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Fachos pobres

por 21 diciembre, 2017

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Estando en el Estadio Nacional y, luego de los primeros cómputos, un grupo de adherentes de Guillier gritaban enardecidos “fachos pobres” a un grupo de simpatizantes de Piñera. No tenían cómo saber los “orígenes” de las personas, salvo por cómo estaban vestidas y por su color de piel (morenos, como la mayoría de este país); sin embargo, repitiendo viejas prácticas clasistas y racistas distribuidas generosamente en todos los grupos sociales, trataron de agraviarlos gritándoles “fachos pobres”, al mismo tiempo en que un grupo de jóvenes apoderados de Piñera, de rasgos europeos, pasaban por el lado sin ser molestados.

Quizás un error fundamental de estas elecciones es olvidar el origen social de la Nueva Mayoría (acá Concertación); y no me refiero exclusivamente a una posición teórica de clase, sino también en reconocer que pertenecemos a un país (o parte de) que tiene aspiraciones válidas de progresar social y económicamente. La centro-izquierda históricamente ha tomado estas banderas de lucha sin mayores complejos, sin embargo, y por alguna razón que desconocemos, las motivaciones de este “pueblo” fueron dejadas de lado sistemáticamente.

Algunos grupos progresistas creen, sin embargo, que el apoyo de las clases populares y de trabajadores a un proyecto de izquierda, se logra fácil y exclusivamente recordando las tropelías de la dictadura, o mencionando un supuesto proyecto común para construir un Estado de Bienestar en tierras neoliberales (como si fuera fácil de entender en qué consiste y cuáles son sus límites). Es bueno es recordar, pero que lejos están de comprender las repercusiones de las transformaciones económicas y sociales que hemos impulsado en los últimos 25 años.

Estos reducidos grupos progresistas, con desdén, creen que si los sectores populares adhieren a un proyecto de derecha es exclusivamente por el “dinero” o por un deseo de ascendencia social rápida. Pero evidentemente es más que esto. Existe cierto cuerpo de evidencia que señala que lo que está en juego para muchas familias es la calidad de vida, el progreso, el deseo de movilidad social y los deseos de que sus hijos estén mejor (expuesto en Desiguales, 2017). Desear mejores sueldos, poder consumir, tomar vacaciones fuera de Chile, o simplemente disfrutar de los hijos luego de 12 horas fuera de casa. Estos valores para muchos militantes de nuestro sector son simplemente un pecado. La banalidad del buen vivir. Pero, ¿Es posible ignorar estas realidades?

Estos reducidos grupos progresistas, con desdén, creen que si los sectores populares adhieren a un proyecto de derecha es exclusivamente por el “dinero” o por un deseo de ascendencia social rápida. Pero evidentemente es más que esto. Existe cierto cuerpo de evidencia que señala que lo que está en juego para muchas familias es la calidad de vida, el progreso, el deseo de movilidad social y los deseos de que sus hijos estén mejor.

Reducir esto solo a la codicia, es un error que la izquierda, al no ver, o no querer asumir, condiciona el éxito de un proyecto colectivo. La experiencia de Brexit, por ejemplo, o lo que hemos visto en estas elecciones, nos entregan algunas “luces” de estas contradicciones: mientras una izquierda ve con buenos ojos el multiculturalismo, los más pobres lo pueden ver como amenaza a sus fuentes de trabajo o a la cohesión ganada en sus barrios y territorios.

Mientras una izquierda goza con la posibilidad de eliminar la selección en educación - y siguen enviando a sus hijos a colegios de élite, los más pobres ven amenazadas sus oportunidades de movilidad social (aunque esta sea sólo una percepción ajena a la realidad). Mientras una izquierda lucha contra el CAE, los más pobres luchan por pagar sus casas o llegar a fin de mes. Mientras una izquierda se preocupa de los metros cuadrados de parque, de los street food festival, del consumo responsable, de la ecología y reciclaje, los más pobres conviven con sus externalidades acogiendo vertederos, plantas de tratamiento o basureros clandestinos.

Mientras nuestro sector no entienda que el proyecto de izquierda es colectivo y que está en los barrios, poblaciones y villas, la derecha seguirá colonizando estos espacios. Si nos enfrentamos a nuestro mundo insultando una forma distinta de expresión política, la derecha seguirá ganando más adeptos. Si no entendemos que el proyecto de izquierda es participativo, o criticamos cínicamente los deseos de progreso y movilidad social de muchos, la derecha seguirá haciéndonos creer que la meritocracia sólo es posible bajo sus gobiernos.

La izquierda es progreso y desarrollo, es democracia, comunidad y participación crítica, es emprendimiento, solidaridad, justicia y poder. Sin olvidar el doloroso pasado dictatorial, debemos incorporar toda nuestra historia para proponer un proyecto de futuro, de modernización y desarrollo que involucre a todos y no a unos pocos, incluso a nuestros iguales que hoy llamamos injustamente “fachos pobres”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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