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Hoy como ayer: la decadencia de los partidos

por 24 octubre, 2017

Hoy como ayer: la decadencia de los partidos
En el elenco retornado tras el exilio no hubo líderes ni partidos que impulsaran una cultura política escarmentada, ni que promovieran una ética del oficio transmisible a generaciones de reemplazo. Se conformaron con reclutar operadores. En esas condiciones, lo más llamativo de la campaña actual no son los proyectos-país, sino los insultos, los desafíos, el intervencionismo de los cónyuges o gestos tan estrambóticos como el de lanzar monedas al aire para denostar a un candidato rico. Como si se pudiera humillar a un chavista lanzando al aire estampitas de Hugo Chávez.
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La coyuntura presidencial nos está mostrando un sistema de partidos tan lamentable como el que se nos fue en 1973, aunque sin la excusa de un proceso revolucionario, en plena Guerra Fría y bajo la amenaza de una ruptura de la democracia.

De algún modo es un remake anunciado, pues esos partidos iniciaron la transición con los mismos dirigentes de 1973, en las izquierdas y en las derechas. Excepcionalísimo fue el caso de Patricio Aylwin, quien mostró la sabiduría y humildad necesarias para decir “me equivoqué”, tragar los sapos que le servía Pinochet y conducir sin sectarismo una transición de alta complejidad. Excepcional fue el comportamiento de Carlos Altamirano, quien se hizo la más genuina de las autocríticas, retirándose del protagonismo político. Parecido mérito tuvo Sergio Onofre Jarpa, quien optó por el trabajo real en el agro.

En ese elenco retornado no hubo líderes ni partidos que impulsaran una cultura política escarmentada, ni que promovieran una ética del oficio transmisible a generaciones de reemplazo. Se conformaron con reclutar operadores.

En 1999, esto lo supo expresar, con rara sinceridad, Miguel Luis Amunátegui, vicepresidente del partido Renovación Nacional. A propósito de la Mesa de Diálogo con las Fuerzas Armadas, que preparaba el ministro de Defensa Edmundo Pérez Yoma, puso el énfasis en el debilitamiento ecuménico de la calidad democrática. Terminado el gobierno militar, dijo, asumió el poder la misma generación de políticos que lo entregó el 73 y “entremedio no ha pasado absolutamente nada en ellos que indique que quieran decirle a la juventud qué no debe hacerse”. Agregó una tarea: “Llegó el momento de que, junto con exigirles a las Fuerzas Armadas, también se nos exija que respondamos en qué nos equivocamos”.

Ese desfallecimiento del talento democrático explica, entre otras muchas cosas, el rechazo visceral a la alternancia, el “apernamiento” en cualquier cargo, el sectarismo sin ideas y una corrupción solo enfrentada con eufemismos. No se la niega, sino que se la relativiza, definiéndola como  “corruptelas difundidas en el Estado”. En todos los casos, no deja de mencionarse que en los otros países hay más corrupción que en el propio.

Menú raro

En vísperas de las elecciones presidenciales, la sensación térmica es que el único aglutinante de los partidos es la perspectiva de llegar al poder y conservarlo a como dé lugar. El resto es retórica (ojalá fuera música).

Las organizaciones tradicionales de izquierda –comunistas, socialistas y radicales, más el PPD– no han postulado líderes propios y siguen a un candidato surgido del periodismo sexy. El de la tele. La centroizquierdista y otrora poderosa Democracia Cristiana, no tiene quien la acompañe. Presentó candidata propia, pero la están maltratando los propios, con nutrido fuego amigo. Tentados por ese vacío, hay candidatos de izquierda heterodoxa que, siguiendo modelos europeos, pretenden desplazar a los de izquierda y centroizquierda tradicionales. En cuanto a las derechas, siguen una marca certificada y pragmática, pero toman un reseguro del más puro ideologismo, para demostrar que no hay affectio societatis.

En esas condiciones, lo más llamativo de la campaña no son los proyectos-país sino los insultos, los desafíos, el intervencionismo de los cónyuges o gestos tan estrambóticos como el de lanzar monedas al aire para denostar a un candidato rico. Como si se pudiera humillar a un chavista lanzando al aire estampitas de Hugo Chávez.

No puede extrañar, por tanto, que los testimonios sobre la decadencia de los partidos y los políticos vigentes sean tanto o más abundantes que en la primera etapa posgolpe. Para sintetizarlos, basta citar a un senador de derechas, un veterano dirigente socialista y un intelectual democratacristiano. El primero es Hernán Larraín, de la UDI, para quien los parlamentarios delegan el trabajo en los asesores “y al final van a estar trabajando para su reelección”. El segundo es Camilo Escalona, quien declara que “hoy la imagen pública de los partidos  es deplorable”. El tercero es Genaro Arriagada, a propósito de decisiones de su partido que rayaron la pintura a Carolina Goic. Dijo, entonces, que es “una política de patotas” y dejó en evidencia que “el actual sistema de partidos está listo para una crisis mayor”.

No puede extrañar, por tanto, que los testimonios sobre la decadencia de los partidos y los políticos vigentes sean tanto o más abundantes que en la primera etapa posgolpe. Para sintetizarlos, basta citar a un senador de derechas, un veterano dirigente socialista y un intelectual democratacristiano. El primero es Hernán Larraín, de la UDI, para quien los parlamentarios delegan el trabajo en los asesores “y al final van a estar trabajando para su reelección”. El segundo es Camilo Escalona, quien declara que “hoy la imagen pública de los partidos  es deplorable”. El tercero es Genaro Arriagada, a propósito de decisiones de su partido que rayaron la pintura a Carolina Goic. Dijo, entonces, que es “una política de patotas” y dejó en evidencia que “el actual sistema de partidos está listo para una crisis mayor”.

Perdón efímero

Mientras tanto, los políticos jóvenes y emergentes tratan de sintonizar con el criticismo de la opinión pública, levantando todos los temas respecto a los cuales están en contra. Pero, cuando de conformar listas se trata, cuesta mucho distinguirlos de los políticos tradicionales.

Consciente de este clima ingrato, a la muerte de Aylwin la clase política le rindió un homenaje ecuménico,  reconociéndolo como un estadista probo y transversal. En el Cementerio General, interpretando ese consenso,  Goic parafraseó un recordado gesto del difunto y pidió perdón al país por el comportamiento tan poco altruista de los políticos.

Dado que fue una alocución de fuerte impacto emocional, dicha con prestancia, la Democracia Cristiana ungió a la oradora como su candidata presidencial.

Lo que después sucedió revela que la emoción no llegó al tuétano ni modificó el comportamiento de los operadores y políticos de profesión.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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