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Lecciones de una homilía papal

por 20 enero, 2018

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La homilía del Papa Francisco en la Misa por el Progreso de los Pueblos, realizada en la región de la Araucanía, nos deja varias lecciones importantes para evaluar lo obrado en materia de política indígena y para proyectar los desafíos de futuro.

Lo primero que quisiéramos relevar es la sentida evocación que hizo el Pontífice de los versos de Violeta Parra: “Arauco tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar”. Con ello manifestó su preocupación por la enorme deuda histórica que el Estado tiene con el pueblo mapuche, cuyo reconocimiento es la raíz, el fundamento de las políticas que ha impulsado nuestro gobierno para ir cerrando las brechas de equidad y para construir un nuevo modo de relacionamiento entre el Estado y los nueve pueblos indígenas que habitan el territorio.

A este respecto, cabe mencionar la creación del Ministerio de Pueblos Indígenas, la creación del Consejo Nacional y los Consejos de Pueblos Indígenas, la expansiva política de tierras y aguas, y el fortalecimiento de los programas de fomento productivo. Y cabe destacar, con particular énfasis, el Proceso Participativo Constituyente Indígena así como la Consulta sobre el reconocimiento constitucional y la participación política especial de los pueblos indígenas en instancias de representación popular, la única que –en el marco del Convenio 169 de la OIT– ha abordado temas constitucionales en el mundo.

Esto último conecta con dos aspectos sustantivos que abordó también el Papa en su homilía. En primer lugar, la construcción de una nueva constitución en tanto “casa común”, no puede confundir unidad con uniformidad. En sus palabras: “Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga que aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores e inferiores”. El gran error de las culturas dominantes en los siglos XIX y XX fue considerar que la homogeneidad y la asimilación forzada conducirían al “progreso”. Por el contrario, desde una perspectiva humanista y contemporánea, el valor que ha defendido nuestro gobierno es que la diversidad que constituye a Chile representa una riqueza que debe ser potenciada, y eso debe estar reflejado tanto en la nueva Constitución como en las formas cotidianas de relacionamiento y reconocimiento recíproco.

Un nuevo trato con los pueblos indígenas exige cumplir los compromisos contraídos por el Estado y no dilatar su reconocimiento constitucional, así como fortalecer sus derechos políticos, económicos, sociales y culturales.

En segundo lugar, no podemos estar más de acuerdo con el Pontífice respecto a que la violencia no es un camino legítimo, genera costos humanos inconmensurables y, además, es inconducente pues acentúa las diferencias entre las partes en conflicto. Pero, junto con ello, debemos sopesar lo expresando por Francisco, en el sentido que el no cumplimiento de los acuerdos “es también violencia porque frustra la esperanza”. En suma, un nuevo trato con los pueblos indígenas exige cumplir los compromisos contraídos por el Estado y no dilatar su reconocimiento constitucional, así como fortalecer sus derechos políticos, económicos, sociales y culturales. De allí la importancia de profundizar el camino político iniciado por la Presidenta Bachelet para saldar la deuda histórica con los pueblos originarios.

Finalmente, es necesario aludir a un tema que se perfila en el horizonte inmediato con aristas preocupantes. Desde su ratificación, en 2008, el Convenio 169 de la OIT ha nutrido una cultura de consultas y de diálogo constructivo que ha ido creciendo cuantitativa y cualitativamente. De hecho, durante el actual gobierno se han realizado 48 procesos de consulta sobre temas de distinta naturaleza que involucran medidas legislativas o administrativas susceptibles de afectar directamente a los pueblos indígenas.

Ahora bien, el último tiempo ha habido señales de que el futuro gobierno podría optar por denunciar, es decir dejar sin efecto, dicho Convenio. Esperamos que eso no suceda. Ello vulneraría los derechos de los pueblos originarios e impactaría en el prestigio internacional de Chile. Y, tanto o más grave, este acto haría involucionar una cultura de dialogo y de co-construcción de acuerdos entre el Estado y dichos pueblos, afectando gravemente las confianzas. Retrotraernos a un camino de escisión, de negación del punto de vista del otro, es justamente lo opuesto a las enseñanzas de la homilía papal en Temuco.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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