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Crítica del facho pobre

por 29 diciembre, 2017

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Partiremos diciendo que el término es en sí mismo erróneo. En general, es usado en forma despectiva para referirse a aquellas personas que, provenientes de una clase social baja o en ascenso, muestran una preferencia política por quienes no representan sus intereses de clase, sino que por el contrario actúan de acuerdo con el interés político-económico de los que están al otro lado de la vereda social. Un término semejante era usado en décadas anteriores: el “desclasado”. Pero el facho pobre sustituyó al desclasado porque el concepto de clase social ya había agotado su fuerza semántica conforme el paso de la historia desdibujaba el concepto mismo de conciencia de clase. Faltaba un término, un concepto que pudiera referir a aquel que se desprende de su interés político de clase para formar parte de aquellos que precisamente se organizan para esclavizarlos y que al mismo tiempo diera en el clavo con el contexto histórico actual.

El error del término consiste que la palabra “facho” está usado de mala forma cuando lo que se quiere es denostar al desclasado que se pasa al bando opuesto. El error tiene un antecedente histórico: en las sociedades en que se manifestó concretamente, el fascismo no se planteó como expresión de la elite o clase económica dominante, lo hizo desde las clases medias, campesinos y obreros desplazados y disconformes con el proceso de civilización, que veían en la modernidad y el asentamiento extranjero una amenaza para sus intereses nacionales. El fascismo, en términos estrictos, no fue un movimiento político de base burgués sino lo contrario.  El facho pobre, usado como insulto es una redundancia, una tautología.

Si la política partidista está orientada a culpar al facho pobre del fracaso electoral de su sector, tampoco es bueno que, motivado por la pirotécnica del mensaje positivo, otros sectores nieguen la relevancia de los fenómenos sociales irracionales, como es el caso de la xenofobia, pues el silencio sobre la irracionalidad puede detonar en barbarie, ante esto existe mucha literatura al respecto.

Un segundo error, ya en el plano político, consiste en pretender a que el actual triunfo electoral de la derecha se debe al supuesto facho pobre, a aquel que no quiere educación gratuita sino aquel que, por afán de asemejarse a los poderosos, pretende seguir la irracionalidad de pagar por la educación. Es posible que hayan existido votantes que contravengan sus propios intereses votando por una opción que les es lejana, pero en ningún caso estos se transformaron en masa significativa. Lo interesante del voto voluntario es que deja abierta la posibilidad a la libertad de interpretación. Hoy en día la fisionomía del votante es más bien evanescente y buen comodín tendrá aquel que bajo la manga si cuenta a la vez con una vocación hermenéutica.

No cabe duda de que denostar a la masa de votantes, cuando éstos prefieren una opción distinta a la propia, denota cierta egolatría y puede manifestar además una tendencia a menospreciar el proceso democrático mismo.

Sin embargo, la crítica del facho pobre tampoco puede servir como silenciador de fenómenos sociales irracionales como el que se ha venido desarrollando, y de forma cada vez más alarmante, desde un tiempo atrás en el centro de la sociedad chilena: me refiero al problema de la masificación de la xenofobia. La xenofobia se ha transformado, en el último tiempo, en una realidad preocupante debido a la gran cantidad de extranjeros presentes en el país. Solo basta con mantener una conversación de pasillo para percatarse de la tendencia al rechazo de los chilenos, en especial de clase media-baja, en lo referente la presencia de extranjeros. La clase alta, cuyo interés es esencialmente económico, ve en el extranjero la oportunidad de bajar los costos de producción mediante la extensión de la hora laboral y la reducción del salario. Si la abstracción del trabajo que lleva a cabo el capital significa que su realización es independiente de lo particular-concreto de cada trabajo, esto vale también para el sujeto del trabajo: sólo importa que quien lo realice, independiente de su nacionalidad, cumpla con la fuerza de necesaria para hacerlo. Bienvenido es el caso, para el empresario, si dicha fuerza de trabajo implica un menor costo de producción.

Si bien la xenofobia aparece como un problema no para el burgués sino para el trabajador nativo que ve en la llegada de mano de obra barata una amenaza real, no obstante, el miedo no es puramente económico sino también cultural. La amenaza del otro penetra en las capas profundas del inconsciente y al hacerlo se hace más aguda en tanto amenaza colectiva. De esta forma, el miedo ante el otro es transversal, es decir, atraviesa las clases sociales, y al posicionarse como un fenómeno sociocultural aparecen también los sectores que intenten remediarlo.

Si la política partidista está orientada a culpar al facho pobre del fracaso electoral de su sector, tampoco es bueno que, motivado por la pirotécnica del mensaje positivo, otros sectores nieguen la relevancia de los fenómenos sociales irracionales, como es el caso de la xenofobia, pues el silencio sobre la irracionalidad puede detonar en barbarie, ante esto existe mucha literatura al respecto.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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