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Más allá de las apariencias

por Luis Huerta 24 marzo, 2018

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Señor Director:

La reflexión “¿Cambiar o no a los rectores?”, del prof. Jaime Retamal (El Mostrador, 22 de marzo), que, referida a la elección de rector en la Universidad de Talca, aborda derivaciones generales en el tema de los sempiternos rectores de universidades en un artículo que su autor califica como “poco sexy”, pues pareciera despertar poco interés en el público. Pero, siendo ello una paradoja por la importancia de las universidades en las expectativas de las personas, claramente apunta a un tema mayor y muy relevante en el contexto de las políticas de educación superior: la distribución del poder en la conducción de las universidades estatales y el carácter del ejercicio de ese poder. Compartiendo las ideas generales, me permito discrepar de, o quizás complementar la mirada allí expuesta respecto de la Universidad de Talca, implicando así otras conclusiones.

No es fácil apreciar desde fuera de una institución cuál es la dinámica de sus relaciones internas, de si éstas se basan en criterios de equidad, mérito e independencia o son espurias en algún grado. El poder en las universidades estatales, regidas por los estatutos promulgados en dictadura en 1981, se ha ejercido de una manera que no ha hecho fácil la disidencia ni menos que aquella logre plasmarse exitosamente como una alternativa válida para la conducción de la universidad. Es así que la permanencia de un mismo rector en el cargo ha contado con la posibilidad de extenderse indefinidamente, si aquél hace su trabajo relativamente bien o no incurre en graves desaciertos.

La Universidad de Talca es uno de esos casos. Se trata de una universidad que progresó durante las primeras dos décadas de la democracia de manera significativamente superior a sus pares –otras instituciones de la misma edad y carácter. Ello la ubica en una posición de prestigio que todos reconocemos, incluidos quienes nos planteamos como una alternativa en la última elección de rector. Esto ha posibilitado la reelección indefinida de la misma persona, prácticamente sin competencia (salvo una sola vez de manera efectiva, descontando la actual elección y una situación sin mayor significancia en los primeros años de ejercicio).

No cabe duda de que el éxito institucional ha sido una razón primordial en ese resultado, pero no deben soslayarse los factores que derivan del poder que los estatutos le entregan al rector.

Considerando solamente lo relacionado con los resultados de la gestión, la situación actual de la Universidad de Talca, sin embargo, es diferente respecto del sistema. Es mezquino no reconocer como otras universidades, particularmente algunas estatales, han avanzado mejorando su gestión y logrando resultados –por ejemplo, en el área de investigación, que es tan fundamental en una universidad compleja- que sobrepasan a lo conseguido por nuestra institución o que están en vías de lograrlo porque la tendencia en sus avances es mejor. Estando aún en un buen lugar en los rankings, la pregunta es qué es lo que se ha perdido en el camino y qué empieza a producir una fragilidad en nuestros logros.

La orientación a los indicadores, la base del éxito de la Universidad de Talca en las primeras dos décadas de su historia en democracia, es ahora parte del problema. Una digresión respecto de la forma y fondo de los rankings es crucial aquí; pero, sin ahondar en este complejo tema, la respuesta más simple respecto de la frágil sostenibilidad de nuestra posición es que se ha pasado por alto justamente no aquilatar que un modelo de desarrollo se agota en algún momento y que se requiere siempre reflexionar en torno a nuevas visiones, a una nueva manera de gestionar y de hacer universidad, en el más amplio sentido. Es esa la razón que nos llevó a un grupo de académicos de la Universidad de Talca, transversal, de áreas distintas y de sensibilidades diferentes frente al actual rector, a presentar una nueva visión y, sobre todo, un nuevo estilo que supere las dificultades presentes y ofrezca mayor transparencia y certeza en el origen de las decisiones, en cómo se ocupan los recursos de la institución, en cómo se orienta la gestión para hacer armónica y sostenible la complejidad de la universidad.

No se trataba precisamente de una propuesta de gobierno de “Rojas-sin-Rojas”, porque ese estilo y esa visión resulta anacrónica frente a las demandas que enfrenta la Universidad de Talca en el momento presente y para su futuro. Ello no implicaba proponer una revolución; no se trataba de cambiarlo todo solo porque había que cambiarlo. Pero, sí se ofreció un cambio fundamental en la forma y fondo de la conducción de la universidad; en primer lugar, armonizar el cumplimiento de sus funciones y su misión pública, en que las políticas de desarrollo en una dimensión (pregrado, investigación, transferencia tecnológica, extensión) no afectaran negativamente el desarrollo de las demás dimensiones del quehacer universitario y, en segundo lugar, que exhibiera transparencia en los distintos procesos de decisión que conlleva la tarea rectoral. A la vez, esta propuesta de gobierno alternativa expresó la necesidad de un reconocimiento efectivo a la labor de académicos y administrativos, a través, entre otros, de una alineación efectiva de los procesos de calificación y jerarquización con los objetivos estratégicos de la universidad y donde no exista la posibilidad de injerencia ajena a los méritos y desempeño del académico. Además, se planteó la necesidad de una carrera funcionaria para el personal administrativo que asegure la calidad y estabilidad de este ámbito, esencial en la gestión de una universidad compleja.

Nunca estuvimos frente al dilema del statu quo o el caos, aunque existiera la pretensión de presentar la elección de esa manera o como pudiere deducirse del artículo referido que la única posibilidad “no traumática” era seguir la misma línea del rector vigente. Personalmente encabecé la propuesta alternativa que comento, con un curriculum que no incluye la actividad política, ni el cargo de ministro, pero sí la calidad de académico e investigador y la experiencia como gestor tanto en proyectos educacionales de envergadura como la del propio cargo de vicerrector académico en nuestra universidad. A ello debemos sumarle la calidad de los académicos que constituimos el equipo de trabajo que sostuvo esta candidatura, investigadores en áreas diferentes y algunos con un énfasis importante en la aplicación del conocimiento a problemas de interés regional y nacional. Exitosos en “publicar papers” y en la adjudicación de proyectos, ciertamente fuente de un pragmatismo que tensiona a las universidades como se cita en el artículo, sin embargo, en este caso, todos se hallaban suficientemente interesados en el destino de la institución, lo que se expresó en el esfuerzo colectivo y en la capacidad para visualizar lo que necesita la universidad y para implementarlo en una rectoría diferente, de manera racional y equilibrada.

Los rectores son importantes, efectivamente. Por ello, hay que cambiarlos cuando las instituciones necesitan una nueva manera de hacer las cosas. En nuestra universidad no solo está en juego hacer sostenible el prestigio de la universidad hacia el futuro sino también incrementar la reflexión y el intercambio de ideas, ineludible en una universidad pública que debe responder por su ser y hacer a toda la sociedad.

No logramos concitar el apoyo mayoritario y no desconoceremos el ascendiente básico del actual rector. Pero, también es necesario considerar cuán difícil es para un grupo reducido de votantes abstraerse de las prerrogativas de quien ha ejercido un cargo con enormes atribuciones, por más de dos décadas, y que aspira a seguir en él. A pesar de esa dificultad basal, no dudamos en construir una alternativa que permitió un debate serio, abierto, participativo, con altura de miras, que se ha establecido como un hito de nuestra historia institucional y que creemos que ha contribuido a la democracia y calidad de la vida universitaria.

Luis Huerta
Dpt. of Bioinformatics
Faculty of Engineering
Universidad de Talca

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