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Calidad en el aula: una propuesta electoral espuria

por 28 noviembre, 2017

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Para oponerse a las reformas de Michelle Bachelet, la derecha enarbola este slogan: “la mejor reforma es la que debe hacerse en el aula”, sugiriendo que la inclusión, la gratuidad o el fin al lucro no guardan relación con lo central de la educación que es la interacción entre educadores y educandos, en el aula. Así, sin mayor argumento, se nos lleva a modificar el centro de gravedad de la calidad educativa desde lo social-estructural (Bachelet) al nivel micrológico del aula (Piñera). Esta dicotomía amerita un par de reflexiones, por ser tan atractiva como espuria.

En el documento presentado por el candidato Sebastián Piñera como parte de su programa de gobierno ("Mejoremos la calidad en la sala de clases"), se lee que “la batalla del desarrollo la tenemos que ganar con calidad en la sala de clases”, sin embargo, tras leerlo, esta propuesta se mantiene aún en el plano macrológico. En efecto, el documento se mueve en torno a cuatro ejes: primera infancia, educación escolar, técnico-profesional y educación superior. Ninguno de estos ejes define qué significa entrar al aula, si lo miramos como estar y ser en un lugar donde niños, niñas y jóvenes repiten prácticas educativas y evaluativas tradicionales. Nada hay aquí que responda a la pregunta qué, cómo y por qué mejorar en lo que se hace en el aula.

El aula no es un lugar neutral ni separado del contexto social en que se vive. Las personas que ingresan al aula, sobre todo en el sector público, perciben las contradicciones de nuestra sociedad y viven sus injusticias sociales. ¿Qué tipo de educación es esa que existiendo en contextos de pobreza y opresión no se hace cargo de dar la palabra para hablar de ella misma y de su contexto? No se trata sólo de que el contexto social de los estudiantes y los profesores sea abordado como contenido curricular o pretexto motivacional, sino que hoy sabemos que no se aprenden contenidos relevantes del curriculum sin tomar en cuenta la biografía de las personas, su recorrido vital o los imaginarios sociales que ellos poseen sobre la vida, la sociedad, el presente y el futuro. Descontextualizar “la educación en el aula” no sólo es un problema ético sino también de ineficiencia didáctica (dimensión tan querida por los autores del programa de Piñera).

Nuevamente, los asesores de Piñera –y varios del actual gobierno, lamentablemente- se desentienden del problema de fondo en el aula: la práctica de la libertad para la construcción de una sociedad crecientemente más libre, optando por situar la vida docente en “jaulas mentales y administrativas” que controlan mejor lo que ocurre en las aulas. Esta postura no es diferente de las que tiene la derecha chilena en relación al aborto o la prevención de la delincuencia: normar, aterrar y oprimir para mejorar.

La forma en que se entra al aula también correlaciona con las posturas políticas que se tenga en cuanto a la relación entre democracia y educación y en virtud de la construcción de un espacio “en y para la libertad”, cuestión no bien resuelta todavía por los pedagogos conservadores, más cercanos a una noción de calidad de orden instrumental, como la derecha piñerista. En este sentido, la práctica de la libertad en el aula es una exigencia ética y política que define la calidad educativa en su dimensión didáctica y curricular, exigiendo innovaciones cuyo centro sea la modificación de la cultura escolar por sobre los contenidos y por sobre los rendimientos en pruebas estandarizadas e internacionales. Poco aporta mejorar la calidad en el aula si ello no va acompañado de experiencias educativas reflexivas y creativas, como plantea John Dewey.

“La práctica de la libertad en el aula” (Paulo Freire) no es una expresión liberal, en su sentido individual y capitalista, como definición de “poder elegir”/“poder consumir saberes”, sino que apela a una noción colaborativa y solidaria de construcción de conocimientos, de racionalidad valórica y comunicativa. En esta exigencia, tal “libertad en el aula” va de la mano con el necesario discernimiento ético, que es reflexión y pensamiento crítico y, por ende, a propósito de los otros y con los otros. En suma, la libertad demandada no es una práctica individual sino co-existencial, co-laborativa y co-responsable, todo lo contrario de los argumentos pedagógicos de fondo del candidato Piñera y sus asesores. Una didáctica nueva, tan ausente como anhelada por muchos profesores, basada en estos principios pedagógicos, jamás podría salir del lado de los asesores de Piñera, más preocupados de la “libertad de pagar” que de la “libertad de pensar”.

Otra inferencia, a propósito de esta promesa electoral, es que trasunta un cuestionamiento solapado a los profesores. Como si el profesorado fuese la piedra de tope de una transformación de las aulas. Olvida esta hipótesis que los profesores han sido formados en un curriculum tecnocrático que poco privilegia la innovación en el aula y la práctica de libertad, que los docentes son evaluados desde un enfoque psicométrico desconectado de posturas contextualizadas, dialógicas y solidarias del saber pedagógico. Nuevamente, los asesores de Piñera –y varios del actual gobierno, lamentablemente- se desentienden del problema de fondo en el aula: la práctica de la libertad para la construcción de una sociedad crecientemente más libre, optando por situar la vida docente en “jaulas mentales y administrativas” que controlan mejor lo que ocurre en las aulas. Esta postura no es diferente de las que tiene la derecha chilena en relación al aborto o la prevención de la delincuencia: normar, aterrar y oprimir para mejorar.

Hay ingenuidad en esta propuesta o, derechamente, una intención engañosa, pues, está pendiente aún debatir con respecto al contenido y significado de una educación de calidad, supuesta la idea de una educación sin fines de lucro, inclusiva, diversificada y adecuadamente tutelada por el Estado. Lo que hace falta es una discusión esencialmente pedagógica que permita discernir qué es aquello que define -desde un punto de vista curricular y didáctico- lo que hemos de entender por calidad educativa. Al respecto, interesa resaltar que la calidad de la educación es un desafío pedagógico abierto, en construcción, que exige modificar profundamente las condiciones con que se encuentran cara a cara estudiantes y educadores a propósito de un saber a aprender. Nada de esto asoma como argumentación pedagógica en la propuesta de Piñera. Lamentablemente, hay poco de esto también en la propuesta de su contrincante a la presidencia, pero una profundización real de la reformas de Bachelet parece ser un camino más eficiente y efectivo hacia la calidad en el aula, desde preocupaciones democráticas y no economicistas.

Una cierta crisis de la educación persistirá si los cambios demandados hoy no apuntan a modificar las prácticas educativas cotidianas que se viven en el grueso de las escuelas del país, de modo que la calidad educativa anhelada signifique contar con profesores capaces de generar intervenciones orientadas al logro de aprendizajes significativos y situados en sus estudiantes y que conviertan el aula en un lugar para vivir juntos, basado en la seguridad, la confianza, el diálogo y el mutuo respeto. Hace falta, sobre todo, desplegar cambios que iluminen a las escuelas en la tarea de fundar proyectos educativos emancipadores cuyo propósito mayor sea la formación de ciudadanos críticos, democráticos y democratizadores.

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