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Transversalidad socialcristiana

por 4 marzo, 2018

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El socialcristianismo pasa en Chile por un momento singular, con serias dificultades en cada lado del espectro político. Por un lado, se encuentran quienes en la DC –o recientemente alejados de ella– se inspiran en alguna versión del ideario socialcristiano. La debacle cuantitativa y cualitativa de dicho partido obviamente ha acabado con una importante plataforma. Cabe, con todo, pensar que ello puede mover a una acción más lúcida y valiente a quienes, dentro y fuera de la DC, representan algo así como un socialcristianismo de izquierda. La situación es algo distinta si se mira hacia la derecha. Ahí ha nacido un pequeño número de movimientos de carácter socialcristiano. Si acaso hay problemas, son más de juventud que de decrepitud. Pero se trata de un fenómeno menor todavía, sin impacto importante en las fuerzas mayores de dicho sector. Tiempo atrás quizás podía hablarse de un “momento socialcristiano” para designar la presencia de tal ideario en declaraciones y documentos programáticos; el recientemente designado gabinete, con todo, indica que fuera del papel no se vive tal momento.

Que en condiciones tan poco auspiciosas subsistan grupos con este ideario no es difícil de entender. Después de todo, la más elemental descripción del mismo –un ideario fuertemente centrado en el carácter asociativo del hombre y, al mismo tiempo, escéptico del estatismo–, muestra a las claras la necesidad que nuestra república tiene del mismo. Pero desde luego se abren numerosas preguntas respecto de cómo tal proyecto tendría que encarnarse. Cabe que algunos grupos deseen el fortalecimiento de un socialcristianismo de derecha y otros deseen el resurgimiento de uno de izquierda. La comparación con el liberalismo cae aquí de cajón: éste, después de todo, ha tenido resultados no muy envidiables cuando ha intentado constituirse como un partido, pero sí ha logrado dominar nuestra vida política al atravesar todo el espectro partidario. Pero el liberalismo desde luego posee una hegemonía cultural de la que el socialcristianismo carece. De ahí que otros sugieran –como lo han hecho Claudio Alvarado y Francisco Tapia– que en el Chile postransición cae de maduro un encuentro más constructivo entre socialcristianos de izquierda y derecha, por muchos obstáculos que deba superar tal encuentro.

Pero más allá del eje izquierda-derecha, hay otra dimensión en que el socialcristianismo es un fenómeno transversal. Con frecuencia suele hablarse del socialcristianismo como algo nacido al alero de la doctrina social católica. Pero para su futuro puede ser significativo que tengamos presente el modo paralelo en que desde temprano se desarrollaba algo análogo en el protestantismo. En efecto, desde fines del siglo XIX hay una tradición supraconfesional de reflexión social cristiana, y el hecho de que trascendiera las confesiones no significó que se redujera a una vaga afirmación de la dignidad humana y de la primacía del amor.

Piénsese en el tipo de movimiento surgido en los Países Bajos en torno a un calvinista como Abraham Kuyper. Si los primeros años de la carrera de Kuyper lo convirtieron en un teólogo de no poca importancia, al comenzar el siglo XX acabaría como Primer Ministro holandés. Pero en el curso de ese proceso no solo había fundado instituciones de la envergadura de la Universidad Libre de Ámsterdam, sino también contribuido a una singular formulación de la doctrina social cristiana. La cercanía con lo que por ese momento ocurría en el mundo católico salta a la vista. El mismo año 1891 de la encíclica Rerum Novarum, se organizaba en Holanda un congreso social cristiano que se hacía eco de la misma “cuestión social” en términos nada distantes de los de León XIII (a quien se alude positivamente en la alocución del mismo Kuyper sobre la pobreza). A la reflexión católica sobre la subsidiariedad, en tanto, se sumaba aquí una análoga defensa del complejo espacio de la sociedad civil –aquí bajo el lenguaje de “soberanía de las esferas”-, pero de un modo que desde su inicio estuvo más atento al problema del pluralismo.

¿Puede esto tener alguna importancia al pensar en el papel del socialcristianismo hoy? Cabría pensar que no mucha y que, por el contrario, la futura salud de nuestra política pende en parte de que las mejores intuiciones del ideario socialcristiano encuentren una suficientemente sólida expresión secularizada. Eso es cierto. Se trata, con todo, de una verdad parcial.

¿Puede esto tener alguna importancia al pensar en el papel del socialcristianismo hoy? Cabría pensar que no mucha y que, por el contrario, la futura salud de nuestra política pende en parte de que las mejores intuiciones del ideario socialcristiano encuentren una suficientemente sólida expresión secularizada. Eso es cierto. Se trata, con todo, de una verdad parcial. Pues algún trasfondo religioso suele seguir siendo móvil de acción política para muchos, y en todo el espectro político. Y el socialcristianismo es, al menos, una corriente que se hace cargo de ese hecho y procura encauzarlo racionalmente. Volvernos más conscientes de su trasfondo multiconfesional tendría más de un beneficio.

En primer lugar, el simultáneo surgimiento de este tipo de ideario en confesiones en otro sentido enfrentadas, nos debiera volver mucho más conscientes del carácter moderno del socialcristianismo. Son típicamente otros los idearios que buscan definirse por su propia modernidad, y en eso el socialcristianismo no tiene nada que envidiarles. Pero aunque tanto en el lado católico como en el lado protestante este ideario extiende sus raíces hacia atrás por siglos, vale la pena recordar que la específica articulación de la doctrina social cristiana que vive hoy está fuertemente determinada por los problemas del mundo moderno al que responde. Un socialcristianismo más consciente de este hecho debiera mostrar una mayor capacidad de tratar problemas típicamente modernos, como la comunidad nacional, la alienación o el consumo; debiera ser capaz de tratarlos reconociendo su dimensión moral sin por eso agotarse en la moralina.

En segundo lugar, el punto debiera tener efectos positivos a cada lado de la división confesional. En contextos como el nuestro, el mundo católico tiene aún vicios de religión mayoritaria, mientras que el mundo evangélico tiene un déficit de formación cuya profundidad tiende a volverse visible en cada incursión política de sus feligreses. Pero ninguno de esos problemas, por serios que sean, es incorregible. Volverse consciente de una vasta tradición de reflexión que en un sentido es propia, pero que en otro sentido no es propiedad exclusiva, sin duda obligará a ambos lados a una provechosa cuota de rigor y humildad.

En tercer lugar, cabe notar que los dos puntos anteriores nos ponen ante el hecho del pluralismo. Sobra decir que hoy éste es un tópico central para cualquier tradición de reflexión política. No siempre lo ha sido para el socialcristianismo. Pero para la tradición neocalvinista que mencionamos, lo fue desde sus inicios: aquí la moderna reflexión social cristiana nació en un país ya plural. Significativamente, esta tradición respondió al desafío articulando la pluralidad de doctrinas con una firme defensa de la pluralidad de espacios sociales: defender la subsidiariedad, aquí, fue un modo de defender el pluralismo. Salta a la vista lo pertinente que dicha conexión resulta para nuestro propio contexto.

Que no puede simplemente repetirse las fórmulas decimonónicas para tratar los problemas de hoy, es tan evidente para la cuestión social como para el problema del pluralismo. Pero en ambas dimensiones –y también al margen de la pregunta por el ecumenismo– la moderna tradición cristiana de reflexión social tiene, en cada una de sus confesiones, mucho por dar aún. El socialcristianismo bien puede parecer una filosofía social con rasgos menos detalladamente delineados que sus rivales. Sin embargo, no todo el esfuerzo de hoy debe orientarse a una mayor precisión. En parte lo que se requiere es una mayor conciencia de la transversalidad política y religiosa de esta tradición. Recién con eso en mente se debiese volver a las discusiones sobre la cercanía o distancia con el liberalismo que muchas veces copan la discusión.

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