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Un llamado al realismo político en Cancillería

por 26 febrero, 2018

Ser diplomático de carrera, lastimosamente no siempre es un activo, pues a la hora de los nombramientos parece ser un verdadero lastre haber cursado la Academia Diplomática y llevar el apelativo de “diplomático de carrera”, ya que el elemento central que siempre pesa, al momento de la toma de decisiones, es una rara mezcla entre política y búsqueda de equilibrios internos no siempre bien entendidos. No olvidemos en esto a Pareto, quien decía que las endogamias reproducidas en el tiempo generan oligarquía.
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Como militante de Renovación Nacional, abogado y diplomático de carrera, con más de 23 años en la Cancillería, me ha correspondido ser testigo privilegiado de una parte importante de la historia del Ministerio de Relaciones Exteriores, especialmente en los últimos años.

Siempre he creído en lo gremial y, como tal, presidí la Asociación de Diplomáticos de Carrera (ADICA), con el convencimiento de aportar al desarrollo de la carrera diplomática y la meritocracia como elemento central en el proceso de promoción y designación del personal.

Lastimosamente aquello no siempre es un activo, pues a la hora de los nombramientos parece ser un verdadero lastre haber cursado la Academia Diplomática y llevar el apelativo de “diplomático de carrera”, ya que el elemento central que siempre pesa, al momento de la toma de decisiones, es una rara mezcla entre política y búsqueda de equilibrios internos no siempre bien entendidos. No olvidemos en esto a Pareto, quien decía que las endogamias reproducidas en el tiempo generan oligarquía.

Por eso tenemos embajadores que se exhiben como vitalicios y que, bajo estándares salariales y curriculares de Alta Dirección Pública, parecen excluidos de la responsabilidad de rendición de cuentas.

Por otro lado, se asoman casos sui generis, como ocurre con Jean Paul Tarud, quien siendo externo a la Carrera lleva tres periodos ininterrumpidos como Embajador en Emiratos Árabes, en una suspicaz distancia de controles convencionales aplicables a embajadores “externos” o del Servicio.

Por eso, para quienes somos diplomáticos de carrera y gustamos genuinamente de la política, parece ser más sincero optar por uno de los dos caminos. Con eso, se viene a la memoria el caso de Jorge O'Ryan, quien siendo diplomático renunció tempranamente a su carrera y optó por el sector privado –con éxito, por cierto–, para luego transformarse en Embajador de Chile en Alemania durante el periodo 2010-2014.

Por eso, para quienes somos diplomáticos de carrera y gustamos genuinamente de la política, parece ser más sincero optar por uno de los dos caminos. Con eso, se viene a la memoria el caso de Jorge O'Ryan, quien siendo diplomático renunció tempranamente a su carrera y optó por el sector privado –con éxito, por cierto–, para luego transformarse en embajador de Chile en Alemania durante el periodo 2010-2014.

Y en contrapartida a aquello, por qué no hablar mejor de “profesionales de las relaciones internacionales”, más que eufemismos como "diplomáticos de carrera o no carrera". ¿Alguien duda de las capacidades diplomáticas de Sergio Romero, José Antonio Viera-Gallo, Arturo Fermandois o Jorge Burgos? Alguien podría oponerse a designaciones de embajadores que aporten innovación, contactos y una visión que enriquezca la política exterior?

Espero que las futuras generaciones puedan optar a una real carrera diplomática que no subutilice el buen capital humano ni se ampare en defensas corporativas para defender la inamovilidad y comodidad de su planta como empleado público. Muchos de ellos, hoy por hoy sin pregrado ni posgrado conocido o de carrera afín a la diplomacia, ni mucho menos manejo de idiomas. Entiendo que esos requisitos no se exigían al momento en que postularon a la Cancillería, pero, por lo mismo, considero que esas generaciones ya han cumplido un ciclo y corresponde el recambio generacional.

También resulta un contrasentido ver asimetrías de criterio en la de edad: embajadores externos mayores de 65 años, cuando supuestamente existe un estándar de retiro, y secretarios que, empinándose en los 50, anticipan una frustración en su proyección profesional, más aun cuando el mercado tiene ciclos más tempranos y realistas para una promoción por competencias. Estos mismos secretarios son desestimados en la toma de decisiones porque son “jóvenes cincuentones sin experiencia”.

Así las cosas, valdría la pena preguntarse si un profesional de alto estándar tiene el mismo valor dentro o fuera del Servicio Diplomático y si, a la inversa, uno que no reúna credenciales académicas mínimas, como las que hemos enunciado, percibiría siquiera la mitad de lo que les cuesta a todos los chilenos su sueldo en dólares bajo un régimen de expatriación. Claramente los incentivos, para ambos grupos, están alterados.

No repitamos los errores del 2010. La verdadera modernización ocurrirá cuando se asuma esta realidad y quienes conocemos “la casa por dentro” podamos decir que sí existen indicadores, altos estándares, respeto a los tiempos en los grados, méritos y una “moderno mix” de profesionales de la política exterior, vengan de donde vengan.

La politización de las instituciones es un vicio, pero la endogamia permanente, sin asumir una realidad, es aún peor.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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