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Transformar la cultura política: una revolución en las formas

por 30 diciembre, 2017

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Que perdimos por culpa del Frente Amplio o la Democracia Cristiana y que, entonces, no supimos llegar al centro ni a la izquierda; que el problema pasó por no hacer primarias y tener cinco candidatos en primera vuelta; que el discurso de la derecha fue simplista, pero también efectivo; que hubo imprecisiones a nivel programático y discursivo; que el apoyo de los partidos no fue suficiente o que la independencia del candidato nos pasó la cuenta; esas y otras explicaciones surgen tras  la derrota.

Sin embargo, estas explicaciones, que pueden resultar útiles para canalizar la frustración inicial, adolecen del mismo defecto: provienen de un tipo de diálogo que se ha impuesto al interior de los partidos, que está sujeto a la coyuntura, que busca resultados inmediatos y que tiende a la agresividad en la medida que ello simplifique el trabajo que supone una comprensión más profunda y compleja de la realidad y de la visión del otro.

Cuando un diálogo así se vuelve predominante y condiciona la cultura organizacional, es difícil esperar diagnósticos o soluciones diferentes. En la actividad política, la comunicación busca y, a la vez, determina a la acción. Entonces, si el diálogo adopta las características antes señaladas, se restringe el abanico de acciones posibles. Y estas, a su turno, delimitan la cultura interna, esto es, aquellas prácticas reiteradas que resultan de la interacción de sus integrantes para conseguir sus fines.

La tolerancia, la fraternidad y la genuina disposición a comprender al otro en su profundidad e infinitud son actitudes propias de la ética socialista y, al mismo tiempo, actúan como vías idóneas para dar respuesta a los desafíos con que estas elecciones presidenciales nos han confrontado.

Así las cosas, cobra relevancia reflexionar acerca de los fines que persiguen los partidos y, a su vez, cuáles son las acciones y el diálogo que mejor contribuyen a su alcance. Estas cuestiones, por su naturaleza, trascienden las características del tipo de interacción hasta ahora predominante y, a pesar de ello, urge abordarlas en el actual contexto de revisión y reestructuración que atraviesa los partidos, en particular los de izquierda  y centroizquierda.

No es casual, entonces, que las organizaciones políticas carezcan de acciones sistemáticas orientadas a la formación de sus militantes, a la definición de la identidad de la colectividad o a la comprensión de las diferencias ideológicas internas, pues, todo esto requiere un diálogo más profundo, tolerante, fraterno y no condicionado por la tentación del resultado inmediato. Estas acciones no son compatibles con el diálogo del que habitualmente nos valemos para hacer frente a la contingencia (normalmente adversa); para negociar cupos electorales o para sostener, de manera artificial, la existencia de facciones que encuentran su origen antes en diferencias personales que ideológicas.

La tolerancia, la fraternidad y la genuina disposición a comprender al otro en su profundidad e infinitud son actitudes propias de la ética socialista y, al mismo tiempo, actúan como vías idóneas para dar respuesta a los desafíos con que estas elecciones presidenciales nos han confrontado. Debemos cambiar el tipo de diálogo para generar nuevas acciones, o bien, priorizar acciones que nos obliguen a un diálogo distinto. Un cambio en las formas originará un cambio en el fondo.

Por ello, antes de pretender un diagnóstico concluyente o de resolver si debemos ir al centro o a la izquierda, con o sin el Frente Amplio, necesitamos cambiar el modo en que nos relacionamos y propiciar un diálogo fraterno, profundo, no coyuntural ni cortoplacista con quienes compartimos el compromiso que significa la militancia política. La transformación cultural de los partidos depende de una revolución en las formas: ser radicalmente democráticos, profundamente participativos, humildes y austeros. Se requerirá de rebeldía, fraternidad y creatividad para construir un proyecto político que logre hacer suya esta revolución, y así, lograr dialogar con la ciudadanía con mayor coherencia y honestidad, recomponiendo los debilitados lazos de confianza entre partidos y sociedad civil.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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