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De pisar el palito al rearme popular

por 12 octubre, 2018

De pisar el palito al rearme popular
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Digámoslo con todas sus letras, en Brasil hemos sido duramente derrotados. Esta vez, no ante un mero empresario neoliberal como en el caso chileno, sino que ante un ex militar nacionalista, negacionista, conservador, defensor de la dictadura y sus asesinatos, promotor de más asesinatos en la misma y en la actualidad, racista, xenófobo, homofóbico, machista, clasista, apologeta y reivindicador de la tortura y todo lo que sabemos, pero sí, por él hemos sido derrotados con los votos de una parte no menor de los sectores populares.

Hay quienes podríamos decir que, pese a ser parte del amplio abanico de la izquierda, no tenemos mayor responsabilidad en esta derrota; que el proyecto del PT reformado que encabezó Lula y Dilma no es nuestro proyecto; que nosotros no hemos sido los corruptos; que la traición a un  genuino proyecto popular la cometieron otros, entre varias cosas más. Y si bien hay un grado de razón importante en todo eso, debemos ser claros que no es lo fundamental. También somos responsables de esta derrota a causa de nuestras omisiones e incapacidades.

Este golpe de realidad, más duro que el que vivimos con el triunfo de Sebastián Piñera de manera directa, espanta y nos deja perplejos por la brutalidad del personaje y sus planteamientos, sin embargo, en Brasil y al igual que en Chile, la derrota de la izquierda viene de hace bastante más tiempo y, pareciera, que nos hemos resistido a mirarla en profundidad.

Como izquierda chilena claramente no tenemos responsabilidad directa o inmediata del estado en que se encuentra la izquierda brasileña, pero como parte de la izquierda latinoamericana, que al menos se haya estancada en términos proyectuales o estratégicos, sí hemos de asumirnos medianamente responsables desde la cuota que nos corresponde como actores de la política chilena.

Tanto en Brasil como en Chile, al menos en los últimos veinte años se han dado procesos similares –guardando las proporciones– pues más allá que en ambos pueblos se ha buscado –y logrado– alcanzar cuotas de mayor justicia social e inclusión a través de las políticas de gobiernos de centro-izquierda –más a la izquierda y más al centro unos y otros–, se han ensayado fórmulas que no permitiesen menoscabar o dañar el patrón de acumulación y desarrollo neoliberal. Al mismo tiempo, y aquí parte importante de nuestra responsabilidad, las izquierdas de nuestros pueblos nos hemos extraviado en la desorientación política estratégica, es decir, en la falta de un proyecto popular que, además, acusamos traicionaron algunos de aquellos que se han hecho del poder, a la vez que nos hemos refugiado en mezquindades, identidades autorreferenciales, ambigüedades, zonas de confort y una política contingente sin gran sentido de la realidad actual que nos aqueja como pueblos, oprimidos y explotados.

Esos extravíos y esas desorientaciones –claro está que con más de algún acierto– sin duda que responden al naufragio ocasionado por el derrumbe del campo e ideario socialistas conocidos durante el siglo XX, no obstante, también son frutos de las propias aprehensiones y falta de capacidades críticas y co-creativas que cimentaran la tarea de reconstruir y rearticular el proyecto popular, desde la realidad histórica que nos ha tocado enfrentar con el desarrollo y la hegemonía del capitalismo neoliberal y la consecuente precarización de vida y expectativas de los sectores populares e, incluso, de los sectores medios.

Señalo lo anterior porque los extravíos y desorientaciones que hemos protagonizado como izquierda de tradición socialista, son también elementos –no menores por cierto– que han permitido que el enfrentamiento al modelo sea “sin tocarlo” y, por ende, han sido ingredientes  que han propiciado que las políticas económicas y sociales que se han implementado, se den en un marco de gobiernos de centro-izquierda que han administrado el modelo buscando dotarlo, en el mejor de los casos, de mayores grados de humanidad.

Sin embargo, lo anterior no puede seguir contribuyendo al extravío ni a la desorientación, pues el rearme práctico, político e ideológico que hemos de realizar y profundizar como izquierda, debe ir de la mano de la reconstrucción, reconfiguración y rearticulación de un proyecto popular estratégico, es decir, de un proyecto de largo aliento para el Chile del siglo XXI, y que se vaya haciendo cargo de los problemas del presente, con una genuina radicalidad tendiente a construir y fortalecer una democracia revolucionaria que se encamine al socialismo creadora y creativamente.

Dichas políticas que, en el fondo, han servido como colchón del programa de la derecha política y económica que derrotó al socialismo del siglo XX, si bien han generado un grado menor de seguridad social y económica, estas seguridades han sido organizadas según el esquema del ADN neoliberal.

Es por esta razón que no se han podido –o querido– evitar las grandes brechas de desigualdad; la extrema concentración de la riqueza; la precarización del empleo y de la vida; la explotación y la exclusión; una gentrificación clasista y estigmatizada de las ciudades; el crecimiento de la delincuencia; el fortalecimiento del narcotráfico en los sectores populares; la depredación del medio ambiente; la generación de “zonas de sacrificio”; el lucro con los derechos sociales; la corrupción, entre otros puntos que, precisamente, son abordados por el fascismo de Bolsonaro en Brasil y de José  Antonio Kast en Chile, desde un discurso pragmático y totalizante, echando mano a una supuesta ética altruista que toma distancia con “la política” que no se preocupa de estos problemas que afectan a la población común y que son productos de los “gobiernos de izquierda”.

Dicho de otro modo, nuestro letargo, condescendencia, falta de claridades, acción y capacidades, han contribuido no solo a que se administre el modelo desde gobiernos progresistas o de centro-izquierda, sino que también han propiciado, indirectamente, el surgimiento de referentes nacionalistas y derechamente fascistas, que se levantan criticando y disfrazando las consecuencias propias del neoliberalismo, como el resultado de las políticas de la “izquierda” –metiéndonos a todos en el mismo saco– que ha gobernado en estos años. Es decir, y como dice el sabio dicho popular, hemos estado “pisando el palito” de hacer, en el caso de algunos, y de dejar hacer, en el caso nuestro, el trabajo de la derecha.

Con todo, esta mirada crítica y autocrítica de lo realizado y dejado de hacer como izquierda socialista, no pretende quedarse en el autoflagelo ni el paso de facturas morales, por el contrario, busca ser un ejercicio de reflexión para la acción política y un llamado de alerta y a pensar con claridad –y los pies bien puestos en la tierra– los cauces de dicha acción.

En esto último me atrevo a realizar algunos planteamientos. Por una parte, hemos de asumir que se viene un arduo trabajo, y que si bien la tarea de la unidad se hace más urgente, ésta no puede darse desde la desesperación, ni menos omitiendo la corrupción que ha existido o los involucramientos que algunas fuerzas y liderazgos han tenido en ella, en contraste, la unidad hemos de propiciarla desde abajo, en perspectiva de lucha y de propuestas concretas que se hagan cargo de la realidad histórica que vivimos como pueblos.

Por otra parte, como izquierda que queremos ser y hacer desde lo popular y que recogemos la tradición socialista, no podemos prescindir de los sectores populares y sus legítimas preocupaciones, por lo que más allá de continuar haciéndonos cargo de reivindicaciones que tienden a la igualdad de derechos sociales y humanos para todes –cosa hay que seguir haciendo con fuerza porque para luchar hay que primero poder vivir–, hemos de dotar esas reivindicaciones de la mirada y realidad de los más postergados, junto con asumir y levantar las realidades que más les aquejan y que se viven en lo cotidiano, tales como la falta de trabajo o el empleo precario, la inseguridad, el narcotráfico, la desigualdad en la vivienda, las pensiones de miseria, la relación con las migraciones, entre otros aspectos.

Sin embargo, lo anterior no puede seguir contribuyendo al extravío ni a la desorientación, pues el rearme práctico, político e ideológico que hemos de realizar y profundizar como izquierda, debe ir de la mano de la reconstrucción, reconfiguración y rearticulación de un proyecto popular estratégico, es decir, de un proyecto de largo aliento para el Chile del siglo XXI, y que se vaya haciendo cargo de los problemas del presente, con una genuina radicalidad tendiente a construir y fortalecer una democracia revolucionaria que se encamine al socialismo creadora y creativamente.

Si logramos ir avanzando en ello con decisión pero a la vez con humildad en nuestras relaciones, podremos ir aportando al desarrollo de la izquierda chilena y, con ello, a un caminar más firme de la izquierda latinoamericana que sigue buscando afinar su contraofensiva ante la extrema derecha y el fascismo que se ha ido desatando en nuestro continente.

Hoy está siendo Bolsonaro en Brasil,  aunque se vislumbra difícil, esperemos que en la segunda vuelta esto pueda revertirse, empero de esto, de nosotros también depende que su fuerza se vea mermada y que en las elecciones del 2021, Kast no sea el Bolsonaro de nuestro país. Que en el claroscuro entre el viejo mundo que se muere y el nuevo que tarda en aparecer, no nos toque ver el surgimiento de un monstruo en nuestra tierra, he ahí nuestro desafío y nuestra histórica responsabilidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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