcanzar por sí mismo. Si eso que el individuo ha conquistado es suficiente para una buena vida, queda fuera de la discusión.

Por eso los principios de solidaridad y subsidiariedad, que generan espacios discursivos y políticos para que la comunidad organizada dé solución a sus problemáticas, serían, desde su perspectiva, propuestas ideológicas, pues parten de la base de que hay algo común que se puede determinar y que, una vez determinado, se puede distribuir particularmente.

En el discurso de Kast y su equipo subyace la inexistencia de algo común, solo hay fuerzas creativas derivadas de la individualidad y por eso hay tantos proyectos de vida como personas existan. El fin de la política queda reducido a la conservación de la paz por la fuerza de una falsa tolerancia irreflexiva.

Es por ello que no llama la atención que los principales ejes del proyecto político de Kast sean el emprendimiento, el esfuerzo personal y el mérito. Mientras la ciudadanía reclama por mayores grados de compromiso comunitario, por una definición de lo común y participación de sus bienes, el candidato de la diversidad propone todo lo contrario, es decir, competencia como valor fundamental.

En esa línea, su compromiso con el fortalecimiento de la sociedad civil como estamento fundamental y complementario a la labor del Estado y el Mercado, vendría dado, justamente, desde la individualidad, imposibilitando la vida propiamente política y obviando ese sello comunitario tan necesario e importante que solo el Estado, por medio de su función subsidiaria –positiva y negativa– puede lograr y generar en la sociedad.

 

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