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Entre los acuerdos y el garrote

por 26 marzo, 2018

Políticamente, se ha optado por un diseño político que se funda en la unidad, en los acuerdos y en el dialogo. De hecho, han insistido en la figura de la “retro excavadora” para diferenciarse de la gestión anterior en el sentido de que no vienen a destruir “lo existente”, sino que han llegado al gobierno para enmendar el rumbo y volver a la ruta del progreso y el desarrollo sobre la bases de los consensos que caracterizaron la primera transición: “lo aprobado se cumple”, se ha dicho desde Palacio.
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La puesta en escena del nuevo gobierno desde las primeras nominaciones hasta las dos primeras semanas de gestión puede ser caracterizada como de una obra maestra. Piñera y su círculo de hierro, están ejecutando lo que vienen planificando desde que se instalan en Avanza Chile. Asistimos, a un diseño político creado por Piñera y sus cercanos: Chadwick, Blumel, Pérez y Ampuero. Sin duda, las primeras señales son alentadoras; al punto, de que el entusiasmo de los primeros días ha inflado las expectativas y ya no se habla de 8 años, sino de 20 años. Este optimismo se ve reforzado cuando se observa un panorama económico a corto y mediano plazo auspicioso en el que se espera crecer en torno al 3.5% o un poco más.

¿En qué consiste el diseño político que ha puesto en movimiento el piñerismo?

Políticamente, se ha optado por un diseño político que se funda en la unidad, en los acuerdos y en el dialogo. De hecho, han insistido en la figura de la “retro excavadora” para diferenciarse de la gestión anterior en el sentido de que no vienen a destruir “lo existente”, sino que han llegado al gobierno para enmendar el rumbo y volver a la ruta del progreso y el desarrollo sobre la bases de los consensos que caracterizaron la primera transición: “lo aprobado se cumple”, se ha dicho desde Palacio.

Sin embargo, hay tres situaciones que debilitan la tesis de los acuerdos. Esta vocación de dialogo, se debilitada en primer lugar cuando observamos que ese llamado responde a una necesidad estratégica –ni siquiera táctica- debido a que el gobierno se encuentra con un parlamento empatado; y que, en consecuencia, requiere negociar y acordar con la oposición o parte de ella la aprobación de sus proyectos de ley. De algún modo, el éxito de la agenda legislativa del piñerismo depende de su capacidad política para articular y cerrar acuerdos: no hay alternativa. Es una cuestión política y técnica. Por tanto, la estrategia de los acuerdos no es una cuestión de “vocación, estilo ni convicción”; al contrario, es una obligación.

Una segunda debilidad, se encuentra en la tensión que se produce entre ese “llamado” y el tipo de gabinete que se ha instalado. Un equipo ministerial que articula experiencia política, saber técnico y coherencia ideológica. A estos rasgos hay que agregar un Piñera muy empoderado del cargo y del liderazgo, un sector cohesionado –cuyo hito es la reunión en Palacio Castillo con los parlamentarios-, un grupo de confianza y cercanos “a toda prueba” y una claridad de objetivos. Es evidente, que todos aprendieron la lección del primer gobierno. Sin duda, un gabinete rudo… muy rudo: un gabinete que no está diseñado para esos consensos.

¿A qué viene este gabinete?

El gobierno de Piñera tiene como objetivo político y económico restituir en el contexto de la sociedad del Chile de hoy el modo neoliberal de acumulación capitalista que se está debilitando desde las movilizaciones del 2011, sobre todo, desde el gobierno reformista de Bachelet. Su gabinete está diseñado para esa “misión”.

La inversión se convierte en el pilar y en la piedra filosofal del “rescate neoliberal”. El shock de inversiones encargado al Ministro Valente será el motor del crecimiento y la base para el desarrollo y el progreso de los chilenos. Esta fórmula, en consecuencia, no sólo es la llave mágica para el desarrollo socio-económico y para una mejor calidad de vida, sino también un pilar fundamental para el desarrollo social: “no sólo se trata de cifras” ha dicho Piñera y “los vulnerables no pueden esperar” ha afirmado el Ministro Moreno.

La presencia del ex CPC en el Ministerio de Desarrollo Social no sólo da cuenta de una política pública que busca eficiencia en el gasto social y crear un neoliberalismo inclusivo en el Chile de la segunda transición, sino también de que desde el gobierno se busca re-legitimar el rol social de los empresarios y restituir, de ese modo, la dañada relación entre sociedad y empresa. Una cara amable, que nos dice que la derecha si tiene vocación social.

Observamos, por tanto, que la restauración neoliberal de los “tiempos mejores” tiene como horizonte no sólo el crecimiento como condición para el desarrollo, el progreso y la calidad de vida, sino también la necesidad de crear un neoliberalismo inclusivo que haga sustentable el modelo de acumulación de tipo neoliberal que haga olvidar la promesa “contra-neoliberal” que encarnó Bachelet y encarna hoy el Frente Amplio y sectores de la Nueva Mayoría
Un tercer aspecto debilita la tesis de los consensos. Se trata, de que el “llamado” a los acuerdos se tensiona y aparece contradictorio con algunos hechos políticos de los primeros días; por ejemplo, el no rotundo y pausado a la Nueva Constitución, las acusaciones de que del gobierno anterior “le mintió a los chilenos” por la cifra del déficit estructural, el modo que se está usando para aprobar Dominga, el cierre de las licitaciones del Transantiago, la revisión de los últimos decretos de Bachelet, la modificación de los protocolos del reglamento de la ley de aborto en 3 causales y los cambios a introducir en la Ley Antiterrorista.

Vemos, por tanto, que la política de los acuerdos no se sustenta en forma ni en fondo. Este es, sólo el primer nudo político.
¿Qué puede frenar la política de la “restauración neoliberal”?
Resuelta evidente, en consecuencia, observar que el gobierno ha comenzado a operar con una “política de choque” que está en contradicción con el llamado al dialogo y a los acuerdos que han hecho desde el primer día. Como la política se realiza en varios planos, la estrategia de la “unidad y el garrote” aparece como si no tuviera contradicciones.
El llamado al dialogo, no obstante, se está haciendo operativo por medio del llamado que hizo el gobierno a conformar comisiones de trabajo en temas “prioritarios” y “nacionales”. En consecuencia, mientras por un lado, se llama a la unidad y se arman comisiones pre-legislativas, por otro, se tensiona el clima político por medio de un conjunto de decisiones políticas que han incomodado a la oposición: “no retrocederemos ni un metro en las conquistas logradas” se escucha desde distintos sectores de la oposición.

No obstante, esta ofensiva inicial ha sido tan bien evaluada que el sector ya empieza a soñar no sólo con la sucesión, sino también con 12 o más años de gobierno. Pero, como la política es gelatinosa y el resultado incierto, el éxito de la gestión se puede ver empañado no sólo a) por esta tensión inicial entre declaración de dialogo y la “política del garrote” que se ha ejecutado estos primeros días, sino también b) por lo incierto que resulta la implementación de la política social del proyecto neoliberal de la derecha piñerista y c) por los problemas que van a surgir por la sucesión presidencial.
El éxito del gobierno y el sueño de la sucesión, en consecuencia, dependen de que a) la tensión entre la voluntad de diálogo y la práctica política ejecutada no genere condiciones negativas para Piñera y con ello una revitalización de las oposiciones, b) que el modelo de un neoliberalismo inclusivo haga olvidar y contenga, el giro “contra neoliberal” y c) que el fuego amigo por cuestiones de sucesión presidencial sea neutralizado y retrasado.

A medida que vayan pasando los días veremos cómo el clima político se va pareciendo más a la primera transición o a la “polarización blanda” que caracterizó el ciclo reformista de Bachelet. Veremos, si las reformas se estabilizan o retroceden. Veremos, si las libertades retroceden, se estacan o aumentan. Lo claro, es que nuevamente el ciclo presidencial esta cruzado por la tensión: más modelo o menos modelo; más reformas o menos reformas; más neoliberalismo o menos neoliberalismo.

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