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Desterrar la filosofía es desterrar la calidad en la educación

por 26 febrero, 2018

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Adherir  a la frase  #DerechoalaFilosofía  no es un mero slogan o una tendencia en las redes sociales. Tampoco es  solo una petición gremial por parte de quienes ejercen labores de docencia en las aulas chilenas. Ni tampoco es algo pasajero que se olvidará tan pronto como venga otra noticia para despertar la atención  de la opinión pública. El derecho a la filosofía, y su consecuente permanencia en el sistema educacional, es un tema que se debería conversar en la mesa, en los debates diarios, en el kiosco de la esquina, no sólo en el debate de los y las intelectuales que profesionalmente se dedican a pensar y problematizar la realidad. No sólo debiese ser ocupación por parte de quienes podrían, eventualmente, quedar sin trabajo a causa de decisiones que escapan al dominio de las personas comunes y corrientes. El derecho a la filosofía debería ser una “moneda cotidiana”, como lo deberían ser también las artes y la literatura. No obstante, en estos “tiempos indigentes”, lo anterior está lejos de ser una realidad en Chile, porque ni siquiera tenemos derecho a recibir una educación “de calidad” que nos permita a las personas saber qué es -de modo aproximado- la filosofía ni, menos aún, saber qué es, efectivamente, una educación de calidad. Es tal nuestra indigencia que tampoco se visualiza la relación entre el pensar filosófico y el proceso formativo.

Parte de la Misión del Ministerio de Educación declarada en su sitio web es “asegurar un sistema educativo inclusivo y de calidad que contribuya a la formación integral y permanente de las personas y al desarrollo del país”. El Ministerio es acompañado y potenciado en su misión por la Agencia de Calidad de la Educación, la Superintendencia de Educación Escolar y el Consejo Nacional de Educación (CNED), formando en conjunto, desde el 2011, el Sistema Nacional de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Escolar (SAC). El principal objetivo de este Sistema es la calidad de la educación, junto a la inclusión, es decir, que todos y todas, los y las estudiantes, tengan acceso a las mismas oportunidades de acceso educativo, a la misma calidad.

¿Por qué enunciar la constitución de este Sistema? Simplemente porque creo que como país nos falta ahondar en la comprensión de esa “calidad”, nombrada copiosamente en los sitios web del Ministerio y de las entidades relacionadas. Y cuando digo país no me refiero a personas especialistas y desligadas de la realidad educativa, que en la mayoría de los casos sucede en salas ocupadas por cuarenta y cinco estudiantes de escasos recursos: los llamados colegios vulnerables.

Porque ¿Qué es, en resumidas cuentas, una educación de calidad? ¿Son los resultados del SIMCE o de la PSU? ¿Es evaluar cuantitativamente? ¿Qué ocurre con el “cómo”, más precisamente, con la calidad? ¿Se reduce esa calidad sólo a mediciones? ¿Es que acaso, los señores y señoras del Consejo Nacional de Educación, entienden eso? Pareciera ser que sí.

Según el ACUERDO N°025/2018, fechado el 12 de febrero, consensuadamente los y las consejero/as del CNED manifiestan que la filosofía, como asignatura, es considerada junto a las ciencias  como necesaria, dado que es un aporte significativo al desarrollo del pensamiento crítico, lógico y científico de los estudiantes. Sin embargo, no hay acuerdo en que sea una asignatura pertinente para la formación general de los/las estudiantes de III y IV medio.

Buscando en las páginas que ofrece el MINEDUC, no he podido encontrar una definición de lo que se entiende por “calidad” en el sistema educativo. Ni menos la opinión de quienes están permanentemente haciendo clases: no existe una construcción colectiva de qué entendemos por una educación de calidad que no sólo apele a resultados, sino que además a la formación de personas, de ciudadanos y ciudadanas que desarrollen su espíritu libremente, el intelecto y la sensibilidad, la empatía y afianzar el querer ser solidarios con el/la otro/a.

Pero, ¿cuál concepción de persona/ciudadano-a es funcional a este sistema? Simplemente la filosofía no es útil a este tiempo. Y por esta razón, desterrar la filosofía del sistema educativo es desterrar la calidad en la educación, y esto es perfectamente adecuado a los objetivos de un modelo que privilegia el desarrollo y la ganancia mercantil por sobre el desarrollo humano.

La relación entre el pensamiento filosófico y el proceso enseñanza-aprendizaje, justamente, echa sus raíces en la calidad de ser humano que se pretende formar. Refiere a valores, principios, aptitudes elementales para la convivencia democrática. Pero, ¿cuál concepción de persona/ciudadano-a es funcional a este sistema? Simplemente la filosofía no es útil a este tiempo. Y por esta razón, desterrar la filosofía del sistema educativo es desterrar la calidad en la educación, y esto es perfectamente adecuado a los objetivos de un modelo que privilegia el desarrollo y la ganancia mercantil por sobre el desarrollo humano.

Si aspiramos a una educación de calidad, donde equitativamente todos y todas puedan recibir y ser actuantes del proceso educativo, donde todos y todas tengan el derecho a ser protagonistas de su formación, la filosofía se erige como la principal área del conocimiento acorde a ese fin, como la articuladora donde se canalicen los demás saberes, porque la otrora madre de las ciencias merece ser dignificada desde la práctica. Esto no sólo porque la calidad no es reducible a cifras, sino que también porque no debemos, como país, negar a los y las adolescentes de los colegios vulnerables el derecho a decidir y pensar por sí mismos. De lo contrario, los dejamos expuestos al determinismo social.

Mientras los colegios particulares continúan e incentivan el desarrollo de la filosofía en sus aulas, los colegios vulnerables ven cuestionada su pertinencia por el CNED, que ni siquiera distingue, con claridad argumentativa, entre “necesidad” y “pertinencia” de la filosofía: necesaria y pertinente es esta asignatura, no tan sólo en la formación científico-humanista y técnico-profesional. Necesaria y pertinente para todo aquél que quiera pensar una sociedad más libre, para todo aquél que muestre interés  en que esta humanidad sea realmente humana.

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