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Las creencias del candidato Piñera y la homoparentalidad

por 26 mayo, 2017

Las creencias del candidato Piñera y la homoparentalidad
Cambiando lo que parecía sería su posición al respecto, el candidato Piñera se ha posicionado con firmeza frente al tema de la adopción homoparental: “Yo creo que lo mejor para el niño es que lo reciba una familia donde exista el padre y la madre, y porque esas dos figuras son parte de la naturaleza”. Dado que lo que está en cuestión es el interés de los niños, el candidato debiese considerar como su obligación moral presentar esta evidencia.
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La declaración del candidato de que “yo creo que lo mejor para el niño es que lo reciba una familia donde exista el padre y la madre, y porque esas dos figuras son parte de la naturaleza”, admite varias lecturas. Ensayaré algunas (hay otras). La más evidente es que el “porque” tiene una función explicativa: porque la institución parental heterosexual es parte de la naturaleza, es la mejor para el niño. Esa lectura es, sin embargo, absurda: nosotros adoptamos a Pimpollita, nuestra gata, luego que su madre la abandonara al notar que tenía una minusvalía visual –naturaleza pura en funcionamiento–. Que algo sea natural no implica que sea siempre lo mejor.

Otra lectura posible se basa en una interpretación de la “naturaleza” a la que refiere el candidato, como “naturaleza social” (sea lo que sea que esto signifique): la institución parental heterosexual sería la mejor porque ha superado la prueba del tiempo como práctica social, llegando a convertirse en algo así como una naturaleza social. Este es un argumento conservador. Y como todos los argumentos conservadores, tiene un punto a su favor: ya que los cambios suelen implicar costos (entre otros, generan incertidumbre, aumentan los costos de transacción, defraudan expectativas, etc.), es razonable suponer que los que los proponen deben explicitar que esos costos no superan los beneficios que se proponen alcanzar.

Además, ya que es razonable suponer –la experiencia es rica en ejemplos– que la realización de los deseos es suboptimal –rara vez estamos a la altura de nuestros mejores ideales–, se recomienda una dosis de escepticismo al evaluar los fines propuestos. Así, el argumento conservador aspira a invertir el peso de la prueba: los que proponen el cambio son los llamados a demostrar que sus ventajas, una vez que descontamos los costos, todavía superan a las del statu quo.

Sin embargo, el argumento conservador es problemático. Este no puede probar que otra institución posible no sea al menos tan buena o incluso mejor que la actual. Y la historia está repleta de casos que muestran claramente que el argumento conservador suele dar sustento a situaciones y regímenes injustos: el que en sus tiempos la esclavitud hubiese superado la prueba del tiempo, no implica que su fin no sea mejor que su permanencia (y para afirmar lo anterior no se requiere una mirada ex post). Que una práctica social sea efectiva, no implica que no haya otra posible que sea al menos tan buena o incluso mejor.

La tercera lectura interpreta el “porque” como expresión de causalidad ontológica. Esta interpretación remite a un cierto tipo de realismo moral (por cierto, hay otros algo más convincentes): la naturaleza estaría constituida de un modo normativo. Así, junto a las partículas elementales que la constituyen, habría algo como partículas morales. Investigar la constitución (moral) del mundo, implicaría dar cuenta de su estructura normativa. Pero hasta que el candidato Piñera no presente alguna consideración empírica que pudiese inclinar el entendimiento hacia esta tesis (que la estructura normativa heterosexual se encuentra en la constitución de la naturaleza), me temo que todavía somos muchos –afortunadamente– los que no lo acompañaremos en este punto. Apelar al carácter normativo de la naturaleza no es convincente sin referencia a consideraciones empíricas que lo respalden.

Y supongo que buena parte de aquellos que apoyan la candidatura del ex Presidente también estarían de acuerdo acerca de la relevancia de la evidencia en estos casos. Esta es la única lectura razonable de la declaración del candidato. Esta interpretación parece dar sustento a su afirmación (más bien una perogrullada) de que debe ser el interés superior del niño el que debe estar en la base de una política de adopción. Pero si esto es lo que el candidato propone, entonces debe acompañar sus palabras con evidencia empírica acerca de la superioridad de los hogares heteroparentales por sobre los homoparentales al considerar a los niños.

Una cuarta lectura, variante de la anterior, es que la normatividad de la naturaleza ha sido puesta en ella por alguna divinidad. En una versión esta normatividad puede ser accesible a la “recta razón”; en otra versión, puede ser inaccesible para intelectos limitados como los nuestros. Se trataría de un asunto de fe y/o de autoridad. Pero este argumento es claramente incompatible con las exigencias mínimas de la razón pública (es decir, que los argumentos articulados refieran a principios políticos que todos podamos aceptar y no exijan como criterio de accesibilidad peticiones de principio inaccesibles para los que no comparten las creencias idiosincráticas requeridas) que, doy por sentado, quien aspira a ser Presidente de todos los chilenos debe querer respetar. Aunque, evidentemente, puedo equivocarme en esta suposición de intenciones. Referencia a gramáticas divinas en el gran libro del mundo son inapropiadas en democracias constitucionales seculares.

Siendo condescendientes, podemos proponer una quinta lectura que no ve causalidad de ningún tipo (explicativa, ontológica, etc.) entre la afirmación acerca de la superioridad de la heteroparentalidad y la afirmación acerca de su carácter natural. De este modo, lo que quizás el ex Presidente quiere decir, es que la evidencia empírica reconocida por la comunidad científica prueba que para los niños son mejores, en algún sentido, los hogares heteroparentales que los homoparentales. En mi opinión, la referencia a la evidencia debe ser condición necesaria (aunque no suficiente) de cualquier referencia a leyes, normativas o políticas públicas –así, coincidiría con el acercamiento metodológico que esta interpretación supone–. Y supongo que buena parte de aquellos que apoyan la candidatura del ex Presidente también estarían de acuerdo acerca de la relevancia de la evidencia en estos casos. Esta es la única lectura razonable de la declaración del candidato.

Esta interpretación parece dar sustento a su afirmación (más bien una perogrullada) de que debe ser el interés superior del niño el que debe estar en la base de una política de adopción. Pero si esto es lo que el candidato propone, entonces debe acompañar sus palabras con evidencia empírica acerca de la superioridad de los hogares heteroparentales por sobre los homoparentales al considerar a los niños.

En realidad, dado que lo que está en cuestión es el interés de los niños, el candidato debiese considerar como su obligación moral presentar esta evidencia. Pero el él no se aflige con esta tarea, limitándose a indicar que “cree” que es así (por lo demás, en vez de abrirnos la puerta al mundo de sus creencias, se agradecería que lo hiciese al mundo de sus pensamientos e ideas –no tanto “creo que”, sino más “pienso que”).

Pero una creencia particular (y supongo que como persona razonable el candidato estaría de acuerdo con esta afirmación), aunque sea la propia, expresada sin referencia a evidencia empírica, es demasiado poco para definir el mejor interés de los niños. Por lo demás, contra la creencia idiosincrática del ex Presidente, no hay evidencia empírica aceptada acerca del carácter superior de la heteroparentalidad por sobre la homoparentalidad al considerar a los niños. Pero, aunque la hubiera, esto aún no zanjaría la discusión, más bien recién le daría un cauce para su desarrollo: la discusión debería versar sobre la relevancia normativa del modo en que serían mejores.

Si la evidencia empírica no lo acompaña, y el candidato persiste en el punto, quizás lo que expresa no es más que simple homofobia, más o menos reflexiva. Pero esto es poco plausible. Después de todo, el otrora candidato Piñera fue de los primeros en hacer guiños a la idea de algún acuerdo de vida en común. Sea como fuese, no parece razonable relacionarlo con la agenda de la bancada homofóbica (recuerden al ex senador Carlos Larraín, quien relacionaba la homosexualidad con la pederastia y la zoofilia).

Pero si esto es así, entonces lo que está en la base de sus declaraciones sería puro cálculo político. La UDI pesa, y el candidato lo sabe. Además puede apostar sobreseguro a que aquella parte –aun pequeña, por cierto– de la derecha moderna y liberal, que nada quiere tener que ver con la derecha dura que abunda en la UDI, ante la alternativa de Beatriz Sánchez (porque de Guillier, a menos que la máquina partidaria funcione, ya podemos olvidarnos), en última instancia lo apoyará.

Sabemos que el candidato tiene un carácter más bien pragmático (del tipo: estos son mis principios, pero, si no te gustan, también tengo estos otros) y esta interpretación coincidiría con este carácter. Pero si bien el cálculo político es fundamental en la lucha por el poder, candidatos que en razón de este cálculo se visten frecuentemente con ropas ajenas como si fuesen propias, se arriesgan al peor destino de cualquier político (y quizás de cualquier hombre): transformarse en un candidato sin atributos.  

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