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Brasil: Apagando el Incendio con Bencina

por 11 octubre, 2018

Brasil: Apagando el Incendio con Bencina
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Las elecciones del pasado domingo en Brasil dejaron un mensaje claro: la ciudadanía busca soluciones radicales para erradicar la corrupción, la violencia, la delincuencia y la extrema pobreza. Los casos de corrupción, iniciados por el famoso caso lava jato, despertaron sin lugar a dudas una ola de reacciones contrarias al establishment político. No olvidemos que la corrupción en Brasil se extendió de manera transversal, viéndose involucrado prácticamente todo el espectro político. Incluso esto escaló a la presidencia, donde el mismo mandatario en ejercicio, Michelle Temer, fue sorprendido mediante grabaciones en medio de escándalos asociados a sobornos (sin olvidar la situación de Lula da Silva). Esto, más otros factores, como el progresivo giro a la derecha en la región, más la situación ocurrida en Venezuela y Nicaragua, no han dejado mayor margen al Partido de los Trabajadores (PT) como opción atractiva para mayoría de brasileñas y brasileños más allá de la figura de Lula.

Es en estas condiciones cuando la ciudadanía tiende a levantarse e ir a las urnas optando por candidaturas extremistas. Total, cuando no hay nada que perder, mejor apostar por alguien que viene desde afuera (asumiendo que esta es la manera de pensar de aquellas y aquellos que votaron por Bolsonaro). Sin embargo, las y los electores que desean ver soluciones inmediatas sin importar el costo,  posiblemente estén contribuyendo a agravar la crisis aún más.

Es claro que la probabilidad de Bolsonaro de ganar la segunda vuelta presidencial es altísima. El rotundo 46% obtenido, en comparación al 29% alcanzado por su más cercano perseguidor, Fernando Haddad (PT), hacen imprevisible que la situación de un giro en 180 grados en las próximas tres semanas. Entonces, asumiendo que en pocos días Bolsonaro obtendrá oficialmente el triunfo en las urnas, hay elementos que valen la pena mencionar y que se puede resumir en un solo concepto: la opción más radical no es sinónimo de buen gobierno.  

De ganar, Bolsonaro tendrá que hacer frente a la institucionalidad brasileña: un poder legislativo altamente fragmentado, donde la formación de coaliciones es un elemento esencial si es que el futuro presidente desea avanzar en su programa. Los resultados de las elecciones legislativas exhiben para los próximos cuatro años, como nunca antes en la historia de Brasil tras el regreso a la democracia, un nivel de fragmentación partidaria tan alto, donde solo en el Senado, habrá una veintena de partidos políticos. En consecuencia, por la vía legislativa, se ve altamente improbable que la presidencia logre los cambios radicales que promete.

De ganar, Bolsonaro tendrá que hacer frente a la institucionalidad brasileña: un poder legislativo altamente fragmentado, donde la formación de coaliciones es un elemento esencial si es que el futuro presidente desea avanzar en su programa. Los resultados de las elecciones legislativas exhiben para los próximos cuatro años, como nunca antes en la historia de Brasil tras el regreso a la democracia, un nivel de fragmentación partidaria tan alto, donde solo en el Senado, habrá una veintena de partidos políticos. En consecuencia, por la vía legislativa, se ve altamente improbable que la presidencia logre los cambios radicales que promete.

Pese a lo anterior, el presidente puede usar sus atribuciones constitucionales más extremas, vale decir, salir de la moderación que marcaron los gobiernos del PT por más de una década.  Pese a esto, existen controles horizontales (como la justicia constitucional), los cuales, habrá que ver con cuanto nivel de independencia son capaces de actuar. Más aún, está por ver si las cortes son capaces de hacer frente a un gobierno que en principio se ve como altamente popular. Independiente del escenario, la crisis se profundizará, sea porque el presidente será incapaz de cumplir con su programa vía proceso legislativo o porque en su afán de cumplir, el debilitamiento de las instituciones de contrapeso será más que evidente. No olvidemos que este es uno de los grandes problemas por lo que está pasando el gobierno de Donald Trump en los Estado Unidos: no cumplir sus promesas en materia de política doméstica porque se han impuesto los bloqueos legislativos (¡en un sistema bipartidista!) y los controles judiciales y constitucionales.  

Bolsonaro, como solución a la corrupción y a la violencia también puede ser interpretado como un error. Sus vínculos con los militares, además de la alta probabilidad de tener que realizar concesiones para obtener apoyos legislativos, hacen imprevisible una solución radical a este problema, donde tampoco su programa tiene una política bien estructurada más allá del discurso asociado al caiga quién caiga. De igual forma, la búsqueda de una solución autoritaria a la corrupción es otro error. De acuerdo a los datos que provee el sitio Varieties of Democracy (v-dem.net), los mayores niveles de corrupción en América Latina desde 1950 hasta nuestros días, fueron exactamente en el periodo 1965-1975. Es decir, en medio de las dictaduras militares. Por ende, la opción autoritaria de Bolsonaro, no representa, a la luz de la evidencia, una solución a este problema. Adicionalmente, bajo condiciones no democráticas, la represión policial y militar sin duda aumentará, por lo que es posible ver mayores niveles de violencia en los sectores populares, base de apoyo fundamental para la candidatura del, ahora favorito para ganar las elecciones.

En conclusión, Bolsonaro, como opción que representa el radicalismo y la progresiva introducción del autoritarismo en Brasil, difícilmente logre cumplir con sus promesas, sea por la alta fragmentación partidaria en el congreso o porque el debilitamiento de las instituciones agravará aún más la crisis. De igual manera, encarnar en su figura la solución final a la corrupción y  la seguridad es un error, ya que el incremento de la represión en los sectores populares solo termine convirtiendo al gobierno en otro régimen autoritario, donde el poder de turno solo gobierna para una pequeña elite, sin solución alguna a las esperanzas depositadas por las y los electores, sobre todo de los sectores más pobres (los que apresuradamente no están viendo los costos negativos para la democracia). Ante este posible escenario, se pueden sacar múltiples lecciones para el caso chileno, donde aún se está a tiempo para resolver los problemas de fondo por los que atraviesa nuestra institucionalidad.  En lo que a Brasil respecta, sin duda la ciudadanía está apagando el fuego con bencina, al punto que, con toda seguridad, el remedio será peor que la enfermedad: la violencia y la represión policial-militar aumentarán, la corrupción escalará y la institucionalidad indudablemente se debilitará sin existir soluciones reales a los problemas de la gente común.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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