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La delirante reacción de la elite laguista

por 11 abril, 2017

La delirante reacción de la elite laguista
Se desató un ninguneo implacable hacia Alejandro Guillier. El famoso fuego amigo, que suele ser más destructivo que los ataques del enemigo. ¿Tan profunda es la diferencia ideológica entre Lagos y Guillier, que era necesario destrozarlo? ¿O era simplemente la despiadada lucha por el poder sin importar las consecuencias?
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Antes del fin de semana, en el Partido Socialista ya se sabía que si la elección del comité central era secreta, Guillier arrasaba; si era a mano alzada, Guillier ganaba. Así lo conversamos en ‘Mesa Central’, de T13 Radio, el viernes por la mañana. Por eso, resulta incomprensible la destemplanza con que los dirigentes laguistas reaccionaron ante la derrota del ex Presidente Ricardo Lagos. Como si se tratara de una sorpresa, de una traición de última hora.

Se habló de “error histórico”, se sostuvo que Lagos tenía programa y Alejandro Guillier era “la nada”; se recurrió a la dimensión histórica, recordando que “Julio César nunca fue más popular que después que lo acuchillaron”. Pero quizás lo más insólito –por tratarse de dirigentes de izquierda– fue la impugnación al voto secreto. ¿Olvidaron que la urna secreta y la cédula única constituyen lo que permite que ricos y pobres sean iguales a la hora de votar, que el voto no dependa de la presión de los poderosos?

Ante estas reacciones delirantes, las declaraciones de Lagos al anunciar que dejaba la carrera presidencial fueron un bálsamo. El ex Presidente demostró una vez más su dignidad frente a la derrota –la misma que tuvo en 1989, cuando perdió la senaduría frente a Jaime Guzmán– y su solidez y compromiso con el servicio público más allá de sus intereses personales. “Sé escuchar la voz del pueblo”, dijo, tal como lo hizo tras la primera vuelta presidencial de 1999, cuando Joaquín Lavín estuvo a punto de alcanzarlo.  

Sin duda, el resultado del comité central fue lapidario: 67 votos para Guillier y solo 36 para el ex Mandatario.

Un resultado que, para quienes admiran y respetan a Ricardo Lagos –entre quienes me incluyo–, es especialmente doloroso. Fui su directora de Comunicaciones durante la campaña presidencial de 1999 y lo acompañé en La Moneda durante el primer año de su Gobierno, y no tengo dudas de su rol histórico, de su relevancia en la lucha contra la dictadura y la conquista de la democracia, de su empuje y desvelos como Presidente de la República para construir un país más democrático y justo.

La vida nunca ha sido justa, Lagos no merecía esta humillación política. Pero esto no justifica la pérdida de brújula de la elite laguista. Y no solo por sus estridencias de las últimas horas. Quizás fue esa desorientación –o voluntarismo patriarcal– la que condicionó esa fatídica votación del comité central del PS.  

Desde hace meses era evidente que el ex Presidente no entusiasmaba a la ciudadanía, por más que recorriera el país y planteara diversas y seductoras propuestas de futuro. Pero su comando se empecinó. Una y otra vez, el PS votó mayoritariamente en contra de sus pretensiones. Pero su comando se empecinó.

Paralelamente, se desató un ninguneo implacable hacia Alejandro Guillier. El famoso fuego amigo, que suele ser más destructivo que los ataques del enemigo. ¿Tan profunda es la diferencia ideológica entre Lagos y Guillier, que era necesario destrozarlo? ¿O era simplemente la despiadada lucha por el poder sin importar las consecuencias?

A comienzos del verano, Guillier le pisaba los talones a Sebastián Piñera. En la encuesta Cadem del 13 de enero marcaba 22 puntos en las preferencias presidenciales, apenas un punto menos que el ex Presidente. Esto duró solo un suspiro. Dos semanas después, la distancia entre ambos comenzó a aumentar sistemáticamente. Esta semana, Piñera llega a los 26 puntos y Guillier baja a los 15. Si bien el senador ha cometido errores en estos meses, los golpes en las canillas –como él mismo los calificó– pueden resultar mortíferos.

No hace mucho, la posibilidad de que la DC fuera directamente a primera vuelta parecía una idea remota, que solo promovía un grupo poderoso, pero minoritario, del partido. Hoy es casi una certeza.  

Sin la presión del laguismo para que el PS desechara su consulta interna, y obligara a José Miguel Insulza y Fernando Atria a olvidar sus aspiraciones presidenciales, quizás la Nueva Mayoría tendría hoy varios candidatos preparándose para las primarias, incluyendo a la senadora Carolina Goic.

Sin la presión del laguismo para que el PS desechara su consulta interna, y obligara a José Miguel Insulza y Fernando Atria a olvidar sus aspiraciones presidenciales, quizás la Nueva Mayoría tendría hoy varios candidatos preparándose para las Primarias, incluyendo a la senadora Carolina Goic.

Hace menos de dos meses, la candidata DC recalcaba la necesidad de un acuerdo programático, pero no tenía dudas cuando señalaba: “Creo firmemente en la importancia que ha tenido la alianza de la centroizquierda para la gobernabilidad y desarrollo de nuestro país. Creo que es importante mantenerla y eso significa sumar fuerzas y llegar a una primaria y tener un candidato único de la fuerza de centroizquierda”.

Acusar al PS de poner la lápida a la coalición que sacó al país de la dictadura y gobernó durante casi 25 años, no parece serio. Vilipendiar a los dirigentes socialistas que apoyan a Guillier, acusándolos de una mezquindad que sólo atiende a las encuestas, muestra una vez más la distancia entre la elite y la ciudadanía. Los integrantes del Comité Central no son sólo “funcionarios públicos cuidando la pega”, como se les apunta con desdén, son los dirigentes que movilizaron a 28 mil militantes que votaron en la reciente elección interna. Son los dirigentes de base que  escucharon a la ciudadanía más entusiasmada con Guillier que con Lagos. Por más que la elite laguista lo estime injusto e irracional.

Las grietas dentro de la coalición gobernante aparecieron hace años, se hicieron cada vez más evidentes, y hoy el quiebre parece inevitable. Quizás algunos llevan un tiempo deseando su muerte, pero hay otros que aún aspiran a su reorganización para enfrentar a la derecha y sus aspiraciones de llegar a La Moneda.

Es que, a pesar de la debacle que se observa en la centroizquierda, la candidatura de Piñera parece estancada. Se autoproclamó, lo proclamaron la UDI y RN, pero hasta su popularidad no trasciende a la derecha dura (aunque la abstención pueda convertir el tercio en 50%).

La política es intrínsecamente humana, no es razón ni ingeniería, es pasión. Por eso abundan las sorpresas. Aún está por verse si la centroizquierda se reordena o se divide definitivamente. Como dijo Lagos, “la vida continúa”.

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