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Kast y la turba

por 24 marzo, 2018

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Estoy totalmente en contra de la agresión física a José Antonio Kast, jamás justificaría tal salvajada. Sin embargo, al mismo tiempo estoy convencido de que este suceso no debe ser utilizado para justificar la irrupción de cualquier clase de discurso en la política chilena. Los agresores de Kast debiesen ser penados, pero también es cierto que Kast no debiese tener derecho a andar pregonando libremente su discurso de odio clasista, xenófobo, homófobo, militarista y de culto a la dictadura. En nuestra política se tiende a mezclar erróneamente estas dos ideas: democracia y permiso para decir lo que se quiera.

Una opinión típica del vulgo es expresada por ejemplo por la siguiente frase: “Kast es un derechista pinochetista, pero no es mala persona”. Frente a eso es importante comprender que no se trata de encasillar a unos como buenas personas y a otros como malas, tampoco se trata de ser simpático o pesado, sino de que hay ideas que aportan a la democracia y otras que la destruyen. Se dice entonces que el problema del veto contra estas personas es que atenta contra la libertad de expresión. ¡Nadie ve que dicho argumento no es válido e ignora la esencia misma de la democracia! A contrario sensu de lo que podría pensarse, una medida, que impida que las opiniones antidemocráticas tengan espacio en la política, no atenta contra la democracia sino que la protege. Esto ya fue claramente expuesto por Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos. Hay que decirlo con todas sus letras: Es erróneo pensar que en democracia están permitidas todas las opiniones, sino sólo aquellas que no atenten contra la democracia misma. Es decir, todos pueden decir lo que quieran, siempre y cuando eso que digan no implique el desprecio por el régimen democrático sea positiva o negativamente.

Vamos al ejemplo de una sociedad que admiramos: Alemania. Luego de que la primera guerra mundial hiciera colapsar al segundo imperio alemán, en Alemania nació una improvisada república — cuya capital estaba era Weimar. Ya sin un Kaiser había por fin lugar para todas las voces. Ello suena bien, muy bien, pero a poco andar se comprendió que el problema de una democracia que tolera todo tipo de opiniones, incluso aquellas en contra de sí y de la libre expresión, se arriesga a terminar con Hitler como su canciller y el partido nacionalsocialista como partido único, es decir: ¡una democracia sin límites es caldo de cultivo para su propio fin! Lamentablemente Alemania lo aprendió demasiado tarde.

En una sociedad abierta no se debe tolerar ninguna palabra a favor de una dictadura, pues en ello va implícito el desprecio por la democracia como sistema político y, por lo tanto, la inclinación de esa persona a romper dicho orden.

¿Cómo fue que Alemania pudo revertir tan terrible situación? El proceso que posibilitó dicha situación fue la así llamada desnazificación de Alemania. Generalmente cuando pensamos en los juicios a los nazis luego del triunfo de los aliados, se nos viene a la mente la imagen del proceso de Nürnberg como si fuese todo lo que se hizo para erradicar el nazismo, ello nos da la cómoda imagen de que con tener a un par de miliares en Punta Peuco ya hemos resuelto el problema, pero eso no es cierto. En Alemania, país civilizado que nos encanta nombrar como ejemplo de progreso, se llevó a cabo un proceso de »limpieza« de todo vestigio que pudiese haber quedado del nacionalsocialismo, una especie inversa condemnatio memoriae que consistió en perseguir a todos los responsables y recordar a toda la población una y otra vez que jamás se debía repetir tal oprobio. Se limpió la sociedad, la cultura, la prensa, la economía, la justicia y la política. Entre 1945 y la década de los ’70 se llevaron a cabo los procesos de Nürnberg y Frankfurt para llevar a la justicia a los principales criminales de guerra y genocidas de Auschwitz. Además de miles de juicios llevados a cabo en las zonas de ocupación aliada tanto a ex militares como a colaboradores civiles del régimen nazi. Así, no sólo fueron perseguidos los responsables del holocausto, sino Todos los que participaron del régimen de Hitler, pues el totalitarismo sólo puede entenderse como una totalidad. Luego de semejante proceso ya se entiende que Alemania y los demás países de Europa pudieran hacerse amigos. Digámoslo con todas sus letras: La actual civilización europea que tanto admiramos por su desarrollo descansa sobre los cadáveres derrotados de los nazis, de otro modo jamás habría sido posible.

En chile, en cambio, la dictadura cayó porque el fascismo perdió el gobierno, pero no porque dejó de existir. Tal como hoy señaló Macari en Combinación Clave, el pinochetismo es “un mundo que nunca fue derrotado”, pues siguió ordenando la configuración de la sociedad durante la transición pactada. Chile nunca se despinochetizó. Hasta el día de hoy tenemos militares, políticos, médicos, abogados, jueces, etc. que participaron activamente en la dictadura y continúan ejerciendo sus cargos sin problema, como si participar de una dictadura militar fuese un pequeño desliz. Es muy probable que esto haya ocurrido porque el traspaso del mando no fue fruto de la acción de una potencia extranjera que luego tutelara la instauración de la nueva democracia (en el caso de Alemania fueron 4 en un principio). La existencia de un pacto de transición involucra la concesión de puntos democráticos fundamentales tales como que el dictador continuara siendo jefe del ejército durante varios años luego de dejar el poder y la UDI, el partido que se formó en el seno de la dictadura, continuara con su existencia, llegando a ser hoy el partido más fuerte de Chile. ¿Se imagina usted que si Alemania tuviese hasta hoy al nacional socialismo en el parlamento sería el país desarrollado que es hoy? Pues no, el NSDAP está proscrito, pero la UDI no. Lo peor de todo es que hoy pareciera que la UDI es un partido que se ha legitimado debido a que ha participado constantemente de elecciones populares, pero olvidamos que dichas elecciones ocurrieron bajo el sistema binominal, en el cual ser elegido estaba prácticamente garantizado. El resultado obtenido por este partido en la última elección sólo se explica tras este largo proceso de más de 25 años de legitimación forzada. La dictadura de Pinochet fue para nosotros el fin de la democracia. Ser miembro de un gobierno dictatorial es una elección personal que pone a su agente fuera de la sociedad democráticamente organizada y es una decisión que debe tener consecuencias para quién la toma. No naturalicemos un concepto suavizado de lo que fue la dictadura que, en base a ciertos avances económicos, pretende hacer la vista gorda a los abusos de derechos humanos. Jamás se debe olvidar que la dictadura de Pinochet persiguió a sus adversarios con la intención de exterminarlos y lo hizo tanto y tan bien como pudo. ¿Declararse partidario de tal salvajada es parte de los valores democráticos que debemos respetar? ¿Cómo es posible que hayamos naturalizado que agentes de la dictadura  puedan desempeñar cargos públicos en democracia? ¿Se permitiría hoy en Alemania que un ex agente del nacionalsocialismo se presente como candidato al parlamento? No, por ningún motivo.

En una sociedad abierta no se debe tolerar ninguna palabra a favor de una dictadura, pues en ello va implícito el desprecio por la democracia como sistema político y, por lo tanto, la inclinación de esa persona a romper dicho orden. Un Senador, un diputado, cualquier funcionario público o un comunicador que se exprese a favor de la dictadura o hiciese campaña en base a mensajes de odio, como es el caso de Kast, debiese perder su trabajo automáticamente, pues la democracia no debiese mantener a personas que la desprecian, ¡ni menos ser dirigida por ellas! No debe haber más pastores evangélicos usando los medios de comunicación para incitar al odio, no más pastores Soto predicando libremente por las calles y con acceso a los medios. Por amor a la democracia hay que callar las voces que la odian y que odian e incitan a otros a odiar a sus semejantes. El fascismo no tiene derecho a expresión. Esto es lo que hizo Alemania, un país que admiramos por sus niveles de desarrollo tanto culturales, científicos y técnicos como cívicos — lo cual se manifiesta en la gran cantidad de científicos que hacemos aquí nuestros estudios de doctorado. Necesitamos una ley de defensa de la democracia. Esto puede sonar antidemocrático, sí, es contra intuitivo, pero la democracia debe establecer democráticamente un límite dentro del cual ella se define, un “horizonte de sucesos” que nadie puede traspasar sin dejar de ser demócrata.  

El problema de la agresión de Kast revela que no podemos seguir operando sobre un concepto de democracia de “sentido común”. ¿Es demócrata el que se expresa libremente a pesar de agredir a muchos o lo es la turba popular que intenta lincharlo? Yo creo que ninguno de los dos, pero eso sólo podemos determinarlo a través de una discusión que fije sus resultados en una ley por el bien del futuro democrático de nuestro país.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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