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Educación no sexista, identidades y convivencia escolar

por 18 junio, 2018

Educación no sexista, identidades y convivencia escolar
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“Nos matan por ser mujeres, mapuches y trabajadoras. Por una educación no sexista” Eso decía un cartel pegado en una calle del centro que me hizo pensar en varias cosas. Aquella frase, en el marco de las demandas actuales, adelanta sin querer algo que no se resuelve de manera sencilla. Porque aunque el mensaje reviste múltiples interpretaciones, avanzar hacia una educación no sexista apunta a una serie de desafíos que apenas empiezan a ser discutidos.

Primero, si la educación no sexista tiene que empezar por la escuela, hacerse cargo del currículo parece lo más elemental. Cambiar guías y materiales, usar lenguaje inclusivo, ampliar el número de autoras en los textos escolares, volver explícitas las condiciones que han silenciado a las mujeres en los libros de ciencias y filosofía –por nombrar algunos ejemplos- son cuestiones que aunque lentas, son relativamente “fáciles” de hacer. Pero hay algo mucho más complejo. Porque la educación no sexista requiere también hacerse cargo del currículo informal, aquello que sucede de modo estructurado en la escuela y que va más allá de los planes escritos. Es allí, en los patios, en las bromas, en la expresión de la cultura juvenil, en la vestimenta de los adultos, donde se reproducen parte importante del sexismo que caracteriza el funcionamiento social. Desde ese punto de vista la educación no sexista implicaría regular entonces también esta convivencia.

Segundo, como parece imposible regularlo todo, lo importante sería problematizar las relaciones cotidianas. El sexismo no se mantiene solamente a partir de la diferencia entre hombres y mujeres, sino que también mediante otros marcadores sociales de la diferencia. Porque si volvemos sobre la escuela, ¿cómo se define la identidad de hombres y mujeres dentro de ella? ¿Solamente en virtud de sus genitales y partidas de nacimiento? ¿O depende de la escuela que se analiza? ¿Influye que esta sea laica o confesional en el modo como se entiende lo masculino y lo femenino? ¿Que sea un establecimiento que privilegie la academia o que, por el contrario, sea insigne en el deporte mirando por lo tanto de distinta forma el cuerpo? ¿Depende que se localice en el campo o la ciudad? ¿Que tenga mayor o menor proporción de hijos de inmigrantes? ¿Cómo los hombres y las mujeres de una escuela rica observan lo masculino y lo femenino en una escuela pobre donde realiza trabajos voluntarios? ¿Cómo los estudiantes de esta última devuelven la mirada? ¿Esa mirada cambia el proyecto educativo?

El defendido siempre debería tener derecho a usar su propia voz. En el ejemplo del cartel era imposible saber si quien lo escribía era una mapuche trabajadora, o era otra mujer que quizás movilizaba una solidaridad apurada. Porque así como en la escuela podríamos aprender cómo los pueblos originarios fueron despojados de soberanía, deberíamos también aprender cómo en la convivencia diaria también hay quien decide no replicar esa misma violencia para apelar a otras formas de resistencia diferentes. Cuando se permite realmente esa expresión de individualidad, tal vez se entiendan nuevos modos de ser mujer, nuevos valores asociados al trabajo personal, nuevas formas de escaparle al sexismo. De otro modo, el mensaje puede resonar sin consecuencias.

Tercero, una educación no sexista, si de verdad quiere cambiar el modelo, tendría que necesariamente hacerse cargo de todos los detalles anteriores, pues de otro modo las formas de dominación tradicional pueden fácilmente cambiar de eje igualando hombres y mujeres, pero diferenciando hombres entre sí y mujeres entre sí. Pensemos en el caso de una alumna “blanca” que se burla de una compañera mapuche diariamente ¿Aquella suspende su solidaridad de género para ponerse del lado de los “nacionales” en la broma? ¿Cómo la feminidad de esa mujer se construye a partir de esto?  Llevado a la convivencia escolar, el desafío entonces es enfrentar cómo se va construyendo la identidad individual actual. Y para hacerlo, cabe recordar una regla de oro. Salvo contadas excepciones, la convivencia democrática exige respetar el derecho a elegir la categoría desde la cual cada uno quiere ser identificado. Esto nos plantea entonces dos desafíos importantes: el primero, indagar siempre cómo una persona entiende su propia identidad. Situar el privilegio sólo en lo masculino deja en la sombra el privilegio que ciertos hombres tienen para elegir cómo ser vistos. Un claro ejemplo es aquel que permite a los “zorrones” algún gesto homoerótico que nunca es igual de sancionado que para el caso del “fleto” del curso.

Pero quizás el segundo desafío es todavía más relevante. El defendido siempre debería tener derecho a usar su propia voz. En el ejemplo del cartel era imposible saber si quien lo escribía era una mapuche trabajadora, o era otra mujer que quizás movilizaba una solidaridad apurada. Porque así como en la escuela podríamos aprender cómo los pueblos originarios fueron despojados de soberanía, deberíamos también aprender cómo en la convivencia diaria también hay quien decide no replicar esa misma violencia para apelar a otras formas de resistencia diferentes. Cuando se permite realmente esa expresión de individualidad, tal vez se entiendan nuevos modos de ser mujer, nuevos valores asociados al trabajo personal, nuevas formas de escaparle al sexismo. De otro modo, el mensaje puede resonar sin consecuencias.

Porque, finalmente, lejos de querer cambiar las cosas, probablemente hay muchos hombres que se sientan ajenos al cartel si los identifican con un asesino de mujeres y muchas mujeres que digan que esa frase no va para ellas. Pero no será lo mismo cuando ambos reflexionen respecto a cómo tratan día a día a quien consideran diferente.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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