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El fútbol es nuestro

por 3 noviembre, 2018

El fútbol es nuestro
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Somos la definición de resiliencia en carne viva. Somos lo único insustituible en este mal llamado de deporte, devenido en pasión de los pueblos. Somos la sonrisa en las tardes de verano sobre las caritas llenas de sol y gol de niños y niñas. Somos el sabor a hierro en la saliva por la sangre de un par de cuerdas vocales rotas. Somos el aire en el exhalar del poeta con piernas de pincel tras la bocanada antes del tiro libre. Somos el hilo de hebras de amor que mantiene el escudo atado a la camiseta. Somos la voz en el viento que porta el aliento, las notas y la letra brava en ese testimonio. Somos esa fuerza mística que mantiene girando el balón. Somos todo el amor del mundo puesto a disposición de la pasión. Somos esa llamita que resiste en la tormenta todos los embates de los tiempos. Fuimos, somos y seremos los que no sabemos de “buenas” o “malas”, porque lo nuestro es estar siempre. Somos la sangre que arde en las venas del fútbol. Somos nosotras y nosotros: las y los hinchas.

Alguna vez alguien habrá dicho por primera vez que el fútbol es un negocio. Desde esa primera vez hasta este día, esa frase se replicó hasta el hartazgo. Tanto se repitió la maldita frase, que pasó de frase a verdad. De tal suerte esta mutación, que, en estos tiempos aciagos de ambición, codicia y corrupción, el fútbol se convirtió en terreno fértil para que empresarios plantaran sus semillas y cosecharan sus frutos. Así las cosas, ¿cómo contradecir a alguien que sostiene que el fútbol es un negocio cuando desde el Barcelona venden al PSG a un brasileño por 220 millones de Euros? ¿Cómo negarlo, cuando en un fútbol tan deficitario como el chileno, hay jugadores que facturan sueldos por $50 millones mensuales? ¿Cómo podría el fútbol no ser un negocio cuando hasta a la ropa interior son capaces de estamparle un escudo y estrujarle dinero? Habría que ser muy obtuso y tener un grado no menor de candidez para insistir en lo contrario. El dinero como actor principal del reparto de una obra que cuya trama parece encaminarse hacia el vacío, esa es la era en que nos tocó vivir. Qué miseria.

El fútbol: un negocio. ¿Será así? Pero si lo es, ¿qué es esto que tengo aquí desbordándome el pecho? ¿Qué es eso que se adueña de tus últimos instantes de lucidez antes de dormir el sábado por la noche y reaparece claro y prístino el domingo por la mañana cuando despiertas antes del partido? ¿Qué es eso? ¿Qué es esa permanente ilusión de volver a ver a nuestro equipo una vez más?

Y esta es la gran verdad: el fútbol podrá ser en parte un negocio, pero nunca, jamás será el negociado su esencia. Ahí, en el núcleo del juego, se encuentra lo más puro y hermoso que es capaz de albergar el corazón del ser humano: el amor, la fe, la fidelidad, la solidaridad y la pasión. Y todo aquello, guste o no, se entienda o no, es patrimonio nuestro, de las y los hinchas. Podrán algunos sacar réditos económicos y políticos de aquello que nosotros los hinchas creamos, pero eso es posterior. Antes que toda esa inmundicia de la que chorrean millones de dólares, está el amor por los colores. Desconocer esto también sería obtuso y de ciegos.

Alguna vez Mario Benedetti escribió que había que defender la alegría. Yo me siento obligado a adherir. Creo que, en esta época fría y oscura, cada vez menos humana, hay que hacerse responsable, elegir una trinchera y defender desde allí la alegría a como dé lugar. Algunos lo hacen desde la educación, otros desde las artes, otros desde la lucha en la calle, el trabajo social y de tantas otras maneras que no acabaría de enumerar. Nosotros, los hinchas, elegimos defender la alegría desde nuestro amor por el fútbol y por nuestros equipos. Eso somos nosotros, los hinchas: la última defensa del fútbol contra todo lo que lo amenaza.

Pero ¿cómo se hace eso en Chile? ¿Cómo se defienden el fútbol y los escudos en la tierra del capitalismo salvaje cuando el sistema mismo se encargó de inhabilitarnos como combatientes defensores? Estos mismos buitres y chacales que se encargaron de quitarnos nuestros clubes fueron los que nos quitaron las armas y herramientas para defenderlos. Hicieron un trabajo perfecto. Nos quitaron el honor y el orgullo de ser socios participantes, conscientes y críticos y nos redujeron a un vergonzoso rol de clientes conformistas y pasivos. Así nos prefiere el sistema: combatientes de manos encadenadas. Un gigante dormido soñando mentiras. Inofensivos.

El fútbol: un negocio. ¿Será así? Pero si lo es, ¿qué es esto que tengo aquí desbordándome el pecho? ¿Qué es eso que se adueña de tus últimos instantes de lucidez antes de dormir el sábado por la noche y reaparece claro y prístino el domingo por la mañana cuando despiertas antes del partido? ¿Qué es eso? ¿Qué es esa permanente ilusión de volver a ver a nuestro equipo una vez más?

Sin embargo, quizá el problema es anterior y más complejo: nuestra incapacidad, como país, de ejercer nuestra soberanía. Llevamos décadas engañados con aquello de “democracia”, pero no tenemos idea de cómo auto-gobernarnos. Cedemos nuestro destino a los aristos y nos olvidamos de que son los pueblos quienes deben guiarse a sí mismos. Obviamente, por extensión, los futboleros, los hinchas que comen, respiran y sangran fútbol, también hemos caído en este vicio y no hemos sabido construir nuestro propio destino. Se lo encomendamos a los dirigentes de los clubes primero, quienes no supieron aprovechar la oportunidad; y a los dueños de las sociedades anónimas después, quienes solo han empeorado la crisis. Hicimos tal y como hace un ciudadano que le entrega el destino de su país a un presidente que poca y nada de idea tiene sobre los problemas que viven él y su familia.

Pero ¡basta! ¡Basta ya de ese sin sentido! Los tiempos demandan un nuevo tipo de hincha, igual de apasionado y energúmeno cuando se trate de alentar y cantar por su equipo, pero más consciente, más crítico y más empoderado. Un hincha que luche por lo que le corresponde, que no es ni más ni menos que el derecho de poder decidir soberanamente en el destino de aquello que legítimamente le pertenece: su club. “Los hinchas son lo único insustituible del fútbol”, dijo alguna vez Marcelo Alberto Bielsa Caldera. Es verdad, no se le puede reemplazar, pero ya va siendo hora de que se adecúe a los tiempos y crezca. Somos todo aquello que mencionaba en el primer párrafo y más, pero de nada servirá en estos tiempos de profunda deshumanización y mercantilización si no hacemos algo, si no tomamos conciencia y damos la pelea que hay que dar.

Nosotros, los hinchas, tenemos esa responsabilidad. Podemos y tenemos que cambiar la naturaleza misma del fútbol en nuestro país. Debemos pasar de este fútbol vacío y mercantilizado a uno más social y humano. Un fútbol en que los clubes sirvan de puente entre los hinchas y el resto de la sociedad. Un fútbol ya no solo para generar ganancias, sino que para el desarrollo social.

En ese sentido, lograr cambios a nivel legislativo para poder democratizar los clubes y darles herramientas a los hinchas para que puedan ejercer su soberanía, asoma como un imperativo. Así lo entendimos en la Asociación Hinchas Azules, organización de la que formo parte. Desde ahí hemos realizado un arduo trabajo para poder ingresar indicaciones al proyecto de ley que modifica la ley 20.019, de Sociedades Anónimas Deportivas Profesionales, y que fuera presentado en mayo de 2016. Hemos por todos los medios intentado que se supere el carácter plutocrático de la administración de las sociedades anónimas, para abrir espacios de participación efectiva y vinculante para el hincha común y corriente. Y es que los dueños económicos del fútbol jamás entenderán el rol social que este tiene, pues siempre lo verán solo en su dimensión mercantil; sin embargo, los dueños soberanos del fútbol, nosotras y nosotros, sí lo entendemos, porque lo hemos vivido. Cuando todos lo entendamos, habremos hecho del fútbol una actividad que represente lo que somos como hinchas; habremos hecho, además, de esta sociedad algo mejor.

No sería una misión sencilla, desde luego. Los cambios culturales y de paradigma jamás lo son. Convencer a millones de futboleros de que ya no basta con comprar camisetas, contratar el canal del fútbol, ir al estadio y cantar noventa minutos, no será algo que ocurra de la noche a la mañana. Tomará años. Sin embargo, es la única manera de terminar con las sucesivas crisis y dejar este círculo vicioso en el que salimos de una catástrofe y entramos a otra.

Nosotros, los hinchas, tenemos el potencial de constituirnos como una fuerza social transformadora y salvar este viejo y querido fútbol que hoy por hoy se desangra. Ni los dirigentes del fútbol, allá en lo alto de sus castillos; ni los políticos, en esa mole de Valparaíso, que paradójica e irónicamente tiene forma de arco (como metáfora de todos los golazos que nos meten), harán algo al respecto. Esa épica tarea recae en nosotros, los hinchas.

En cada equipo a lo largo del país hay algún grupo de hinchas que busca articularse y constituirse como frente de lucha contra este modelo de fútbol. Ya sea desde las corporaciones sobrevivientes u organizaciones de hinchas, hay gente que comprende cuál es su rol en el balompié de esta era y se moviliza por un fútbol más social y para la gente. Desde aquí, yo aplaudo al hincha (sea del equipo que sea) que es capaz de entender dónde está parado y hace algo por su equipo. Aplaudo al hincha que elige una trinchera, lucha y defiende la alegría del fútbol y de ser hincha.

Cada vez son más los hinchas que toman conciencia de la responsabilidad que tenemos todos. Y cada vez somos más los que comprendemos el poder que tenemos en nuestras manos. Cuando seamos mayoría, ya nada será lo mismo y un nuevo fútbol habrá surgido.

Es verdad, somos un gigante dormido, pero estamos a punto de despertar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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