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El liceo del orden y el liceo del caos

por 7 octubre, 2018

El liceo del orden y el liceo del caos
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El Liceo es todavía un emplazamiento cuyo terreno cubre una cuadra a la redonda, al comienzo o al final de la Alameda, según cómo se acceda a ella: es el Liceo de Hombres. Una institución de apariencia siempre añosa, que albergaba un incierto halo de plenitud, una forma de armonía que pocas cosas ostentaban en la pobre provincia; desde luego, el Liceo de Niñas y una que otra oficina gubernamental, las oficinas del correo quizás y poco y nada más. El resto estaba en o iba a la ruina.

Su nave central, mirada desde la Alameda, el edificio bajo cuyo techo se ubican las oficinas centrales del Liceo, asoma cual navío, cuya proa aspira al cielo, señalando un norte, un camino, un destino hacia las afueras, una invitación simbólica a salir más allá de los reducidos límites de la ciudad. El resto, las ramificaciones de la edificación central, se despliegan desprendiéndose de esta nave en básicamente dos direcciones que, cual brazos extendidos, parecen esquejes de la planta principal, al centro de las cuales estaba la cancha de fútbol, el patio, los estudiantes congregados en sus momentos de “alegre expansión”, como reza el himno. El espacio común se abre desde el centro como un delta invertido, mientras en sus márgenes se dibujan -supongo que así se vería desde una cierta altura- dos líneas de pequeñas cajas, separadas una de otras por paredes tenues que evitaban pasar la vista -que no la voz- de un lado al otro. Eran los pasillos de la circulación cotidiana y la seguidilla de salas de clases.

Temo, o sugiero, que no debemos dejarnos subyugar de nuevo. Aquel Liceo, aquellas aulas seguras, reguladas y ordenadas, si me preguntan, no fueron por sí mismas una experiencia que aprecie. Si me preguntan, con todo, conservo de ellas a los pocos amigos que hice a lo largo de mi vida, con quienes compartimos -así nacen y permanecen las amistades, después de todo- ese sentido entre cómico y trágico, que deriva de recordar los años forzadamente masculinos, alevosamente inferidos, acaso por el deseo de hacer de nosotros mejores personas.

Nosotros, sin embargo, no habitábamos en esas de cajas ni circulábamos por esos pasillos. Ocupábamos el edificio anexo: “nosotros”, éramos los estudiantes seleccionados, elegidos, mediante la rendición de un examen, que permitía ingresar al Liceo en 7º de la Enseñanza Básica. Egregios. Afortunados. También aislados. Arrinconados, además, en un patio de uso exclusivo, que impedía la mezcla de nosotros con los otros, por ser nosotros demasiado pequeños, demasiado grandes ellos, para comenzar con las diferencias que luego sumaban la edad, la disciplina y, cómo si no, la promesa de éxito o la predicción de fracaso. Todo lo cual se ordenaba en una secuencia alfabética degradada desde la A a la K, supongamos, isomorfa con la hilera de cajas.

Caminábamos desde nuestros barrios hacia el Liceo, yo mismo lo hacía con los amigos de mi población, desde el oriente de la ciudad; debíamos separarnos al acercarnos al Liceo, sin embargo, puesto que yo accedía a mi sector por una calle lateral al anexo; ellos, en cambio, pasaban al interior por la puerta principal. Luego, durante la mañana, no volvía a verlos, sino una vez en la población nuevamente, terminada la jornada escolar, que nos devolvía a la condición de origen, que terminaba con esa epojé de por la mañana. Eso pasaba con mi hermano y conmigo, inclusive: él era de allá, parte de todos; yo, en cambio, pertenecía al grupo egregio. Y aunque mi hermano seguía siendo tal, pese a las separaciones y muros, temporales y espaciales, la relación familiar era suspendida todas las mañanas, cinco días a la semana.

Corría el año 78. El anexo y su patio, y su baño y su pasillo, las dependencias “nuestras”, distintas de las de ellos. Uniforme limpio y correctamente provisto: la camisa celeste limpísima, en el tono con una chaqueta de lanilla y una corbata azul; la insignia cosida sobre la indumentaria, estrictamente alineada por la mano maestra de la madre; el pelo corto y el peinado recio; juegos con reglas, apenas un ruido, un leve grito enturbiaba, si acaso, la alegre ceremonia, pero nada de desorden. Los estudiantes organizados en fila recta antes del ingreso a la sala, de pie, cuando el ingreso del profesor; expresando respeto ante las profesoras, temor ante los profesores. Educados, se decía. Ordenados con vigor, atentos con silente rigor. El aula era segura. Regulada y ordenada.

Apenas unos niños, con todo, con entre 11 y 12 años como mucho, proveníamos de escuelas fiscales -antes de la municipalización- y nuestros padres aspiraban al anhelo de ver a sus hijos crecer y madurar, en orden, con disciplina, evitando el riesgo del caos acechante en las calles, en los espacios no seguros, no regulados, no ordenados. Sustraídos del caos que amenazaba desde el pasado reciente de la UP, que nos era presentado como el tiempo del marasmo. Habíamos nacido en los años en que lo sólido desvanecido en el aire, por obra del marxismo internacional avencidado en Chile, volvía a cristalizar ahora, con la dictadura, en texturas firmes, en estructuras fijas, paramilitares.

Se me ocurre que este es el Liceo que se añora hoy, cuando se pretende asegurar las aulas mediante un disciplinamiento que excede los recursos convencionales de la pedagogía y alcanza, más bien, las formas del brazo coercitivo del sistema de justicia. Puesto que conservamos el recuerdo del Liceo del orden, queremos volver a él, sin solución de continuidad. Pero el Liceo de hoy, para que vuelva a ser el del orden, debe identificar dónde se incuba el caos y extirparlo entero, de raíz, de ser necesario. Se pretende traer al presente, el Liceo de fines de los años setenta, el Liceo que organizara en su umbral la Dictadura, para disciplinar, también en su umbral, al ciudadano que votaría el Plebiscito de fines de los 80, que luego participara, con su desidia característica, en la democracia recuperada de los noventa. Atenazados entre dos fuerzas, entre la apariencia del orden apolíneo, que se incubara a comienzos de los ochenta, y la apariencia de caos dionisiaco, que sobrevino tras el cambio de siglo, se nos exige escoger entre uno y otro, como si no hubiera más. Suerte de kitsch binominal, educativo esta vez.

Temo, o sugiero, que no debemos dejarnos subyugar de nuevo. Aquel Liceo, aquellas aulas seguras, reguladas y ordenadas, si me preguntan, no fueron por sí mismas una experiencia que aprecie. Si me preguntan, con todo, conservo de ellas a los pocos amigos que hice a lo largo de mi vida, con quienes compartimos -así nacen y permanecen las amistades, después de todo- ese sentido entre cómico y trágico, que deriva de recordar los años forzadamente masculinos, alevosamente inferidos, acaso por el deseo de hacer de nosotros mejores personas.

No hemos sido mejores en ese sentido, desde luego. Pero lo somos, no por la seguridad en que experimentamos el final de la niñez, ni por la regulación estricta ejercida sobre el espacio, sobre el tiempo, sobre los cuerpos y sobre las mentalidades, no por, en fin, el imperativo por la corrección imperante. Fuimos mejores a pesar de eso y esta es la pirrónica victoria que cantamos cada tanto, cuando con el himno liceano, decimos que la mejor parte del Liceo -que es también nuestra mejor parte- su “obra eficaz”, no fue el trabajo ni por fecundo ni por tenaz, sino que todo se armó, todo cobró sentido, cuando hubo distensión y relajo, cuando la juventud desabrochó un salvaje alboroto. Cuando, digamos, nuestra juventud fue joven y, como el mejor signo de juventud, cuando creíamos que no había perfección en nada. El lazo más estrecho entre la reforma escolar y la cultura, dice Benjamin, es precisamente la fe en la juventud que es igual a la fe en el futuro.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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