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El pebre

por 7 junio, 2017

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El pebre es uno de los elementos más comunes en las mesas de todos los restoranes. La verdad es que cuando uno se sienta en la mesa de alguno, no pasa un par de minutos antes que algún garzón coloque un pocillo con esta sabrosa mezcla que, acompañada de un trozo de pan fresco, logra calmar el apetito inicial y nos prepara para lo que viene. Por otro lado, también es cierto que el pebre es un acompañante para muchas preparaciones: carnes, pastas, puré, arroz… nada se resiste al toque que un buen pebre le otorga. Y conste que mientras lo escribo, las papilas gustativas comienzan a salivar y el estómago me hace sentir que no estaría mal tener algo de esto cerca.

Las recetas varían, pero por lo general, está compuesto de tomate, cebolla, cilantro, ají verde y en pasta, vinagre, limón y algún otro secreto. De todas formas, lo señalado nos asegura un buen pebre. Reconozco, en todo caso, que hay manos y manos. Algunos, aunque junten todo esto, no lograrán la meta, y no podrán anotar sus nombres entre los especialistas de esta tradicional preparación.

Hacer pebre de alguien o de algo es la manera en que nos vamos acostumbrando a vivir y, lamentablemente, es lo que más se ve entre nuestros políticos.

No obstante, el pebre no es solo una preparación que se limita a las mesas de nuestras casas o restoranes. Incluso, aparece más allá del ámbito culinario. El pebre es también una manifestación a la cual nos estamos acostumbrando a recurrir, especialmente cuando se trata de criticar a alguien, más aún si es contrario a mis ideas.

Hace un par de días atrás escuchamos la última cuenta de la Presidenta Michelle Bachelet. Un acto republicano y que expresa la voluntad de conocer lo que se ha hecho, lo que se está haciendo y lo que vendrá en cuanto a iniciativas gubernamentales. Puede que esté de acuerdo o no en todo lo mencionado por ella. Puede, incluso, que no esté de acuerdo con algunas de sus reformas emblemáticas. Pero lo que derechamente aborrezco es la actitud de unos y otros de hacerse un pebre con ella. Y cuando digo que aborrezco eso, no me refiero a que no se discutan las ideas, no me refiero a recibir irreflexivamente sus planteamientos. Me refiero a esa ansia que tenemos de ganar una posición; de criticar, pues es lo que hay que hacer; de menoscabar cualquier esfuerzo, pues hay que resaltar que lo que yo propongo es infinitamente mejor; de ridiculizar para ganar atención. Eso es hacer pebre a alguien o con alguien. Y creo que no se limita a la Presidenta.

Hacer pebre de alguien o de algo es la manera en que nos vamos acostumbrando a vivir y, lamentablemente, es lo que más se ve entre nuestros políticos. Hace tanto tiempo que no se escuchan propuestas serias, pensadas, trabajadas, donde sintamos que su preocupación es el país, más que su egoísta ideología o su propio futuro electoral. Se echan de menos aquellos estadistas de los que nos enorgullecíamos y que le daban altura a nuestra república. Hace unos meses atrás escribía acerca de los festivales veraniegos y los festivales políticos. Al menos, los primeros tienen un claro momento del año. Lo penoso es que los segundos se dan todo el año.

Por ahí hemos escuchado que “no hay mejor defensa que el ataque” pero, ¿nos estamos defendiendo de qué? Puede que sea una manera de defendernos de nuestras propias limitaciones y mezquindades, aunque con ello no hacemos más que ahondar el problema. Y lo que vemos en los políticos, lo reproducimos en nuestra vida cotidiana, en la familia, en el trabajo, con los amigos. Basta que alguien muestre algún flanco débil de su persona, basta que alguien cometa un error, basta que alguien se tropiece, para que nos hagamos el pebre.

El problema es que ese pebre no satisface, no deleita. Ese pebre causa las peores acideces que podemos padecer.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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