lunes, 14 de octubre de 2019 Actualizado a las 02:21

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La CUT después de la crisis: entre la disputa refundacional y el paralelismo sindical

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Sin pena ni gloria, el recién pasado martes la Central Unitaria de Trabajadores llevó a cabo una nueva elección de su Directorio. Como ya es de público conocimiento, esta organización está pasando por una importante crisis que, según algunos, amenaza con ser terminal. Las razones de esta crisis se han incubado largamente, y se pueden resumir en su estructura poco democrática y opaca, en su persistente incapacidad de ser un referente sólido que interprete los intereses de las mayorías trabajadoras y, sobre todo, en las orientaciones de las fuerzas político partidarias que le han dado una conducción subordinada desde su Congreso Fundacional de 1989, y que se han alternado entre la Democracia Cristiana, el Partido Socialista y el Partido Comunista sucesivamente.

Sobre estos motivos de fondo, hechos coyunturales como el escándalo por el fraude en sus últimas elecciones de 2016 –que vale decir, había ocurrido en numerosas ocasiones anteriores- y la postergación hasta el 2020 del mecanismo de votación universal, han suscitado un escenario en el que diversas organizaciones sindicales de relevancia y de diferentes cuños políticos han congelado su participación o amenazan con hacerlo.

La disputa de la CUT entra hoy en una nueva fase, en la que como nunca existen las posibilidades de conformar una mayoría sindical que le dé un vuelco en términos de democratización y transparencia, para así poner la central al servicio de un plan general de luchas laborales y sociales. Creemos que todo ello es lo que le imprimirá a la CUT y a una futura Central Única un carácter “clasista”, dado el balance general del sindicalismo expuesto antes. La única forma de lograr esto es con unidad, y para ello hay que extender nuestras convicciones hacia donde están la mayor parte de los trabajadores, y no donde nos sintamos más cómodos.

En este contexto vuelve a sonar con fuerza entre algunos sectores sindicales y políticos la idea de construir una nueva Central Clasista de trabajadores. Se argumenta que la CUT ya está podrida, que su burocracia y servilismo del Gobierno no tiene vuelta atrás, que la fuga de afiliados es (o puede ser) irreversible. Los más optimistas agregan que, con la Coordinadora No+AFPs, hay como nunca un espacio organizativo de trabajadores del que puede emerger una nueva Central, y que las recientes elecciones en el Colegio de Profesores y la ANEF (principales sostenes financieros de la CUT) abren la posibilidad de que estas grandes organizaciones se inclinen por una alternativa distinta, ahora o en el mediano plazo.

Muchas de estas afirmaciones pueden ser verdaderas. Pero no es menos cierto que son miradas parciales, y que pueden conducir a visiones políticas también parciales. Por lo tanto, para discutir este asunto proponemos extender el análisis a la situación del movimiento sindical chileno en general.

Comencemos por aclarar que no es nuestra intención defender a la CUT actual. Al contrario, concordamos con la mayoría de las críticas que se le formulan especialmente a sus dirigencias, aunque creemos que deben entenderse de otra manera. En primer lugar, hay que reconocer que la multisindical fue conformada a fines de los 80’ como un acuerdo entre la Concertación y el Partido Comunista por una razón muy simple: en aquel entonces no existían prácticamente dirigentes sindicales que no pertenecieran a esas organizaciones, lo que es comprensible ante la inexistencia (o marginalidad en el mejor de los casos) de otras alternativas políticas de izquierda con inserción de masas en el plano sindical, situación que se mantuvo y apenas se ha matizado en los últimos años.

La situación orgánica de la CUT es expresión de lo anterior. El hermetismo y la poca democracia son las formas que tomaron sus dirigentes para reproducirse conformando una burocracia sindical que nunca se vio amenazada, porque la disidencia sindical de izquierda siempre ha sido minoritaria y fragmentada alcanzando, en el mejor de los casos, un 9% en las elecciones del 2004. Y es que en el mundo del trabajo, a la izquierda del PC los/as dirigentes de organizaciones sindicales o suprasindicales de importancia son bastante escasos, primando el pequeño feudo a nivel de empresas o una militancia que, si bien necesaria y valiosa, no tiene mayor potencialidad de disputa dentro del movimiento general. Solo como excepción encontramos dirigentes de confederaciones, federaciones o sindicatos nacionales comprometidos verdaderamente con un espíritu clasista.

Por esto mismo, la única diferencia de peso que marcó el debate al interior de la CUT durante sus elecciones hasta ahora ha sido la cuestión de la autonomía v/s la unidad, donde los primeros pregonaban un sindicalismo independiente del Gobierno de turno, y los segundos apelaban a una unidad abstracta que en la práctica significaba mantener una relación dialogante y reactiva, que no logró ningún avance en su programa histórico. Sin embargo, el discurso “autonomista” fue (y sigue siendo) paradojalmente levantado por dirigentes díscolos de los mismos partidos (PS y DC), con figuras tan polémicas como Arturo Martínez, quien retuvo la presidencia de la multisindical por más de 8 años con ese relato, y que hoy se retira del referente anunciando la creación de una nueva Central, en la cual seguramente pueda mantenerse como Presidente.

Todo lo anterior a nivel de cúpulas, pero a nivel de bases la situación es más desoladora. Partamos por lo obvio: nos guste o no, solo 1 de cada 10 trabajadores se encuentra sindicalizado, y una cifra similar tiene cobertura de un instrumento colectivo. Esta cifra no sería tan grave si pudiéramos contar con que los pocos sindicalizados tuvieran alguna perspectiva política para el sindicalismo, pero la realidad está lejos de ser así. Como es sabido, la mayor parte de quienes se afilian a un sindicato lo hacen para obtener mejoras materiales que tienen mayores probabilidades de alcanzarse colectivamente, y desde esa disputa necesaria son pocos los que llegan a comprometerse con algún proyecto político.

Las razones de la profunda despolitización del sindicalismo no deben buscarse en el Código del Trabajo, sino que en una profunda cultura sindical altamente cupular y burocrática, y que se reproduce en estructuras anquilosadas desde el nivel más bajo, hasta las confederaciones y centrales con una ínfima vocación democrática y participativa. Cualquier trabajador con experiencia sindical sabe que en general, las relaciones entre dirigentes y bases sindicales tienden a ser clientelares, y existe poco involucramiento con la toma de decisiones en relación a la empresa y más aún respecto a las relaciones con otras organizaciones sindicales.

Así, no es de extrañar que incluso en aquellas organizaciones con dirigentes altamente politizados, no haya garantía de que ello se transmita a los miembros del sindicato, y revertir esta situación requiere de un trabajo importante que no todos están dispuestos a emprender, y quienes lo emprenden pocas veces tienen éxito. Por lo demás, la mayor parte de estas dirigencias politizadas pertenecen a un viejo sindicalismo que se ha acomodado en la CUT. La franja sindical que se podría identificar como parte de la izquierda revolucionaria es dramáticamente pequeña.

Con este escenario, sostenemos que no hay asidero para la propuesta de formar una nueva Central “Clasista” y que esto tenga potencialidad histórica, ni siquiera con la novedad que implica el Movimiento No + AFPs, a menos que asumamos que esta multisindical alternativa será una apuesta de cúpulas sindicales con visiones clasistas, una vanguardia de convencidos y no una alternativa de masas, porque justamente lo que no hay es un amplio conocimiento y adhesión a una perspectiva de esa naturaleza. Entendemos por tanto que el clasismo debe ser hoy un proceso de construcción, de formación y de aprendizaje con los sectores sindicales menos politizados, antes que una línea divisoria que nos separe tajantemente, como si las prácticas sindicales arraigadas por años de neoliberalismo no fueran un terreno en disputa, así como los son las organizaciones que lo sustentan.

Para quien considere la unidad de los trabajadores como un objetivo ineludible, es evidente que ésta no puede obtenerse con la imposición de un purismo clasista que se encuentra solo como excepción en el mundo sindical. La orientación “clasista” debe asumir que, por un lado, se encuentra alejada del trabajador promedio, y por otro lado, que se puede encontrar también en sectores honestos del sindicalismo al interior de la CUT, por reaccionaria que ésta aparezca.

La construcción de una central paralela, entonces, además de apuntar en dirección opuesta a la necesaria unidad del movimiento, tendría que congregar a los pocos sectores que hoy se identifiquen con una perspectiva clasista renunciando a aquellos que optan por disputar la CUT, con la esperanza de que en un futuro no tan lejano recapaciten y se acerquen al nuevo proyecto por su propia iniciativa. Además, podrá intentar atraer audazmente a organizaciones que componen la columna vertebral del sindicalismo en Chile, y cuyas direcciones tienen algún tipo de diferencia o conflicto con la multisindical, como el Colegio de Profesores, la CONFUSAM y la ANEF. Pero aquí llegamos a un punto importante: la oposición del Partido Comunista.

Nos guste o no, el PC es una fuerza gravitante en el movimiento sindical, y eso lo demuestra el simple hecho de que mantiene una importante presencia en el Colegio de Profesores, la presidencia de la ANEF y numerosos dirigentes en la CONFUSAM, por no mencionar otros sindicatos, federaciones y confederaciones de relevancia que controlan. De tal modo que podemos definirlos como enemigos, y apostar a quebrar cada espacio donde se encuentren, o podemos entenderlos como trabajadores con diferencias políticas que debemos evaluar caso a caso si existe la posibilidad de sumarlos a un programa clasista conjunto. Como sea, tarde o temprano tendremos que llegar a un entendimiento con los sectores sindicales honestos del PC, si queremos evitar una ruptura de los pocos referentes sólidos del sindicalismo.

Todas estas consideraciones nos llevan a pensar que la estrategia sindical más sensata que puede impulsar una izquierda radical, es asumir con convicción la disputa irrenunciable de la CUT con la perspectiva de construir una Central Única, que es el verdadero objetivo. Y para ello, se requiere todavía construir sindicalismo donde no haya, politizarlo donde haga falta, y disputar la perspectiva clasista donde ya esté conformado, especialmente en sus organizaciones más importantes. Todo esto puede sonar obvio, pero es precisamente lo que aún falta por hacer para tener una fuerza mínima que disputa seriamente el campo sindical.

Estamos convencidos de que ninguna organización tiene una esencia inmutable, que en la medida que un nuevo sindicalismo brote desde la descomposición del viejo, se irán transformando también las organizaciones y la cultura sindical de la que provienen. Todo ello no ocurrirá de la nada, y requiere el concurso de quienes asumen a las y los trabajadores como el sujeto fundamental de las transformaciones sociales que requiere el país.

La disputa de la CUT entra hoy en una nueva fase, en la que como nunca existen las posibilidades de conformar una mayoría sindical que le dé un vuelco en términos de democratización y transparencia, para así poner la central al servicio de un plan general de luchas laborales y sociales. Creemos que todo ello es lo que le imprimirá a la CUT y a una futura Central Única un carácter “clasista”, dado el balance general del sindicalismo expuesto antes. La única forma de lograr esto es con unidad, y para ello hay que extender nuestras convicciones hacia donde están la mayor parte de los trabajadores, y no donde nos sintamos más cómodos.

Para avanzar en estas ideas, creemos que sería un paso importante la realización de un encuentro o convención sindical donde intentemos reunir a la mayor parte de las organizaciones sindicales dispuestas a impulsar una agenda que apunte a una Central Única, sean o no estas organizaciones parte de la CUT, rechazando una línea divisoria odiosa y promoviendo la utilización de los diversos instrumentos organizativos y acciones colectivas legales o alegales existentes para ello.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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Envíada por Claudio Jiménez Rojas | 14 octubre, 2019

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