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¿Disminución de la pobreza o rehenes del capitalismo?

por 3 septiembre, 2018

¿Disminución de la pobreza o rehenes del capitalismo?
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Los datos de la encuesta Casen del 2017 demuestran una leve disminución de la pobreza de un 11,7% a un 8,6% (principalmente gracias a las ayudas estatales), y una mantención, e incluso aumento de la desigualdad, por ejemplo en el indicador 20/20, según el cual la brecha entre el 20% más rico y el 20% más pobre de la población, se amplió de forma significativa. Estos datos refrendan la promesa del capitalismo: aumentar los niveles de vida, aunque sea muy marginalmente, a cambio de la mantención, incluso una profundización, de una sociedad monstruosamente desigual, moralmente enferma.

El gobierno ha salido a interpretar diligentemente las cifras, tratando de instalar el debate en los mismos términos en que lo planteaba hace cuatro décadas el thatcherismo/reaganismo, en plena Guerra Fría: el único camino para superar la pobreza es el crecimiento, la desigualdad no tiene importancia y, además, es inabordable.

Llega a dar vértigo cómo la derecha se da vueltas sobre este argumento sin ningún tipo de reflexión más de fondo. En Estados Unidos, la preocupación por la “desigualdad” ha dado lugar a una serie de estudios sobre la “envidia” (que es, en verdad, como algunas personas de derecha  perciben la necesidad de construir una sociedad más igualitaria): Preocuparse por las diferencias socioeconómicas sería en verdad una especie de “política de la envida”. En vez de investigar la exclusión, o la injusticia social, lo que algunos académicos estudian ahora es por qué a algunas personas, para ser felices, les importa no sólo que ganan ellas, sino también lo que obtienen los demás.

En verdad, esta discusión entre pobreza y desigualdad no tiene mucho sentido en los términos que está planteada. La crisis del capitalismo –que se expresa no sólo en Chile, sino a nivel mundial–, no tiene que ver con la reducción de los niveles de pobreza, sino casi con lo contrario, con el hecho de que, a pesar de que la pobreza absoluta se reduce gradualmente, la sensación de exclusión y marginalidad respecto de los beneficios crecientes que genera la sociedad, se mantiene, incluso aumenta. Las sociedades que se desarrollan materialmente –como es el caso de Chile–, logran hacer pasar por sobre la línea de la pobreza a un segmento creciente de la población, pero en cuanto lo hacen, muchas de esas personas se dan cuenta que se mantienen en la misma precariedad relativa.

En Chile, opinólogos de la talla de Carlos Peña, ensayan una especie de defensa ontológica del sistema de libremercado, con el argumento de que la reducción de la pobreza (el aumento de los ingresos) se justifica no sólo como un incremento material, sino porque permite que los seres humanos sean más autónomos (la autonomía es importante para Peña, ya se sabe). A la larga, este tipo de argumentos toma la forma de una especie de eugenesia social, planteando la esperanza de que en cierto momento social, virtud del desarrollo económico, todos los seres humanos van a alcanzar una especie de “autonomía total”.

En verdad, esta discusión entre pobreza y desigualdad no tiene mucho sentido en los términos que está planteada. La crisis del capitalismo –que se expresa no sólo en Chile, sino a nivel mundial–, no tiene que ver con la reducción de los niveles de pobreza, sino casi con lo contrario, con el hecho de que, a pesar de que la pobreza absoluta se reduce gradualmente, la sensación de exclusión y marginalidad respecto de los beneficios crecientes que genera la sociedad, se mantiene, incluso aumenta. Las sociedades que se desarrollan materialmente –como es el caso de Chile–, logran hacer pasar por sobre la línea de la pobreza a un segmento creciente de la población, pero en cuanto lo hacen, muchas de esas personas se dan cuenta que se mantienen en la misma precariedad relativa.

Así, el desarrollo material de las muy vulnerables clases medias se asemeja en realidad a la paradoja de Aquiles y la tortuga. Desde un punto de vista relativo, Aquiles jamás alcanzará a la tortuga. El caso de las personas que “salen de la pobreza” en un esquema capitalista es muy similar a la lucha infructuosa de Aquiles. En virtud del crecimiento económico (ie. chorreo), un segmento de la población, con mucho esfuerzo y sacrificio, logra asomarse por sobre la línea de la pobreza. Pero en cuanto lo ha hecho, se da cuenta que la sociedad, en el mismo lapso, ha generado nuevos bienes y servicios, de los cuales nuevamente está excluida. Materialmente está mejor que hace una década, probablemente tiene mejores instalaciones en su hogar, mejores artefactos y más equipamiento. Pero en un sentido social, no está más integrada a la sociedad, se ha generado una nueva forma de desigualdad. Su leve mejora material se transforma así simplemente en una “coartada moral” para justificar una sociedad que sigue siendo desigual, e injusta.

Es necesario comprender que la pobreza, no es una cuestión absoluta, numérica, tampoco es una especie de ratio de autonomía, sino que es cuestión esencialmente relativa, responde a la pregunta de en qué medida cada persona participa de la sociedad a la que pertenece. De esta forma, la pobreza es desigualdad, pues se define –tanto interna como externamente–, como una a relación de exclusión frente a los beneficios que genera una sociedad.

Las prestaciones de salud ofrecen un ejemplo muy claro de esto. Con el avance de la ciencia médica, y las nuevas tecnologías, es indudable que cualquier persona tiene hoy una mejor salud que hace, digamos, 20 ó 30 años. Es probable, de hecho, que una persona pobre hoy, tenga una mejor salud, acceso a mejores tratamientos, y mejor esperanza de vida, que una persona rica de hace varias décadas. Pero esto no significa que hoy dicha persona deje de ser pobre, precisamente porque la pobreza no es una línea absoluta, que se traspasa de una vez y para siempre, y jamás se obtendrá, por cierto, la “salud total”. En el caso de la salud, queda muy claro que la pobreza no es una cifra absoluta, sino que dice relación más bien con el acceso que tienen las personas a los tratamientos y medicamentos que la sociedad es capaz de producir. Se trata por tanto, esencialmente, de un tema de integración social, del cual forma parte un componente básico de justicia.

A un grupo importante, mayoritario de personas, el capitalismo les ofrece una sensación ilusoria de que están avanzando, están mejorando su nivel de vida, pero a las que en el fondo mantiene en el mismo nivel de desigualdad, a partir de cambios macrosociales sobre los cuales las personas no tienen ningún control. Es cierto que las nuevas “clases medias”, en el sentido más amplio del término, depositan su esperanza en la promoción y mejoramiento de sus situación a través del esfuerzo y la agencia individual,  pero este sueño hace sentido sólo en un contexto sociocultural que ha compartimentalizado la experiencia en casilleros individuales, sin conexión entre sí. Desde esta perspectiva estrictamente individual, las personas terminan siendo “rehenes del capitalismo”, en una situación donde la única alternativa posible es tratar de medrar por cuenta propia, a veces a sabiendas que este esfuerzo puede resultar a la larga fútil.

En el nuevo contexto ideológico del siglo XXI no tiene mucho sentido preguntarse por la importancia de la pobreza “versus” la desigualdad, sino más bien por la necesidad de construir nuevos marcos ideológicos que permitan comprender que la pobreza, en el fondo, es desigualdad, y que el objetivo social para superar el capitalismo, no tiene que ver con eliminar la “pobreza” (en términos absolutos), sino construir una sociedad con más vías de integración donde se supere gradualmente la exclusión.

Toda un desafío para la reflexión de izquierda de hoy, que se encuentra todavía atrapada en categorías y coordenadas que parecen más propias de la Guerra Fría que del momento actual.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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