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PUC: ¿por la razón o por la fuerza?

por 1 junio, 2018

PUC: ¿por la razón o por la fuerza?
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En una columna publicada por este mismo medio, los profesores Beltrán Undurraga y Manuel Tironi, bajo el título “PUC: compleja, diversa y dialogante”, hacen referencia a la reciente toma de nuestra Universidad. En este contexto, aluden a la carta que dirigí al Rector mientras el campus central de nuestra Casa de Estudios se hallaba ilegalmente ocupado por un reducido grupo de estudiantes, expresando que yo no entiendo o no estoy dispuesto a aceptar las “transformaciones” que conducen a que la PUC sea una universidad “más plural, democrática y diversa”.

Como primera cuestión, sería interesante saber cuál es el fundamento en que se basa la afirmación de tales profesores. Por de pronto, nada hay en mi carta al Rector que permita sostener esa imputación, a menos que se estime que el hecho de oponerse a una medida en sí misma violenta y no consentir que el diálogo se imponga por la fuerza, constituye una actitud “anti democrática”. Y si tal fuese el caso, curiosa, por decir lo menos, la forma de concebir la democracia.

Ignoro, asimismo, si la imputación que me formulan se colige de opiniones que haya expresado en alguno de mis libros, publicaciones académicas o en la cátedra que imparto desde hace tres décadas en la misma Universidad. Francamente ‒insisto‒ desearía conocer en qué se sustentan los dichos de Undurraga y Tironi. El rigor intelectual que debe observar un académico, con mayor razón si manifiesta públicamente un parecer de este tipo, exige dar respuesta a estas interrogantes.

Como le manifestaba el Rector en mi carta, no se requiere de un mayor análisis para concluir que, en numerosas oportunidades, quienes promueven o defienden una determinada causa actúan animados por nobles propósitos. Las diferencias -y este es el punto esencial- tienen que ver con los medios que una persona o grupo de personas está dispuesto a emplear para alcanzar esos mismos fines o ideales.​ Las más de las veces, eso es lo que distingue a las personas, y no precisamente sus intenciones.​

En segundo término, expresan los autores de la columna que en mi carta al Rector condeno “la disposición al diálogo y el entendimiento que muchos/as profesores/as de la UC apoyamos enérgicamente”.

Nuevamente se trata de una afirmación carente de todo fundamento. Basta una simple lectura de mi carta para deducir que mi reproche dice relación con las acciones y omisiones en que incurrió nuestra máxima autoridad al ceder ante el flagrante atropello a los derechos de quienes integramos esta comunidad universitaria, quienes nos vimos impedidos de desarrollar normalmente nuestras actividades académicas a consecuencia de un acto de fuerza abiertamente ilegal.

Como puede advertirse sin mayor dificultad, nada de lo expuesto en mi carta implica que se revele por mi parte una negativa a consentir “transformaciones”, “reconocer diferencias” oponerse a una universidad “democrática” o “pluralista”. Es más, coincido plenamente con dichos postulados y de ello dan cuenta 30 años de ejercicio docente en la PUC.

Como le manifestaba el Rector en mi carta, no se requiere de un mayor análisis para concluir que, en numerosas oportunidades, quienes promueven o defienden una determinada causa actúan animados por nobles propósitos. Las diferencias -y este es el punto esencial- tienen que ver con los medios que una persona o grupo de personas está dispuesto a emplear para alcanzar esos mismos fines o ideales.​ Las más de las veces, eso es lo que distingue a las personas, y no precisamente sus intenciones.​

En consecuencia, y centrando el debate en lo que realmente me diferencia de los autores de la columna, no existe una real discrepancia en los objetivos que los inspiran a ellos o a mí. De lo que realmente se trata es de determinar cuáles son los medios que resulta deseable y lícito emplear para que se produzca un diálogo auténticamente libre y democrático, propio de una Universidad. Para ellos, resulta legítimo recurrir a la violencia y a la fuerza inherentes a una toma; para mí, solo es posible en un ambiente que se ajuste a la legalidad y con pleno respeto a los derechos de todos quienes formamos parte de la comunidad universitaria.

¿Cuál de las dos posiciones se condice más con el espíritu, método y finalidad que debe guiar el quehacer de una Universidad? Por ahora, dejemos que juzgue el lector …

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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