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¿Alguien dijo artes y humanidades?

por 5 junio, 2017

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El último mensaje presidencial de Michelle Bachelet no trajo grandes novedades ni llamativos anuncios en materia cultural. No se sonría el lector. Uno sospechaba que no sería ése el eje de una intervención cuyo propósito, a la hora del adiós, no podía ser otro que realzar un legado político y reafirmar posiciones ante el incierto escenario electoral que se avecina en noviembre. En su mensaje del año pasado, Bachelet ratificó, entre otras cosas, la creación del Centro Nacional de Arte Contemporáneo en Cerrillos. En esa oportunidad, la agenda de cultura propuesta por el gobierno generó interés, llamó la atención y ganó algunos devotos. Aún así, no tomó más que un escuálido minuto del tiempo total de la cuenta.

En el país que hemos construido desde la recuperación de la democracia, suena perfectamente “lógico” que un mandatario no malgaste sus preciosos momentos a solas con el Congreso pleno y la Nación, en algo tan intangible, y a la larga tan infructuoso y poco rentable en términos políticos, como la cultura. El único problema es que, en el reino de la desigualdad, el derecho social a la educación y a la cultura (no una “o” la otra, sino ambas a la vez, necesariamente hermanadas) viene a ser el único bastión verdadero de lo común. En Chile, la tecnocracia y los intereses gremiales y partidistas nos acostumbraron a observar con estupefacción cómo se ha vilipendiado la iniciativa transformadora de la educación que surgió en 2011. El paradero real del proyecto de Ministerio de Ciencia y Tecnología (¿e Innovación?) sigue siendo un misterio sin resolver en este momento. En cambio, cuando a lo anterior sumamos las artes y las humanidades, expresiones concretas de la cultura de un país, sí tenemos, al menos, alguna  certeza. Es la certeza de que a nadie (salvo a quienes nos dedicamos a este rubro) le importa realmente lo que pase con ellas.

Esta indiferencia (iba a decir menosprecio) forma parte, a estas alturas, de un lamentable sentido común, en el que incluso se ven envueltos, más a menudo de lo que se esperaría, investigadores o profesionales de otras disciplinas, en una penosa demostración de que la organización del saber en nuestro país nos tiene a todos compitiendo por migajas, sin medir consecuencias. Sin embargo, no es eso lo más grave tampoco: que quede a título de anécdota. El hecho fundamental, en esta desatención a las artes y humanidades, es que se atenta contra el principio básico de la democratización de los saberes y de la garantía del acceso a una formación ciudadana basada en la apertura crítica al mundo que nos rodea. Por ello es relevante e insustituible su aporte como núcleo vivo de la cultura. Cuando decimos “cultura”, nombramos algo mucho más complejo que las gestiones económicas necesarias para montar exposiciones o conciertos. Nombramos lo medular: la formación de experiencias significativas. Nuestro país no puede darse el lujo de desconectar a sus ciudadanos de sus patrimonios, de sus museos, de sus voces, de sus imágenes y sonidos, de sus lenguajes, de sus formas estéticas y simbólicas, de sus narrativas, de sus imaginarios. Si esta relación no está garantizada como un derecho y organizada convenientemente con ese fin, estaremos creando formas inéditas de analfabetismo y disfuncionalidad. La experiencia de las artes y de las humanidades no puede transformarse en la regalía de unos pocos, de esos pocos que son los mismos afortunados de siempre.

Es de esperar que sepamos romper la trampa del sentido común, que nos dicta una y otra vez que bajo la rúbrica “cultura” se reúnen manifestaciones interesantes pero en definitiva anodinas, que sirven como un decorado para lo que se supone es realmente importante. Muy por el contrario, sólo enfatizando el carácter constitutivo y complejo de las Humanidades y las Artes, sabremos corresponder a la riqueza que ellas nos deparan para la comprensión de nuestro mundo y nuestra época.

En la actualidad, la precaria situación que atraviesan las artes y las humanidades en Chile amerita medidas drásticas e innovadoras, en niveles diferentes pero íntimamente conectados. Me limito a unos pocos ejemplos. Urge repensar a fondo el currículo escolar de educación artística, desde una perspectiva que vincule progresivamente la exploración de habilidades con el lenguaje audio-visual contemporáneo. Es menester alejar definitivamente a las asignaturas de Historia y Filosofía de los vaivenes a que las somete la demagogia tecnocrática. Se precisa implementar y apoyar a fondo las experiencias de mediación y de formación de audiencias, grandes ausentes en este debate. Es necesario también (y esto con especial urgencia) definir una política nacional de investigación, que finalmente dé paso a una carrera continua en la labor investigativa y, dentro de ese marco, establecer las bases de la investigación en Artes y Humanidades (tal como ha insistido en el último tiempo la comunidad organizada de pares nacionales), en una labor mancomunada que tienda puentes entre Fondecyt, Fondart (CNCA) y Becas Chile. Este rápido muestrario de lo que nos falta en el ámbito de la cultura y las humanidades, es la mejor prueba de la magnitud del desafío, que requiere sin dudas de un esfuerzo multi-sectorial e inter-ministerial. Son esos esfuerzos, en razón de un bien mayor, los que mejor definen los retos que impone esta época umbral a un país que se proyecta al desarrollo. Quizá un día no será un despropósito escuchar algo de esto, a la pasada, en un mensaje presidencial.

Es de esperar que sepamos romper la trampa del sentido común, que nos dicta una y otra vez que bajo la rúbrica “cultura” se reúnen manifestaciones interesantes pero en definitiva anodinas, que sirven como un decorado para lo que se supone es realmente importante. Muy por el contrario, sólo enfatizando el carácter constitutivo y complejo de las Humanidades y las Artes, sabremos corresponder a la riqueza que ellas nos deparan para la comprensión de nuestro mundo y nuestra época.

¿Alguien dijo artes y humanidades? La presidenta parece que no.

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