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Fundación Daya o hacia un oligopolio de la cannabis

por 19 octubre, 2017

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A la creciente serie de tropiezos transparentes -o mostradas de hilacha- de un cada vez más desnudo Frente Amplio (serie de chascarros entre cuyos logros más patéticos contamos un Allende totalitario y un Mayol machista), podemos agregar ahora, como una pieza sin duda menor, pero también altamente demostrativa, la última columna de la empresaria y ex candidata a diputada por RD, Ana María Gazmuri. En ella defiende los intereses corporativos de DAYA (su empresa) y otras involucradas (AusCann, Knop), y de paso nos muestra las mutaciones del lenguaje, cómo esa moralina de lo políticamente correcto deviene fácilmente en un barniz superficial para los mismos intereses de siempre. Veamos.

La columna es, ante todo, una alerta ante una oportunidad comercial "para Chile" que no puede perderse, y una forma de presión pública a las autoridades competentes, vertida en un lenguaje que encarna algunos tropos preferidos del discurso del FA, como la apuesta por lo "verde", la participación femenina y una demudada preocupación por la transparencia. Lista los países que están en la competencia en el rubro del cultivo en gran escala del cannabis, y se detiene a darnos el detalle de los trámites en los que se encuentra inmersa su propia empresa, invocando con cierta precisión un entramado de leyes nacionales y de convenciones internacionales, e indicando con pelos y señales las agencias estatales chilenas responsables de que DAYA marche bien. La prosperidad de DAYA equivale a colocar “a Chile” en una posición de “liderazgo mundial” en la industria del “uso médico de los estupefacientes”. No queda tiempo para atender a decisivas sutilezas de lenguaje: los estupefacientes son etimológicamente aquellas sustancias que vuelven estúpido al que las consume. Pero el mercado va rápido y el que no corre vuela.

Las Asociaciones Cannabicas de Chile representan riqueza y variedad: son redes populares que desarrollan con prolijidad y desde abajo, experiencias de cultivos colectivos y generación de conocimientos de primera mano sobre el cannabis, tejiendo de nuevos y creativos modos relaciones entre cultivadores, médicos y pacientes, sin necesidad de que les apadrine (o amadrine) una empresa con afanes industriales como DAYA, preocupada de competir y de exportar y de copar las cuotas del mercado.

Menciona, al pasar, como suerte de chapa social, algunos beneficios colectivos: sus emprendimientos son buenos para el país, porque se trata de cultivos “orgánicos” que generan empleo, con una alta “empleabilidad femenina”. Estos son argumentos que, ligeramente travestidos, siempre han estado en boca de la derecha: facilitar inversiones para generar empleo, sin que importe la calidad del mismo (destaca la Gazmuri la creación de puestos para “guardias de seguridad”).

Como notable contraste quiero destacar el camino que han seguido hasta ahora las Asociaciones Cannábicas de Chile, recientemente mancomunadas en una Federación (la FENAC, se les puede visitar en Facebook). Se trata de alrededor de 15 organizaciones  -y sumando-, distribuidas por todo el país, surgidas para articular personas, saberes y territorios (barrios, vecindarios) alrededor de la producción y dispensación de cannabis medicinal y recreativa para grupos de pacientes y usuarios que, no pudiendo cultivar por ellos mismos, son derivados por médicos (cada vez hay más médicos involucrados) que, al entrar en esta sinergia, y acompañando a pacientes y cultivadores, de paso redescubren aquellas cualidades de investigación empírica y de libre experimentación terapéutica, al margen de la industria farmacéutica y de los grandes mercados, inherentes a su antigua profesión.

Las Asociaciones Cannabicas de Chile representan riqueza y variedad: son redes populares que desarrollan con prolijidad y desde abajo, experiencias de cultivos colectivos y generación de conocimientos de primera mano sobre el cannabis, tejiendo de nuevos y creativos modos relaciones entre cultivadores, médicos y pacientes, sin necesidad de que les apadrine (o amadrine) una empresa con afanes industriales como DAYA, preocupada de competir y de exportar y de copar las cuotas del mercado. Las Asociaciones recomponen el tejido social y generan empleo de calidad, y sus objetivos son el autoabastecimiento de las localidades. Sus protagonistas son hombres y mujeres jóvenes, que lideran sus respectivos emprendimientos, no como empleados, sino como emprendedores.

En vez de grandes cultivos orientados a la exportación y al servicio de la industria farmacéutica (laboratorios farmacéuticos y multinacionales como AusCann), cada comuna de Chile podría tener su propio tejido de Asociaciones Cannábicas, fomentando la autonomía y la soberanía desde el territorio y la comunidad. La asociación espontánea de médicos, cultivadores y pacientes es una demostración de libre comercio en el mejor sentido de la palabra. Y si hay agencias estatales encargadas de estos temas (del SAG al ISP) harían bien en cuidar de estos intereses.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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