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Doing Business, doing politics

por Sebastián Arechaga 16 enero, 2018

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Señor Director:

Hace unos días, Paul Romer, destacado macroeconomista internacional, pidió perdón a Chile, debido a que hubo cambios en el ranking Doing Business que -dejaba entrever- perjudicaba arbitrariamente los periodos presidenciales de Michelle Bachelet. Estas alteraciones se debieron a cambios en la construcción del índice. Si bien, en un principio, el comunicado parecía decir que los cambios tenían un sesgo político intencionado, últimamente se han tratado de calmar los ánimos y ser más cautos comunicacionalmente. Aun así, el revuelo comunicacional ha generado declaraciones de todo tipo, y ha sido tierra fértil para las opiniones alarmistas.

Creo que la discusión pública abusa de la noticia para extraer beneficios personales, y validar sesgos ideológicos. Me preocupa que estos sesgos sean recurrentes en líderes de opinión, principalmente en los economistas, quienes tienen un mayor entendimiento del asunto. Como seres humanos, simplemente no podemos poner atención a toda la información, por lo que somos selectivos y elegimos lo que nos conviene. Esto se acentúa en los tiempos actuales, debido a los abundantes datos disponibles y al rápido flujo de la información. Es por esto que es responsabilidad de los líderes de opinión centrar la discusión en lo constructivo y relevante.

Como ser cognitivamente limitados, nos es útil parcelar nuestra reflexiones. Hagamos el ejercicio de pensar qué es relevante en esta polémica, y qué no. Quisiera argumentar que el efecto del ranking Doing Business en las elecciones no es algo transcendental, pero su efecto en las políticas públicas puede ser preocupante.

Respecto al efecto del ranking en las elecciones, sospecho el efecto fue mínimo, si no nulo. Existen otros indicadores (no tan polémicos) que van en la misma dirección que el ranking Doing Business, pero en menor magnitud. Estos indicadores (bien medidos) son un reflejo de la realidad económica, por tanto, si realmente existe un deterioro de alta magnitud en la competitividad, este será percibido por los votantes, y actuarán acorde a su realidad. Sin embargo, los indicadores no solo tienen un efecto en las votaciones por su reflejo en la economía, sino que también por su impacto comunicacional. Respecto a esta dimensión, considero que el ranking no tuvo un mayor impacto electoral. La opinión pública no parece ser muy sensible a la magnitud en el cambio de los indicadores, solo recuerdan si tal o cual indicador “va bien” o “va mal”. Convengamos que, durante los últimos años, este indicador no era el único que “iba mal”. Durante el período de campaña, el candidato de derecha podía mantener su discurso prescindiendo de este indicador (otro tema es el dudoso uso comunicacional de datos insesgados, como el famoso gráfico de los niveles de victimización). Considero que, desde el ejercicio de la profesión, los economistas debiésemos centrarnos en preguntas más interesantes.

Respecto al impacto del ranking en las políticas públicas, la respuesta es más preocupante. Quienes diseñan las políticas públicas no pueden considerar todas las dimensiones de la realidad para tomar decisiones, son personas con limitaciones cognitivas que aplican su mayor esfuerzo en tomar decisiones parcialmente informadas. Estos rankings abarcan una gran cantidad de dimensiones económicas y poseen una sólida reputación. De esta forma, los diseñadores de políticas públicas los usan como termómetro para la toma de decisiones. En abril del año pasado, por ejemplo, el diario Pulso publicó una noticia que detallaba una serie de medidas impulsadas por Hacienda, según el diario “para mejorar el ranking Doing Business”. Dudo que Hacienda haya tomado esas decisiones “para mejorar el ranking Doing Business”, pero si lo hacía para mejorar la competitividad, y el ranking Doing Business hizo sonar la alarma.

Me preocupa que la mayoría de los líderes de opinión de Chile se queden en las disputas políticas irrelevantes. Éstos debiesen esforzarse más en comunicar las preguntas correctas. En vez de enfocarse en el posible efecto se este error comunicacional en las elecciones, debiesen hacerse preguntas como ¿Hasta qué punto son estos indicadores útiles para realizar políticas públicas y reflejan la realidad económica del país? ¿Es posible que la mala interpretación de este indicador haya tenido un efecto en la toma de decisiones gubernamentales? ¿Por qué ningún analista de estos indicadores había advertido previamente que la trayectoria del ranking se debía a cambios en los componentes del índice y, por tanto, no era adecuado hacer un análisis temporal de éste?

Quisiera señalar que todas estas preguntas son difíciles de responder, y más aun dentro del escándalo mediático que implica. Los economistas líderes en Chile y el mundo suelen ignorar las limitaciones cognitivas de su audiencia, producto de modelos basados en el hiper-racional homo economicus, modelos que, paradójicamente, emergen debido a las propias limitaciones cognitivas de los economistas. El diálogo no puede abarcar todas las aristas y es necesario enfocarse en lo relevante. Para los economistas, los aspectos comunicacionales de la profesión no se pueden limitar al comunicado del Banco Central. Se requiere de un diálogo serio, priorizando algunas preguntas por sobre otras, para el mejor uso de la información y prestigio de la profesión.

Atentamente,
Sebastián Arechaga
MSc. in Economics, Behavioral Economics and Game Theory
University of Amsterdam

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