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Sobre Chilezuela, polarización y la caída del centro

por 26 noviembre, 2017

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Es injusto e injustificado comparar a Chile con Venezuela y a Guillier con Maduro.  También lo sería asimilar a Piñera con Pinochet o decir que seremos una monarquía como Dubai. Lamentablemente lo primero viene ocurriendo con frecuencia. Lo hemos visto en redes sociales y también en los recientes dichos de la diputada electa, Erika Olivera, quien encontró cierto respaldo en el propio candidato presidencial de Chile Vamos. De alguna manera, la situación se vincula con los resultados de las elecciones y la caída del centro y de la Democracia Cristiana.

Durante años se buscó la unidad, primaron los consensos y lo posible. La dictadura, Pinochet como comandante en jefe y luego senador, el binominal, las leyes de quórum, el miedo, la consciencia sobre la fragilidad de la democracia, etc., marcaron una generación política y la transición. Pero eran otros tiempos, otras circunstancias. En las elecciones no se jugaba mucho y la política fue neutralizada. En ese contexto, la unidad llamaba a la prudencia y la prudencia parecía hallarse en el centro. Todo tenía que ser moderado y no muy distinto a lo establecido, de ahí que se volviera mucho más rentable definirse como alguien de centro-izquierda/derecha que alguien de izquierda o derecha; por eso también a algunos les molesta incluso que Bachelet reciba a Guillier (o que Piñera recibiera a Matthei), como si alguien creyera que va a votar en blanco o que ser Presidenta de todos los chilenos implicara neutralidad política.

Evidentemente la unidad ciudadana es algo deseable, pero ello no implica homogeneidad, y es algo compatible con la diversidad de visiones y proyectos políticos. La insistencia en la neutralidad, prudencia, orden, y consenso es bien recibida por los mismos que ven en los cambios una pendiente resbaladiza hacia un régimen autoritario, apareciendo incomprensibles analogías con Venezuela o Cuba. El problema es que esta postura es ciega a la realidad.

De este modo se manejó en –más o menos— piloto automático hasta el 2011 (por poner una fecha, podría ser antes), cuando algo cambió. Se dieron las circunstancias para hablar del derrumbe del modelo, de otro modelo, y de un programa de gobierno transformador. Pasó lo que tenía que pasar: la derecha se espantó y buscó espantarnos a todos, la prudencia se estaba acabando y aparecieron las comparaciones con regímenes autoritarios de izquierdas.  El centro se estaba diluyendo, y es que el añorado centro no estaba, en realidad, tan al centro. La (obligada) comodidad –haya sido autocomplaciente o autoflagelante–, ya no podía ser para todos, había que moverse un poco para lograr algo distinto.

La misma derecha que hoy promete tiempos mejores, fue la que anunció con Aylwin el apocalipsis económico, con Lagos la vuelta de la UP, con el primer gobierno de Bachelet la debacle, pero… suele decirse que todo tiempo pasado fue mejor: hoy se mira con nostalgia lo que antes se criticó (¿qué dirán en 10 años sobre este Gobierno?); hoy la Nueva Mayoría es una retroexcavadora, mientras la Concertación era la sensatez. Cabe recordar a Longueira, en el 2013,  decir en la Revista Capital: “sin estos cinco gobiernos de centroderecha, Chile jamás habría alcanzado un desarrollo como el de hoy”. Así, sin arrugarse, metía todo en un mismo saco, Concertación y Piñera como si fueran lo mismo. Curiosamente, esta es también la actitud de algunos miembros del Frente Amplio que ven a la derecha en todo gobierno posterior a la dictadura, pues es lo que ocurre cuando se olvidan las circunstancias y los contextos.

La última elección, luego del primer gobierno con un programa reformador, marcó la caída del centro y de la Democracia Cristiana más conservadora, incluyendo la derrota de Walker y Zaldívar, la victoria de Huenchumilla o Provoste, y el triunfo de Guillier sobre el programa más conservador de Goic, junto a la fuerte aparición del Frente Amplio. Los tiempos han cambiado, la transición parece haber acabado, y el centro ya no es sinónimo de prudencia y de (supuesta) neutralidad, sino que parece ser oposición al cambio y mantenimiento del sistema (neoliberal) establecido. Por eso, hoy se presenta como algo anacrónico el llamado de Piñera a la unidad y a los consensos, manifestándose como una manera de seguir buscando la falta de política. Por supuesto, esto no pasa desapercibido para la derecha más lúcida, como Daniel Mansuy en Nos fuimos quedando en silencio, o en la propuesta de Felipe Kast, quien incluso preguntó a Sebastián Piñera por su proyecto político en el debate de las primarias, pero solo recibió de respuesta: crecimiento y trabajo. Kast, en cambio, entendiendo los nuevos tiempos, parecía incomprendido al insistir en una pretensión de justicia: poner a los niños primero.

Evidentemente la unidad ciudadana es algo deseable, pero ello no implica homogeneidad, y es algo compatible con la diversidad de visiones y proyectos políticos. La insistencia en la neutralidad, prudencia, orden, y consenso es bien recibida por los mismos que ven en los cambios una pendiente resbaladiza hacia un régimen autoritario, apareciendo incomprensibles analogías con Venezuela o Cuba. El problema es que esta postura es ciega a la realidad. Solo ocurre que la política vuelve a ser relevante, en las elecciones se juegan cuestiones importantes, ya no cabe mirarnos a todos y todo desde el centro, que ya no es un lugar donde pararse, sino uno de disputa. SI la Democracia Cristiana quiere aparecer como un partido de centro, debería presentarse como independiente, negociando instrumentalmente con quien venga al caso, o sea, con una visión estratégica, que no sería más que la instauración de una bisagra, de un partido apolítico.

En todo caso, puede que el centro vaya a desaparecer, pero esto no implica que haya una izquierda y una derecha: hay izquierdas y derechas. La polarización no es necesariamente mala y no hay nada que temer, solo hay que ir a votar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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