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Sobre la segunda vuelta: la conveniencia del Frente Amplio de que salga Piñera

por 27 noviembre, 2017

Sobre la segunda vuelta: la conveniencia del Frente Amplio de que salga Piñera
Es obvio que una parte importante de la fuerza del discurso articulado por el Frente Amplio reside en la renovación de la política que reivindica, es decir, en el reemplazo de la vieja política por una nueva. Esto explica también que los buenos resultados electorales –en particular los parlamentarios– se entiendan como una renovación que “le hace bien” a la política en general, no solo a los sectores que representa el Frente Amplio. Sin embargo, la renovación entendida como “oxigenación” de la política incluye no solamente al Frente Amplio sino también, por ejemplo, a los parlamentarios electos de Evópoli. Por lo tanto, ¿basta con la defensa de la renovación de la política?
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Mucho se ha hablado acerca de la eventual alianza entre la Nueva Mayoría y el Frente Amplio: que en ella se juega el éxito de una alternativa de Gobierno de centroizquierda; que como la suma de estas dos coaliciones no alcanza el 50%+1, la Nueva Mayoría debe aspirar, por el contrario, al disputado y controvertido centro político. Esta última alternativa, con todo, debe aspirar a conquistar parte del electorado del Frente Amplio –pues sin estos votos la Presidencia se aleja irremediablemente– , por lo que el discurso de centroizquierda animado por el sector más progresista de la Nueva Mayoría parece ser más relevante a la hora de reformular la campaña de cara a la segunda vuelta. Pero, y si nos ponemos del otro lado, ¿qué pasa si al Frente Amplio le conviene que salga electo Piñera?

Una alternativa como esta no carece de antecedentes en la historia de las estrategias políticas de izquierda y, en particular, está emparentada con la que se ha denominado agudización de las contradicciones.

Si bien esta nomenclatura pertenece al discurso marxista y se refiere esencialmente a la ya clásica contradicción de clase, podemos pensar que la agudización de la contradicción va más allá de la clase y se instala como la estrategia que busca relevar un discurso político de transformación y acentuar las diferencias entre –para el caso chileno–  este discurso y el de la “vieja” política. Porque para nadie es un misterio que apoyar la candidatura de Guillier, sea explícitamente a través de las principales figuras del Frente Amplio o, bien, implícitamente a través de sus militantes y simpatizantes, supone el riesgo de ser absorbidos por la dinámica política que tanto se ha cuestionado. En este sentido, el apoyo a Guillier podría ser leído, en última instancia, como la renegación del discurso político que se posicionó con tanta fuerza el domingo 19 de noviembre y que reivindica el camino de la transformación social.

En este escenario, la agudización de la contradicción entre la vieja y la nueva política cobra más fuerza aún: la contraposición del discurso del Frente Amplio al de la Nueva Mayoría podría ser no solo una manera de acentuar las diferencias programáticas entre ambos conglomerados sino, más importante aún, una estrategia para posibilitar el triunfo de la derecha representada por Piñera, con el propósito legítimo de consolidar su discurso de transformación como una verdadera alternativa –incluso como la alternativa, como el discurso político de transformación– y no solo como una profundización de las reformas impulsadas por el Gobierno de Bachelet.

Ahora bien, más allá de la legitimidad de esta estrategia –y más allá todavía de los criterios de legitimidad de cualquier estrategia política, discusión que se remonta a la discusión de si el fin justifica los medios– , es importante preguntarse: ¿a quién le interesa esta estrategia? La respuesta es, sin lugar a dudas, al propio Frente Amplio. Pero ¿en qué sentido le interesa al Frente Amplio? Es decir, ¿cuál podría ser su motivación para llevar a cabo una estrategia como esta?

Aquí es donde aparece la verdadera controversia, porque aquello que le interesa al Frente Amplio en este momento no coincide necesariamente con lo que le interesa –o debiera interesarle– a un discurso político de transformación. Digamos, un poco esquemáticamente, que en la presente coyuntura histórica pueden convivir al menos dos intereses en el Frente Amplio: el de la transformación social y el de la consolidación de una nueva fuerza política, y lo que habría que discutir es si estos intereses coinciden o no. Más aún, habría que discutir si la agudización de la contradicción entre la vieja y la nueva política responde a alguno de estos intereses y, si lo hace, por qué.

En esta coyuntura histórica, para mí es claro que esta estrategia coincide con el segundo interés, pero no necesariamente con el primero. Esto se observa en que el discurso que pretende la consolidación de una fuerza política nueva se ha caracterizado, entre otras cosas, por un rechazo tajante, a veces fanático, de las prácticas de la vieja política, o por lo que podríamos llamar –un tanto provocadoramente–  la defensa de una práctica política pura, incluso purista, pero que en cualquier caso se supone superior desde un punto de vista ético-moral.

En este escenario, la agudización de la contradicción entre la vieja y la nueva política cobra más fuerza aún: la contraposición del discurso del Frente Amplio al de la Nueva Mayoría podría ser no solo una manera de acentuar las diferencias programáticas entre ambos conglomerados sino, más importante aún, una estrategia para posibilitar el triunfo de la derecha representada por Piñera, con el propósito legítimo de consolidar su discurso de transformación como una verdadera alternativa –incluso como la alternativa, como el discurso político de transformación– y no solo como una profundización de las reformas impulsadas por el Gobierno de Bachelet.

Es obvio que una parte importante de la fuerza del discurso articulado por el Frente Amplio reside en la renovación de la política que reivindica, es decir, en el reemplazo de la vieja política por una nueva. Esto explica también que los buenos resultados electorales –en particular los parlamentarios– se entiendan como una renovación que “le hace bien” a la política en general, no solo a los sectores que representa el Frente Amplio. Sin embargo, la renovación entendida como “oxigenación” de la política incluye no solamente al Frente Amplio sino también, por ejemplo, a los parlamentarios electos de Evópoli. Por lo tanto, ¿basta con la defensa de la renovación de la política?

Si queremos sostener un discurso político de transformación social es necesario volver a cuestionar la relevancia de la renovación en general, así como debiéramos cuestionar la del aumento de la participación electoral en general, como si no importara si los que votan exigen un proyecto de transformación o, más bien, uno conservador –o si al menos exigen un proyecto político “de calidad”–, porque lo que importa es que elija la mayoría. Eso es “poner la carreta delante de los bueyes”, es decir, exigir la renovación o la participación sin importar los proyectos políticos que se juegan allí y es, al mismo tiempo, transformar la democracia en un fin en sí mismo, no en un medio para reivindicar las demandas por una sociedad más justa.

Asimismo, es necesario cuestionar el purismo de la práctica política, discurso que sintoniza mucho más con la renovación general de la política que con un discurso político de transformación social. Porque la contraposición de fuerzas políticas no puede resumirse en una diferencia generacional, en una disputa entre la vieja y la nueva política; hay discursos políticos muy viejos que siguen vigentes por su fuerza transformadora, así como los hay muy nuevos que insisten en la conservación del modelo.

Otra cosa es que la vieja política coincida en algunos casos con el conservadurismo o –más ejemplarmente–  con la corrupción, lo que no quiere decir que toda la vieja política es conservadora o corrupta. Pero tampoco se trata de hacer caso omiso de prácticas políticas corruptas porque son eficientes o porque “así funciona la política”; antes bien, se trata de que la crítica de estas prácticas no coincida con un rechazo generalizado de la política tal como se ha practicado hasta ahora.

Cuestionar decididamente la renovación de la política como un fin en sí mismo –lo que, como veíamos, lleva a comprensiones bastante ingenuas de lo que es participación y democracia– es, por último, reivindicar una herencia a veces renegada por el Frente Amplio, una historia política y social de la que necesariamente es y somos deudor y deudores. Porque su discurso está compuesto por demandas que están lejos de pertenecernos en tanto que “jóvenes” y son, antes bien, demandas de las que nos hacemos cargo en tanto que somos políticamente de izquierda. Por eso es que, si el objetivo es la transformación social, es necesario arriesgar el voto con miras al clivaje del discurso político de los próximos cuatro años y no teniendo en cuenta exclusivamente la consolidación del “capital” político ganado en esta elección. Eso sería lo más contradictorio: decidir con miras a la acumulación y no a la colectivización, por decirlo con palabras de otro tiempo.

Está claro que quienes tienen que arriesgar así el voto somos todos nosotros, no los representantes del Frente Amplio; está claro, igualmente, que estos no pueden manifestarse a favor de un futuro Gobierno de Guillier si eso significa adherir al programa que representa o siquiera alimentar la fantasía de que buscan participar en ese Gobierno. Es necesario sostener las diferencias que existen, sin embargo, más acá de los discursos que enarbolan las figuras del Frente Amplio y que deben seguir sosteniendo estas diferencias, en los intersticios de lo que podríamos llamar la política de todos los días, está claro para nosotros que, como bien se ha dicho, un segundo Gobierno de Piñera sería un nefasto retroceso.

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