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Suicidios infantojuveniles: un problema real en Chile

por 8 septiembre, 2017

Suicidios infantojuveniles: un problema real en Chile
La única certeza que tenemos es que le fallamos. Y, peor aún, que lo seguimos haciendo. Nos paramos desde la vereda del “deber” (y la imagen del colegio seguramente), la moral (y moralina), y se continúan enviando malos mensajes por televisión a las familias que conviven con problemas en las relaciones de sus hijos e hijas. El llamado es a la responsabilidad. De nuestro lenguaje y acciones muchas veces dependen emociones, en este caso, vimos lo que hacía y no el “para qué” lo hacía y dejamos a un lado e ignoramos su más profundo “SER” (al punto que permitimos que él mismo se olvidara de sí).
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Un joven de Enseñanza Media se suicida en un colegio de elite, con (quizás) un futuro prometedor, y surgen en nuestro entorno y en los medios de comunicación cuestionamientos sobre su clase social, políticos, de las normas y leyes. Colegas psicólogos que, buscando un par de buenos minutos en televisión, probablemente llamados por un periodista que solo busca una buena cuña, hablan irresponsablemente desde el “deber ser”. Esto en el contexto en que Chile es el segundo país de la OCDE con mayor tasa de suicidio infantojuvenil.

Particularmente hoy en un matinal de televisión abierta, un psicólogo, panelistas y otros agregados pusieron énfasis en que los alumnos del colegio afectado estaban advertidos sobre las penas del consumo de drogas en el establecimiento, y que específicamente  serían denunciado(as) a la PDI. También hablaron de trabajos preventivos en talleres de drogas, etc. Para cerrar la ponencia, señalaron que, quien no conoce los detalles, no puede opinar.

¿Realmente los psicólogos que están haciendo vocería en este caso no pondrán énfasis en que, sabiendo todas las reglas, topes, controles y encuadres, este joven haya transgredido y llevado igualmente marihuana al colegio? El plantear la discusión desde el “deber” y no desde el “ser” es una irresponsabilidad conjunta que no puede dejarse pasar. Y es el mismo mal criterio que tuvo el establecimiento cuando decide llamar a la Policía de Investigaciones, para hacer cumplir una regla que solo estigmatiza y vulnera Derechos Humanos, que olvida incluso las garantías del debido proceso, que pasa por encima de convenciones internacionales y sobre todo de la categoría de niño, niña y adolescente.

Probablemente este joven no se suicidó (solo) por este episodio, sino por cuestiones mucho más profundas que estaban sucediendo a su alrededor, las que trató de visibilizar en acciones transgresoras en su entorno, como llevar drogas al colegio (sabiendo racionalmente las consecuencias). Probablemente necesitaba llamar la atención de sus personas de confianza, miembros del establecimiento educacional que debían cuidarlo (y no exponerlo). Quizás, necesitaba que se separara la regla y los procedimientos, y se tornara todo desde un trato más humano. Hoy no podemos saberlo.

Probablemente este joven no se suicidó (solo) por este episodio, sino por cuestiones mucho más profundas que estaban sucediendo a su alrededor, las que trató de visibilizar en acciones transgresoras en su entorno, como llevar drogas al colegio (sabiendo racionalmente las consecuencias). Probablemente necesitaba llamar la atención de sus personas de confianza, miembros del establecimiento educacional que debían cuidarlo (y no exponerlo). Quizás, necesitaba que se separara la regla y los procedimientos, y se tornara todo desde un trato más humano. Hoy no podemos saberlo.

El problema se agrava cuando sabemos que existen estudios en colegios particulares de nuestro país que nos muestran sus problemas sociales internos. Específicamente el realizado por el economista de Yale y profesor de la Facultad de Negocios de la Universidad de Chicago, Seth Zimmerman, que cuenta que, si bien los colegios de elite tienen altos puntajes en la PSU, en mediciones de ambiente de respeto llegan en promedio a 70 puntos de 100. Algo se está haciendo mal.

La única certeza que tenemos es que le fallamos. Y, peor aun, que lo seguimos haciendo. Nos paramos desde la vereda del “deber” (y la imagen del colegio seguramente), la moral (y moralina), y se continúan enviando malos mensajes por televisión a las familias que conviven con problemas en las relaciones de sus hijos e hijas. El llamado es a la responsabilidad. De nuestro lenguaje y acciones muchas veces dependen emociones, en este caso, vimos lo que hacía y no el “para qué” lo hacía y dejamos a un lado e ignoramos su más profundo “SER” (al punto que permitimos que él mismo se olvidara de sí).

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