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El terrorismo como metáfora de la autoinmunidad

por 29 mayo, 2017

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Los últimos atentados en Europa que comienzan con la noche trágica de París y culmina con la tragedia de Manchester revelan dos aspectos importantes del terrorismo islámico. En primer lugar, por tratarse de nativos, nacidos, criados y educados en las mismas sociedades a las cuales atacan, su sistema cultural coincide con el de sus víctimas. Ello no es un tema menor pues no sólo dominan la tecnología occidental sino que además comparten el mismo código de consumo para disponer o planificar sus ataques.

Por ese motivo, la mayoría de los golpes se llevan a cabo en centros de esparcimientos, situados en espacios semipúblicos, lugares turísticos o de relajación donde las normas del control y la vigilancia se hacen más laxas; muchos de ellos ya conocidos por los terroristas. En búsqueda del factor sorpresa produciendo un estado de vulnerabilidad para que sus demandas sean escuchadas por el estado, el terrorista es indiferente al sufrimiento del prójimo.

Paradójicamente para llevar a cabo el atentado de forma exitosa, elige sus víctimas al azar pero prestando debida atención a los espacios donde se cometerá el crimen. Cada espacio produce sentimientos específicos dentro de una ciudadanía hiperconectada. Aquí cabe una salvedad. En los centros urbanos, los espacios no adquieren el mismo nivel de intensidad simbólica. Las sociedades entran en pánico cuando ciertos centros ejemplares, como las capitales o aeropuertos, se encuentran bajo ataques, mientras pueden mantener cierto nivel de tolerancia a la incertidumbre cuando el ataque se efectúa en una zona fronteriza. Lo mismo sucede con los grupos humanos o las clases sociales.

El terrorismo como fenómeno se encuentra orientado a pervertir la función de las instituciones por la introducción del miedo. Una suerte de falla en el sistema inmunológico (enfermedad autoinmune), escribía Jacques Derrida, que da instrucciones erróneas para que los anticuerpos -originalmente creados para la protección del organismo- ataquen las células de nuestro cuerpo.

El asesinato de un presidente genera un estupor mayor respecto un soldado apostado en Iraq. Para las sociedades cada grupo humano revista una importancia cultural y biológica diferente. En las sociedades tribales los ancianos son más importantes que los jóvenes, mientras que lo mismo es inversamente proporcional en una ciudad moderna. Por ese motivo, la comunicación juega un rol clave en la lucha contra el terrorismo.

Según lo expuesto, cabe destacar que entonces cualquier ataque que ponga en riesgo la vida de jóvenes y niños despierta en la comunidad un terror generalizado pues ambos representan su base biológica y cultural. La supervivencia de un grupo humano se encuentra determinado y condicionado por la cantidad de brazos jóvenes dispuestos al trabajo, y de una base sustentable biológica para mantener activa la fertilidad. En consecuencia, en sociedades donde la tasa vegetativa es alta no es extraño que los niños representen la reserva socio-económica para las próximas generaciones, y por ese motivo es que el lenguaje no alberga un término para quienes han perdido a un hijo.

En efecto, si los huérfanos son quienes carecen de padres, los viudos y viudas de pareja, ¿Cuál es el estatus que se le confiere a una persona que ha perdido a un hijo? Precisamente ninguno. En la sociedad contemporánea, el lenguaje no tiene alternativa frente a lo que, filosóficamente hablando, se constituye como una “imposibilidad”. Todo el sistema occidental moderno se encuentra centrado en dos pilares básicos, el principio de libre tránsito por medio del cual se ejerce la hospitalidad y la protección a los niños.

En los últimos años, hemos visto como los ataques se llevan a cabo a lo largo de resorts turísticos, espacios de esparcimiento y ocio, al punto que tienden a repetirse casi con habitualidad. Al mismo momento que el turismo y el ocio se exhiben como baluartes de orgullo para la lógica de consumo occidental, se transforman en blancos predilectos de estos grupos radicalizados.

De la misma manera que dormimos para estar en vigilia al día siguiente, el ocio -como también la hospitalidad- juega un papel importante en el sistema productivo de cualquier sociedad pues simplemente revitaliza aquellas frustraciones o clivajes sucedidos en el tiempo de trabajo. Sin el ocio, los ciudadanos no solo pierden la confianza en sus instituciones sino en sus pares.

Es importante resaltar que el éxito simbólico del terrorismo se encuentra tristemente orientado por afectar la credibilidad del estado nacional a la vez que pervierte las funciones originales de todas las instituciones. La vida en sociedad es posible con un mínimo de confianza, “una suerte de cómo-si”, donde los ciudadanos dan por sentado no sólo que la protección del estado está garantizada, sino que nadie arremeterá en una peatonal a los tiros sin ningún motivo. Cuando eso sucede, la autoridad de los gobernantes queda seriamente cuestionada y -entonces- surgen preguntas que no tienen respuesta, tales como: ¿qué falló?, ¿no sabemos los suficiente sobre el terrorismo?, ¿por qué el gobierno no nos protege?, ¿qué más hay que hacer?



Todas estas preguntas formuladas de esta forma dejan más incertidumbres que respuestas.

En principio cabe destacar que el terrorismo opera sobre límites e iconos simbólicos, busca vulnerar la seguridad de una comunidad por medio del efecto sorpresa, pero al hacerlo necesita que otros vean su obra. Los medios de comunicación normalmente toman un rol protagónico transmitiendo una y otra vez -con el mayor lujo de detalles- los hechos pero con el transcurso del tiempo ello genera un velo de indiferencia. ¿Otra vez el mismo atentado?, ¿otra vez un ataque sobre turistas indefensos en una isla paradisiaca?

Este proceso gradual de desensibilización lleva al terrorista a innovar en técnicas más crueles e impactantes como las que acabamos de ver en el Manchester Arena recientemente. Ello no significa de forma alguna que sea responsabilidad de los medios, sino que el terrorismo como fenómeno se encuentra orientado a pervertir la función de las instituciones por la introducción del miedo. Una suerte de falla en el sistema inmunológico (enfermedad autoinmune), escribía Jacques Derrida, que da instrucciones erróneas para que los anticuerpos -originalmente creados para la protección del organismo- ataquen las células de nuestro cuerpo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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